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Marc Cucurrella, en una imagen de archivo

Marc Cucurrella, en una imagen de archivoInstagram

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El pueblo entre viñedos y a las afueras de Barcelona donde creció Cucurella

El futbolista afronta su nueva etapa en el Madrid sabiendo que está más cerca de su localidad natal, en Cataluña

La Copa del Mundo mantiene a Marc Cucurella en territorio americano. Después de jugar los dos primeros partidos en Estados Unidos, la Selección Española ha cambiado de país para enfrentarse a Uruguay en el último partido del grupo H. El estadio Akron de Guadalajara acogió el encuentro con más de 40.000 espectadores, la mitad prácticamente que los seguidores que le verán en el Bernabéu cuando comience a jugar para el Real Madrid al terminar sus vacaciones de verano.

La decisión la tomó por las necesidades especiales del mayor de sus hijos, Mateo, de tan solo seis años, que vive con trastorno de espectro autista. Aunque el diagnóstico fue duro porque al principio, «ni siquiera el médico nos debía lo que tenía», en la actualidad, es el mayor aprendizaje para sus padres. «Seis años de la persona más especial de nuestras vidas. A nuestra manera, pocas palabras y mucho amor», escribía para felicitarle por su cumpleaños.

La prioridad, en este sentido, siempre ha sido su familia y muestra de ello una vez más son sus últimas declaraciones ante la prensa. «Siempre que algún equipo se ha interesado, de las primeras cosas que hacemos es mirar si ahí hay colegios o terapias para mi hijo». Una filosofía que, según reconoce, le viene de sus padres, Óscar y Patricia. El primero le inculcó su gusto por el fútbol y la segunda es la culpable del conocido corte de pelo que luce a día de hoy el futbolista.

Aunque ahora su vida vaya a estar ligada a Madrid –después de varios años en Londres por su vinculación al Chelsea–, el futbolista creció en un entorno mediterráneo a las afueras de Barcelona. De hecho, tan solo se necesitan 15 minutos y un coche para poder ir de uno a otra.

Alella es un auténtico refugio que le permite vivir con una discreción absoluta y donde sigue siendo Marc a secas. Ubicado en el corazón del Maresme, en la vertiente meridional de la Cordillera Litoral es conocido especialmente por su alta producción vinícola, preferentemente de pulpa blanca. Tal es su renombre en esta materia que tienen Denominación de Origen Alella que posee su propia Fiesta de la Vendimia el segunda fin de semana de septiembre.

En el terreno arquitectónico, Alella destaca por su iglesia parroquial de Sant Feliu, construida sobre una primitiva edificación románica de la cual todavía se conservan los primeros cuerpos del campanario, con arcos lombardos. Antoni Gaudí llevó a cabo una proyecto para la capilla del Santísimo, pero su inesperada muerte impidió que llegara a materializarse.

Alella

Cucurella creció en una localidad modernista con ecos de Gaudí

Sin embargo, el pueblo posee ciertas huellas del arquitecto catalán. Y es que en el ábside del campanario de la iglesia hay una estela en su memoria, ya que pasó grandes temporadas en el pueblo. Además, el archivo parroquial guarda con especial cariño el boceto original de la capilla que diseñó.

El gran edificio modernista de la localidad es en el que se ubica la histórica Alella Vinícola, empresa pionera en la zona: una construcción con más de un siglo de antigüedad proyectado por Jeroni Martorell, discípulo de Gaudí. A día de hoy, ofrece distintas experiencias en relación al vino como catas frente al mar. Y es que gracias a su cercanía la costa, este municipio de 10.000 habitantes, también posee entre sus encantos una serie de calas y arenales de agua cristalina como Pineda de Mar, Malgrat de Mar, Mataró o Santa Susanna.

Castillo de Jalpí, en Alella

Castillo de Jalpí, en Alella

La oferta de playa y montaña pronto convirtió a la zona en una de las favoritas de las familias burguesas de la Ciudad Condal, que no dudaban en adquirir segundas residencias en Alella para pasar largas temporadas en ella. En la actualidad, el mejor ejemplo de esta vida acomodada es el castillo de Jalpí. La vivienda habitual de los recién casados el señor August Borràs i Jalpí y la señora Sofía de Algorta y Albaroa se terminó convirtiendo, por el propio declive familiar, en una propiedad abandonada que en 204 se restauró y ahora permite la celebración de bodas y eventos.

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