03 de octubre de 2022

De izquierda a derecha, los cuerpos de Nicola Bombacci, Benito Mussolini, Claretta Petacci, Alessandro Pavolini y Achille Starace exhibidos en la plaza de Loreto de Milán en 1945

De izquierda a derecha, los cuerpos de Nicola Bombacci, Benito Mussolini, Claretta Petacci, Alessandro Pavolini y Achille Starace exhibidos en la plaza de Loreto de Milán en 1945

77º aniversario de su muerte

Matar a Mussolini: anatomía de una venganza

Aquel 28 de abril terminó una era: Benito Mussolini y la cúpula del Partido Fascista, con los alemanes como espectadores, fueron cazados y ejecutados a tiros por los partisanos comunistas

Pasaban diez minutos de las cuatro de la tarde del 28 de abril de 1945 cuando una fina lluvia comenzó a caer sobre los cadáveres recién ajusticiados de Mussolini y de Clara Petacci. En los alrededores de la Villa Belmonte de Mezzegra, pequeña población junto al Lago de Como, reinaba el silencio, solo alterado por los movimientos agitados de los que en nombre del «pueblo italiano» acababan de disparar sobre el Duce y su amante. Liberando la tensión, Walter Audisio fumaba sin parar, después de haber descargado su ira con el cadáver de la Petacci, llamándole puta…
Junto con Audisio, apodado Coronel Valerio, también se encontraba Aldo Lampredi. Ambos, con la comparsa de un chófer, dos partisanos y Michelle Moretti, comisario de la unidad partisana que había capturado a Mussolini el día anterior, fueron los responsables de cumplir la orden dictada por el Comité de Liberación de la Alta Italia (CLNAI). Veteranos los dos de la Guerra Civil española, Audisio y Lampredi, «comunistas de una pieza» –en palabras del líder marxista Luigi Longo– cumplirían su misión sin discutir, al precio de cualquier sacrificio. Tras recoger del suelo los diez casquillos, testigos mudos de la reciente ejecución, y sin perder ni un minuto, Audisio y Lampredi abandonaron Mezzegra para dirigirse a Dongo. Su misión especial todavía no había concluido.

Murieron dando vivas a Italia o al 'Duce'

Menos de dos horas después, quince jerarcas fascistas fueron fusilados por la espalda en la plaza de Dongo. Todos ellos habían seguido a Mussolini en su desesperada huida de Milán el día 25, vagando sin rumbo por la orilla occidental del Lago de Como hasta su detención, dos días más tarde. En los portaequipajes de sus vehículos, grandes maletas escondían oro y dinero sacado a última hora de los bancos de la ciudad. Los comunistas darán buena cuenta de ese botín, financiando su futura sede en Roma: el palacio de la Via delle Botteghe Oscure.
Mussolini abandonando la prefectura de Milán el 25 de abril de 1945 (se cree que es la última fotografía de él con vida)

Mussolini abandonando la prefectura de Milán el 25 de abril de 1945 (se cree que es la última fotografía de él con vida)

Varios ministros, algún periodista y el rector de la universidad de Bolonia, entre otros, fueron ejecutados sin más miramientos por orden del eficaz Audisio. No hubo tiempo ni para que el padre capuchino Accursio Ferrari confesara personalmente a los reos, ni para verificar la identidad de alguno de los condenados, como fue el caso de Pietro Calistri, oficial de la fuerza aérea, erróneamente considerado por los partisanos como el piloto personal de Mussolini.
Entre los fusilados se encontraba el secretario del Partido Fascista, Alessandro Pavolini, defensor de apasionadas ideas fijas, aferrado hasta el final a alocados e inútiles planes de resistencia. Otro de los que caerá acribillado será Nicola Bombacci. Paradójico destino el de este comunista que llegó a ser amigo de Lenin y participó junto a los bolcheviques en la revolución rusa de 1917. Ahora, camarada del Duce, se convertía en protagonista de otro episodio histórico, sellando su fidelidad con firmeza: «donde vaya Mussolini iré yo también», había sentenciado días antes. También morirá mirando al lago Luigi Gatti, secretario personal de Mussolini, riojano de adopción, casado con Pilar Moras, joven logroñesa de la que se había enamorado durante la Guerra Civil española. En España dejará viuda y tres hijos… Casi todos cayeron dando vivas a Italia o al Duce; las últimas palabras de Bombacci fueron: «¡viva el socialismo!»
Destino trágico tuvo el hermano de Clara Petacci, Marcello, a quien Audisio confundió con Vittorio, hijo de Mussolini. Había sido arrestado con documentación falsa proporcionada por el cónsul de España en Milán, Fernando Canthal y Morejón de Girón, bien relacionado tanto con partisanos y Aliados, como con fascistas. Audisio, brigadista en la guerra de España, descubrió el engaño al dirigirse a él en español. No tuvo piedad con el hermano de la Petacci y ordenó que le fusilaran. Marcello, desesperado e intentando huir, saltó al lago y murió acribillado a balazos. La trágica escena fue contemplada por su mujer, posteriormente violada, y por sus dos hijos pequeños.
Otros miembros del séquito del Duce serán más afortunados. Uno de los que salvó la vida fue el escolta personal de Luigi Gatti: Antonio Brocchi. Hombre corpulento, ya era boxeador profesional en España antes de seguir a Gatti a Milán. En 1946 se instalará en Logroño, donde regentará un gimnasio, indiscutible centro de gravedad de la vida deportiva de la ciudad riojana.
A todas luces, el peso de los miembros comunistas del Comité fue esencial en esta vendetta ejecutada apresuradamente el 28 de abril de 1945. Menos escrupulosos que sus compañeros no comunistas en el CLNAI, no se ciñeron a lo acordado con los Aliados en el armisticio de septiembre de 1943, a saber, que Mussolini tendría que ser entregado a estadounidenses y británicos. Audisio recibió una instrucción, quizás ambigua para no despertar recelos en los miembros no marxistas del comité, pero clara en su esencia: «traer de vuelta a Milán al Duce»… Llevarle muerto a la capital lombarda, ni más ni menos. Palmiro Togliatti, jefe del Partido Comunista Italiano no había dejado lugar a la duda: había que ejecutar a Mussolini y a su amante tan pronto como fueran identificados. De hecho, a las 3:00 h del día 28, y siempre con el fin de frenarles (y despistarles), el CLNAI envió un comunicado al cuartel general de los Aliados en Siena, indicando que Mussolini, juzgado por un tribunal popular, ya había sido fusilado en Milán. Cuando este telegrama se cursó, Mussolini dormía en Mezzegra.
La ingenuidad de los estadounidenses, incapaces de detectar la hábil jugada de los comunistas, fue tal que en poder de Audisio obraba un salvoconducto firmado ni más ni menos que por el oficial de enlace de la OSS (el todopoderoso servicio de inteligencia estadounidense), el capitán Emilio Q. Daddario, cuya misión no era otra que capturar vivo a Mussolini. En la práctica, ese salvoconducto otorgaba libertad absoluta de movimientos a Valerio, de quien recelaba incluso el partisano Pier Luigi Bellini delle Stelle, noble florentino que había capturado a Mussolini en Dongo. Pero Audisio, comunista de manual, para quien la desconfianza y el recelo hacia los que no eran de su partido formaban parte de su instinto, hizo pesar su autoridad sobre el comandante Bellini.

Saldar cuentas con Mussolini

Nada se improvisó. Los partisanos consideraban una «cuestión de principios» llegar a Milán antes que los Aliados y saldar cuentas con sus enemigos. Hasta la técnica empleada para ejecutar al líder italiano siguió los cánones comunistas, a saber, disparar primero al abdomen (en el caso de Mussolini, en su costado derecho), para después rematar a la víctima con otros tiros, algo que corrobora el Pierluigi Baima Bollone, profesor emérito de medicina legal de la Universidad de Turín, tal y como recogemos en nuestro libro Matar a Mussolini, recientemente publicado por Galland Books.
Sin duda, el ajusticiamiento de Mussolini fue una ejecución realizada a toda prisa, confusa y brutal. Es más que probable que un proceso judicial regular habría condenado a muerte al Duce, pero no a la mujer que lo amaba. La ejecución de Clara Petacci fue realmente un episodio bárbaro e inútil. Exhibir los cuerpos del Duce y sus jerarcas allí donde habían sido ejecutados 15 partisanos en agosto de 1944 fue otro carnaval macabro. En cierto modo, exponer el cuerpo del Duce en la gasolinera del Piazzale Loreto aspiraba a destruir su mística y carisma, aunque estos hacía mucho tiempo que le habían abandonado. El ultraje a los cadáveres fue calificado por el mismo Sandro Pertini como «insurrección deshonrada», donde la justicia partisana alcanzó su punto más bajo.
El líder fascista italiano Benito Mussolini, en el centro, con las manos en las caderas, con miembros del Partido fascista, en Roma, Italia, el 28 de octubre de 1922, luego de su Marcha sobre Roma

Benito Mussolini, en el centro, con miembros del Partido fascista, en Roma el 28 de octubre de 1922, luego de su Marcha sobre Roma©GTRESONLINE

Que Mussolini se había convertido en una marioneta de Hitler quedó probado el 12 de septiembre de 1943, fecha de su espectacular rescate en el Gran Sasso. Su tiempo había acabado y esto se adivinaba ya en la cariacontecida expresión del Duce cuando posaba con sus libertadores en las frías laderas de los Abruzos. En 1945, el fascismo iba a terminar en un colapso, en una némesis de odio y sangre. Aquel 28 de abril, a orillas del bucólico Lago de Como, terminó una era. Benito Mussolini y la cúpula del Partido Fascista, con los alemanes como espectadores, fueron cazados y ejecutados a tiros por los partisanos comunistas. Fue el atroz y grotesco final de una historia radical, llevada al extremo, y que se había iniciado 23 años antes con la insurrección de la Marcha sobre Roma de los Camisas negras y de su líder, a quien el mismísimo Pío XI no había dudado en calificar como «el hombre de la esperanza».
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