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Nochebuena', obra de Janina Tollik, superviviente de Auschwitz

Nochebuena', obra de Janina Tollik, superviviente de AuschwitzMuseo Auschwitz

Navidad en Auschwitz: ¿Cómo se vivió la celebración en uno de los lugares más crueles de la historia?

Incluso en una estructura de terror, diseñada para deshumanizar, la Navidad sobrevivió como un gesto mínimo de resistencia interior. Sin embargo, también fue pretexto para actos de crueldad contra los presos

El campo de concentración y exterminio de Auschwitz permaneció operativo durante cinco celebraciones consecutivas de la Navidad, hasta su liberación en enero de 1945. Durante esos años, decenas de miles de prisioneros pasaron las fechas navideñas en condiciones de internamiento extremo, marcadas por el trabajo forzoso, el hambre, el frío y la violencia sistemática ejercida por las autoridades del campo.

La primera Navidad en Auschwitz, en diciembre de 1940, coincidió con una fase temprana de consolidación del campo como centro de reclusión masiva. Según testimonios conservados por el Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau, ese año las autoridades colocaron un árbol de Navidad bajo el cual se depositaron los cuerpos de prisioneros fallecidos durante los trabajos forzados, como una acción deliberada de intimidación y humillación simbólica. La artista polaca Janina Tollik, superviviente del campo, plasmó en 1946 esta cruel escena en una de sus obras.

En diciembre de 1941, cuando el campo ya había ampliado considerablemente su capacidad y funciones, los prisioneros fueron obligados a reunirse al aire libre durante largas formaciones en pleno invierno. En algunos sectores se les hizo escuchar discursos y mensajes leídos por los oficiales, con temperaturas por debajo de los cero grados y con tiempo de exposición prolongado.

Tras la caída del sol, se les convocó para escuchar la retransmisión completa en alemán del mensaje navideño del Papa Pío XII, que debió hacerse larguísimo a quienes escuchaban ateridos de frío. En el discurso, el Pontífice habló de Cristo como Rey de paz, añadiendo que esta antífona «resuena en estridente contraste con los acontecimientos que arrojan a millones de hombres en la desgracia, en la miseria y en la muerte». Un contraste que, sin duda, se hizo especialmente doloroso para quien la escuchara en aquellas circunstancias.

A pesar de los intentos de los oficiales por destruir el ánimo de los prisioneros, existen testimonios que indican que algunos grupos de prisioneros entonaron villancicos de forma espontánea y no autorizada, en alemán y polaco dentro de los barracones, incluyendo uno que decía, desafiante: «Dios ha nacido, los grandes poderes tiemblan».

En 1942 se repitió el lamentable espectáculo de colocar a los fallecidos bajo un árbol, pero de nuevo se sabe de una resistencia que tomó forma de velas encendidas, villancicos en varios bloques e incluso una misa celebrada en secreto con un trozo de pan. El cambio de comandante en 1943 mejoró las condiciones del campo. El Museo destaca en un artículo que algunos cristianos compartieron la comunión con prisioneros judíos.

Para 1944, el avance del frente oriental y el progresivo deterioro de la estructura del campo provocaron una relajación parcial de la disciplina en algunos sectores. Los testimonios señalan que ese año se toleraron reuniones limitadas de prisioneros y que se permitieron, de facto, celebraciones religiosas discretas. Algunos niños pudieron recibir regalos confeccionados por las mujeres con lo que tuvieran a mano.

Durante esa última Navidad se encontraba en Auschwitz Primo Levi, prisionero italiano y autor de Si esto es un hombre, novela en la que narra sus vivencias en el subcampo de Monowitz. Las autoridades del campo permitieron que algunos reclusos (prisioneros políticos, delincuentes comunes u homosexuales) recibieran paquetes enviados desde sus hogares.

Los judíos, sin embargo, quedaron excluidos, ya que culturalmente no celebran la Navidad y, además, ¿quién iba a enviarles un regalo? La mayoría de las familias judías habían sido ya exterminadas o permanecían encerradas en los guetos. Sin embargo, la madre y la hermana de Levi consiguieron enviarle un regalo a través de Lorenzo Perrone, un albañil católico que trabajó en el campo, donde conoció y ayudó al autor. Levi describe así el obsequio: «El paquete contenía chocolate de sustitución, galletas y leche en polvo, pero describir su verdadero valor, el impacto que tuvo sobre mí y sobre mi amigo Alberto, está más allá de las capacidades del lenguaje común».

En enero de 1945, poco después de aquella Navidad, el campo fue liberado. Los prisioneros enfrentaron una durísima vuelta a casa tras la cual solo cabe imaginar cómo vivirían las siguientes Navidades: con esperanza tras el fin de la guerra que había destrozado Europa, con alivio por haber escapado tras el horror sufrido o con el inconsolable dolor por los familiares y amigos que no volverían. Pero guardamos el recuerdo de quienes celebraron la Navidad en el campo a toda costa, a pesar del horror, la muerte y la crueldad, o incluso, con mayor determinación precisamente por ello.

En las palabras de Viktor Frankl, superviviente del campo y autor de El hombre en busca de sentido: «Al hombre se le puede arrebatar todo, salvo una cosa: la elección de la actitud personal que debe adoptar frente al destino, para decidir su propio camino».

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