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Retrato de Menéndez Pelayo realizado por José Moreno Carbonero para la Real Academia de la Historia

Retrato de Menéndez Pelayo realizado por José Moreno Carbonero para la Real Academia de la HistoriaGTRES

NEOS. España en la Historia

Marcelino Menéndez Pelayo: a 110 años de su fallecimiento

La obra incalculable del escritor le convierte en una figura ineludible de la historia del pensamiento español a la que no se puede sortear, ni soslayar

Este año se cumplen ciento diez del fallecimiento de don Marcelino Menéndez Pelayo; no es un número redondo de los que complacen en las celebraciones, sin embargo, a don Marcelino Menéndez Pelayo deberíamos celebrarlo en España diariamente, por la sencilla razón de que –como decía Juan Valera– antes de Menéndez Pelayo los españoles no nos conocíamos. Acaso no fuera absoluta nuestra ignorancia, pero no cabe duda de que el erudito montañés ha contribuido como pocos a la formación de nuestra conciencia nacional.

Por esa razón resulta tan alarmante el oscurecimiento de su figura, aunque comprensible ante el propio eclipse de la nación española. La obra incalculable de Menéndez Pelayo le convierte en una figura ineludible de la historia del pensamiento español a la que no se puede sortear, ni soslayar. Su ausencia del canon español produce una distorsión asombrosa, al modo de esos agujeros negros que sólo son visibles por los enormes efectos sobre el entorno.

Mantener viva la memoria de don Marcelino, como tener limpia conciencia de España, exige estar a la altura de su enorme potencia creativa, de su vitalidad de artista

Es difícilmente comprensible que figuras destacadísimas del contemporáneo panorama cultural español omitan su presencia a la hora de elaborar un canon, en el que pretende cifrarse el legado de la cultura española a la civilización. Ya lo era que eminentes eruditos lo silenciaran al transitar por mil años de poesía española. Si sólo asombrosamente pudo despreciar Francisco Rico el estro horaciano de Menéndez Pelayo, el olvido de su enorme gravedad en el canon de la cultura española, que ejecutan Jon Juaristi y Juan Ignacio Alonso, resulta escandaloso.

Las razones de este imposible eclipse de una figura mayor de nuestra historia cultural no pueden separarse del propio devenir de la cultura española, cuya misma existencia es puesta en duda hoy del modo más delirante, pero con impensable éxito. Somos un pueblo cuya continuidad ha sido siempre abrupta y pedregosa, pese a lo cual la nación española no es el mito en que han querido convertirla los doctrinarios de las nacionalidades, con Anselmo Carretero o Bosch Gimpera tras la huella errática de Pi y Margall o Prat de la Riva. Patrañas que la guerra civil pone en su sitio si, como viera Unamuno, no se enfrentaron allí dos Españas, sino una sola, como corresponde a un suicidio. «¡Cuídate, España, de tu propia España!» escribe César Vallejo.

La España amplia acoge al ateo y libertino Juan Valera como acoge al hombre profundamente religioso que fue Menéndez Pelayo, en el que ve aquel nada menos que la cifra y clave de nuestra conciencia nacional. Un hombre religioso que sabe que toda ortodoxia incluye su heterodoxia y conoce verdaderamente la corriente ininterrumpida de la heterodoxia española. Heterodoxia española, donde el adjetivo es realmente determinante.

Escultura de Menéndez Pelayo realizada por Mariano Benlliure en Santander

Escultura de Menéndez Pelayo realizada por Mariano Benlliure en SantanderGTRES

José María Cossío, acaso su mejor biógrafo, insistió en no recortar su obra incalculable en retales de camarilla, aptos para la defensa de una facción u otra de las que rompen el tejido común de la vida española. Cossío apelaba a un rigor más tolerante que evitara convertir «al español más humano y de pensamiento más idóneo para construir el lazo de unión de todas las disconformidades españolas en guerrillero tosco y agresivo al servicio de un sector reducido de intérpretes de la tradición o el españolismo».

Mantener viva la memoria de don Marcelino, como tener limpia conciencia de España, exige estar a la altura de su enorme potencia creativa, de su vitalidad de artista: la de Menéndez Pelayo y la de España misma. Su clasicismo se funda en una vivencia profunda de la antigüedad a la que hoy somos del todo ajenos, una vivencia que exige –pero no se reduce a– un conocimiento erudito de las lenguas clásicas y la historia antigua.

Es trágico que no podamos estimar la belleza y la verdad de una visión que no comprendemos pese a ser la propia de la literatura española que unía en magnífica síntesis ciencia y arte, trascendiendo la enteca razón geométrica que se enseñoreó de la Europa moderna. Éste es un asunto central porque la razón española no es geométrica, sino vital. Una razón que no se ha deshecho de sus raigambres vitales.

Sólo quien conozca a fondo la antigüedad clásica estimará la obra poética de don Marcelino, señala Cossío, como sólo quien conozca el fondo sin fondo de la tradición cultural española puede hoy tener conciencia de qué es lo que está en juego en el agónico presente de nuestra cultura. No basta el frío conocimiento técnico de lingüista o de filólogo, señaló Guillermo de Torre, es necesaria la visión del artista para «lanzarse a la titánica empresa de reconstruir, redescubrir, y aún inventar, diríamos, apurando la concatenación de conceptos, la historia de la cultura española».

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