12 de agosto de 2022

El caudillo vikingo Leif Eriksso por Hans Dahl

El caudillo vikingo Leif Erikson por Hans Dahl

Picotazos de historia

El verdadero motivo del viaje a América de los vikingos

Leif Erikson huyendo de los problemas familiares que tenía en casa, decidió organizar una expedición para explorar unas tierras que había encontrado un compañero de su padre catorce años atrás

Según la Saga de los Groenlandeses, que se encuentra comprendida en el Codex Flateyensis y complementa la Saga de Erik el Rojo, en el año 1000, Leif Erikson se encontró con el Rey Olaf Tryggvason de Noruega en Nidaros (actual ciudad de Trondheim). Fue bien recibido y aceptó bautizarse por deseo del Rey de Noruega. Ese verano embarcó de regreso a Groenlandia llevando a un sacerdote para que predicara el cristianismo, por encargo de Olaf Tryggvason. En el viaje de vuelta rescató a varios náufragos, algo que se consideraba muy afortunado y que daría lugar al sobrenombre por el que sería conocido Leif, «el Afortunado».
Llegaron a Groenlandia sin novedad y Leif, junto con el sacerdote, se instaló en casa de su padre, en la amplia propiedad que allí tenía y que se llamaba Bratthalid. El pater inmediatamente se centró en la conversión de Theodhild, esposa de Erik y se dio tan buena maña que, al poco tiempo esta abrazó la fe cristiana y se bautizó. Erik no puso objeción alguna y para dar gusto a su esposa ordenó la construcción de una capilla en Bratthalid. Pero la nueva fe ardía fuerte en el pecho de Theodhild y con ella la firmeza del converso: empezó a insistir que Erik tenía que abandonar a sus antiguos dioses y hacerse cristiano. Erik era tolerante, no le importaba a qué dios rezara su esposa pero no estaba dispuesto a abandonar sus creencias. La vida familiar se resintió, las discusiones se hicieron cada vez más habituales y el tono se agrió. Leif, viendo la que se estaba liando en casa, empezó a organizar una expedición para explorar unas tierras que había encontrado un compañero de su padre, Bjarni Herjolfsson, hacía el oeste, catorce años atrás.
Un día estaba ocupado en los arreglos de la expedición cuando se acerco su padre echando fuego por los ojos. Erik le grito a su hijo que de Afortunado nada, que había traído un haragán (el cura) que no hacía más que complicar la vida a todos y que se iba con él a la expedición hacia el oeste. Resulta que Theodhild había planteado a Erik que ya no consideraba sus vínculos matrimoniales validos, ya que ella no creía en los antiguos ritos y que, por lo tanto, ya no podía compartir su lecho con él ni vivir juntos. ¡Vamos, que le había puesto a dormir en el sofá!
Leif estaba horrorizado, por un lado el drama familiar y, por otro –¡lo peor de todo!– al ir su padre en la expedición inmediatamente tomaba el mando de esta relegando a Leif a un papel subordinado. Afortunadamente Erik, en la fase final de los preparativos, se cayó del caballo. Tanto la Saga de Erik el Rojo como la de los Groenlandeses insisten mucho en el impacto que causó entre todos el hecho de que Erik gritara «¡Ay!».
No era para menos, se había partido varias costillas. Aliviado, Leif embarcó lo antes posible y se lanzó a la paz de la aventura.
Erik, confinado a los cuidados de los miembros de su casa, tuvo que cambiar de estrategia y demostró su astucia: aceptó ser hecho catecúmeno a la usanza vikinga. Esta consistía en aceptar una prima signatio, una intención inicial consistente en hacer la señal de la cruz pero, y esto era lo importante, no obligaba a hacer pública abjuración de su fe. Esta formula le permitía vivir con la comunidad cristiana e, incluso, poder ser enterrado en los márgenes del camposanto. De esta manera Erik consiguió que la armonía y la paz volvieran a su hogar. Erik el Rojo murió siendo pagano, su hijo Leif descubrió unas tierras a las que llamó Vinlandia.
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