Enrique IV de Francia
Picotazos de historia
Carlota, el capricho del rey Enrique IV, y una escena de opereta con Ambrosio Spinola
Carlota Margarita de Montmorency apenas tenía catorce años cuando el monarca francés se fijó en ella en la Corte e hizo todo lo posible para convertirla en su amante
Nos encontramos en el año de gracia de 1609. Carlota Margarita de Montmorency (1594-1650) es hija del duque de Montmorency y miembro de una de las familias más antiguas e importantes de Francia. Los Montmorency han dado hombres de estado, mariscales de Francia, condestables y hasta un asesino en serie que acompañó a santa Juana de Arco, como fue el caso del terrible Gilles de Montmorency, señor y barón de Rais. Pero volvamos al caso de la joven Carlota.
La chiquilla, apenas tienen catorce años de edad, ingresa en la corte como miembro de la casa de la reina María de Médicis. Un día el rey Enrique IV la descubre, mientras las jóvenes damas de la reina están ensayando una danza, y se prenda de ella. Y en este punto es necesaria una aclaración para que el lector pueda comprender mejor los sucesos.
El rey Enrique IV es conocido por su pragmatismo político que se reflejó en la famosa frase: «París bien vale una misa» y por la que pasó de jefe del la causa protestante a rey cristianísimo de Francia. Enrique será un buen rey para su país y será amado por su pueblo. En lo personal sufrió una malformación congénita del pene por la cual la abertura de la uretra se encontraba en la cara inferior del miembro. Esta malformación se conoce como hipospadias y solo se corrigió quirúrgicamente cuando el pobre hombre contaba ya con cuarenta años de edad. Motivo por el que no tuvo descendencia con su primera esposa, Margarita de Valois.
Retrato de Carlota Margarita de Montmorency de Rubens
Tras la operación el rey Enrique pareció ir en busca del tiempo perdido. Le hizo seis hijos a la reina María de Médicis y desarrolló la pulsión de tener que conocer que se ocultaba tras las faldas de todas las damas de la corte y fuera de ella. Y estaba en este estado de perpetua excitación cuando descubrió a la joven Carlota.
La familia de los Montmorency estaban hablando de un compromiso entre la chiquilla y la figura en ascenso del marqués de Haraué, François de Bassompierre. Enrique IV hizo que se rompiera el proyecto al ofrecer una alternativa mucho mejor y que ponía a la joven Carlota en la corte de manera más permanente. La comprometió con su sobrino Enrique Borbón -Condé.
Enrique, que no tenía un pelo de tonto, inmediatamente se dio cuenta de hacía donde iban los tiros. Por ello exigió seguridades al propio rey de Francia. Enrique IV juró comportarse como un caballero y tras la ceremonia de matrimonio dejó claro que no tenía intención alguna de cumplir con su palabra. La joven Carlota se rió de la pretensiones del babeante monarca y este cambió de táctica. Presionó al marido, primero con halagos y promesas de promociones y riquezas y con amenazas cuando las anteriores no surtieron efecto.
Agotados por la continua presión, los jóvenes huyeron buscando amparo en la corte de Bruselas, capital de la gobernación del archiduque Alberto de Habsburgo y su esposa Isabel Clara Eugenia, hija de Felipe II de España. El matrimonio estaba de gobernador de los países bajos españoles y contaban con los tercios de infantería, bajo las ordenes del general don Ambrosio Spinola, para hacerse obedecer.
Tras el matrimonio Borbón–Condé llegaron a Bruselas los emisarios del rey Enrique IV ofreciendo el real perdón. El hecho de que el matrimonio no lo aceptara –no confiaban en la palabra del rey de Francia– hirió más profundamente el amor propio de Enrique IV, quien redobló sus esfuerzos para conseguir su propósito. En especial sobre quien consideró que era el eslabón más débil de la cadena.
Con intención de doblegar la voluntad de la joven Carlota se obligó a viajar a su padre y a una tía suya, para que rogaran ante la princesa y así conseguir que accediera a las pretensiones del rey. Llegaron más primos suplicando que se divorciara del príncipe de Condé y se convirtiera en la amante del rey. De esta manera aseguraría la preeminencia de su familia en la corte y ella tendría cuanto quisiera: tierras, títulos, respeto…, caso de rechazar al rey y negarle su capricho la desgracia se abatiría, sin duda alguna, sobre sus padres, hermanos y primos. Y toda la familia caería en desgracia por culpa de su egoísmo y cabezonería.
La pobre Carlota no pudo soportar tanta presión ejercida por su propia familia y terminó cediendo. Aceptó el partir hacia París abandonando a su marido y se puso a disposición de los agentes que acompañaban al embajador para que la sacaran de la corte de Bruselas, con discreción, y la llevaran a París. Estos decidieron que el momento oportuno sería en fin de año. Aprovechando que el príncipe Enrique de Condé se encontraba en Colonia haciendo unas gestiones.
Don Ambrosio de Spinola estaba al tanto de todo, no en vano tenía espías en las cortes de Bélgica y París. Discretamente hizo que se trajera desde Colonia al príncipe de Condé a quien puso al tanto de todo lo que se estaba cociendo a sus espaldas. Una vez al tanto esperaron a la hora convenida por los agentes franceses para llevar a cabo la huida de Bruselas.
Cuando llegó la hora, el príncipe de Condé irrumpió en las habitaciones de su esposa. La sorprendida Carlota estaba vestida con ropas de viaje y acompañada por un sorprendido embajador francés junto con un grupo de caballeros franceses que parecían los más sorprendidos y asustados.
A la vista de lo que estaba ocurriendo Condé dio rienda libre a su rabia. Las palabras fueron subiendo de tono hasta convertirse en gritos que se oyeron por todo el palacio. Con los gritos fueron apareciendo más y más personas en las habitaciones de los príncipes de Condé. Era como una obra de teatro.
Primero llegaron diferentes miembros de la guardia alertados por los gritos, después los archiduques gobernadores con su séquito, tras ellos Ambrosio Spinola con su estado mayor, etc. Y cada nuevo individuo que entraba, en bien ensayada reacción, se escandalizaban por el espectáculo del embajador y la princesa en flagrante acto de traición marital y a la hospitalidad recibida.
Cierto es que cuanta más gente llegaba a los aposentos más rápidamente desaparecían por los más diminutos huecos los caballeros que acompañaban al embajador francés. ¡Como los ratones, oiga! Pronto solo quedaron la pobre Carlota y el embajador que no parecía capaz de responder nada coherente.
El príncipe de Condé se separo de Carlota y se quedó exiliado al servicio de España. Afortunadamente para él, el exilio duró poco ya que ese mismo año de 1610 un individuo apellidado Ravaillac asesinó a Enrique IV. Con la muerte del rey el matrimonio pudo volver a reunirse y tuvieron tres hijos: Ana, duquesa de Langeville; Luis II, el gran Condé que nos fastidiaría en Rocroi y Armand Borbón – Contí, príncipe y fundador de la rama de los Borbón – Contí.
En cuanto a Don Ambrosio, siempre se reía a carcajadas cada vez que le recordaban la jugarreta que le jugó al embajador de Francia con motivo del asunto de la princesa de Condé.