07 de agosto de 2022

Samurai abordando barcos de la segunda flota de invasión de Mongolia, matando a los soldados mongoles a bordo, 1281

Un samurai abordando barcos de la segunda flota de invasión de Mongolia, matando a los soldados mongoles a bordo, 1281

La batalla de Cagayán en la que España venció a los samuráis en Filipinas

Muchos japoneses se vieron obligados a piratear y vieron una oportunidad en atacar las Islas Filipinas bajo dominio español, famosas en ser ricas en oro

Si bien la historia de España en América es muy conocida, nuestras expediciones en Filipinas no lo son y, sin embargo, son muy espectaculares y heroicas debido a la inestable región en la que se encuentra, cerca de la constante sucesión de imperios en Indochina y sus correrías marítimas por el estrecho de Malaca o de Wetar, sin contar con el poderío chino y el nido de piratas en las regiones de la actual Brunei o Singapur.

La piratería en Japón

Sin embargo, en las regiones del norte del archipiélago español también había amenazas, especialmente de los piratas coreanos, chinos y japoneses. Esta batalla, la de Cagayán, se dio en 1582, apenas 21 años antes del inicio del periodo Edo en Japón, conocido por la paz y el aislacionismo, pero en ese momento eran célebres las guerras civiles en el país nipón con las campañas de Oda Nobunaga o Toyotomi Hideyoshi.
Durante aquellos momentos de inestabilidad en Japón y aperturismo que acabaría con el ascenso de Tokugawa, muchos japoneses se vieron obligados a piratear debido a la necesidad de adquirir bienes por la fuerza y que no podían ser obtenidos mediante el mercadeo por lo que estos japoneses –entre los que había muchos «ronin» (samuráis sin señor)– vieron una oportunidad en atacar las Islas Filipinas bajo dominio español.
Rōnin japonés en un dibujo de 1869

Rōnin japonés en un dibujo de 1869

El Imperio había trazado una ruta que conectaba Manila con Nueva España en el moderno México (el famoso galeón de Manila) por lo que el poderío de este enclave español era un jugoso acicate para ellos, ya que estas islas tenían fama de ser ricas en oro e hizo que los «wakou», piratas japoneses pero también chinos, fueran asentándose en estas latitudes.
Ese asentamiento de piratas provocó una serie de conflictos con la población local y españoles de diverso rango que se encontraban en esas regiones, situación que fue aumentando debido a la ferocidad de los japoneses. Gonzalo Ronquillo de Peñalosa, gobernador de Filipinas, escribió a Felipe II sobre la grave situación en la región y de lo bien pertrechados de los japoneses (con armas de fuego y picas compradas a los portugueses además de sus katanas y demás).

Carrión y la defensa de las islas

En ese momento, el gobernador decidió lanzar una campaña con el objetivo de expulsar a esos piratas para mayor seguridad del dominio español en Filipinas, además de garantizar la seguridad del tránsito marítimo en la región, ya que era algo bastante peligroso. El elegido para llevar acabo esta misión fue Juan Pablo de Carrión, un hidalgo español de la Marina y pusieron bajo su mando siete barcos y cuarenta veteranos de los tercios de la armada para luchar contra varios miles de piratas en las regiones de Luzón.
Cuadro del siglo XVI en el Museo de Bellas Artes de Bilbao del marino español Juan Pablo Carrión

Cuadro del siglo XVI en el Museo de Bellas Artes de Bilbao del marino español Juan Pablo Carrión

El primer choque se dio tras el encuentro entre las galeras españolas y los juncos japoneses que acabaron en un primer enfrentamiento que si bien se inició de forma favorable para los españoles con lanzamiento de ráfagas de artillería contra el barco japonés, el intento de abordaje salió mal ya que los japoneses tenían armas de fuego que repelieron el ataque liderado por Carrión y que acabó con un contraataque japonés que les arrinconó en la popa de su propia galera «Capitana».
En esa primera batalla se demostró la mejor calidad tanto de la táctica española (piqueros delante y arcabuceros detrás) como la mayor destreza con las armas y la experiencia en combate por lo que la defensa española hizo recular a los japoneses que se vieron asaltados por el navío San Yusepe que terminó de atacar el junco japonés haciendo que saltaran al agua buscando la costa.
Una vez vista las posiciones de los japoneses en tierra en la desembocadura de río grande de Cagayán donde contaron unos 600-1.000 piratas, 18 champanes y con posiciones defensivas fortificadas, Carrión decidió remontar el río y situarse en una posición nueva más ventajosa para los españoles que fortificaron sus posiciones y posicionaron los cañones a la espera de la batalla la cual se resolvió en varios asaltos.

La astucia española y el acero toledano

El primero fue el ataque con cañones contra las posiciones japonesas mientras se remontaba el río; el segundo fue en la línea de trinchera preparada por los españoles que fue capaz de soportar las dos primeras embestidas de los piratas que, amparados por su superioridad numérica, creían que podrían vencer, pero la superioridad tecnológica, táctica y la destreza de los veteranos de los tercios hicieron que entre los asaltantes sólo se cobrasen víctimas y no lograsen ningún resultado positivo.
Una delegación de los piratas quiso negociar la rendición, pero sus términos fueron rechazados de plano por Carrión: los japoneses proponían un pago en oro a cambio de abandonar la isla en concepto de indemnización por las pérdidas en la batalla.

La tenacidad y superioridad española hizo que los piratas tardasen mucho tiempo en plantearse volver a asaltar dominios del Imperio

La negativa de Carrión provocó una nueva carga de los japoneses contra los españoles donde se jugó el futuro de ambos bandos. Tanto españoles como japoneses tenían poca pólvora por lo que tocaría batirse en acero. Los españoles, que se habían dado cuenta que los japoneses agarraban y tiraban de las picas, decidieron llenarlas de grasa para que resbalaran y no pudieran ser sostenidas y por otro lado se lanzaron a la batalla con la ventaja de la esgrima española, la calidad del acero toledano y los años de experiencia.
El resultado fue que los japoneses perdieron la batalla, se retiraron en desbandada y muchas de esas katanas y armaduras fueron capturadas como trofeo. La tenacidad y superioridad española hizo que los piratas tardasen mucho tiempo en plantearse volver a asaltar dominios del imperio y junto con la llegada de Tokugawa y la famosa cortina de bambú el problema japonés para España en Filipinas acabó.
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