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La emperatriz Eugenia de luto por su hijo

La emperatriz Eugenia de luto por su hijo

Picotazos de historia

La peregrinación de Eugenia de Montijo en recuerdo de su hijo

A principios de septiembre, aún destrozada por la dolorosa perdida, Eugenia confió a la emperatriz Victoria su deseo de visitar los lugares en los que estuvo Louis Napoleón hasta el punto exacto donde murió

En un artículo anterior les conté a ustedes los detalles de la muerte del príncipe Louis Napoleón, hijo de Napoleón III y de Eugenia de Montijo, durante una desventurada expedición a África. Para la emperatriz Eugenia el golpe fue devastador. Napoleón III había fallecido tras ser derrotado, caer prisionero, perder su corona y verse obligado a partir al exilio y a pedir amparo en la corte británica. Ahora su único y amado hijo había muerto en lejanas tierras y con él también habían muerto sus ilusiones, sus ganas de vivir y las esperanzas de los seguidores de la causa bonapartista.

El día 12 de julio llegó a Inglaterra el cuerpo del desafortunado joven, teniéndose que llevar a cabo la preceptiva identificación del cadáver que contenía el ataúd. Resultó que este se hizo gracias a la identificación de una cicatriz, resultado de una pequeña intervención durante la adolescencia del príncipe imperial. Y es que el embalsamamiento del cuerpo había fracasado. Louis fue enterrado en la abadía de san Miguel, en Farnborough. Junto a su padre.

A principios de septiembre, aún destrozada por la dolorosa perdida, Eugenia confió a la emperatriz Victoria su deseo de realizar una peregrinación por los lugares en los que estuvo su hijo hasta el punto exacto donde murió. Este tipo de acciones eran muy típicas de la época victoriana, reflejando el propio duelo que había llevado la propia Victoria tras el fallecimiento de su adorado Alberto de Sajonia Cobugo Gotha. La emperatriz Victoria dio su aprobación y su apoyo a los planes de la ex emperatriz de Francia.

78 personas en el séquito

Por orden directa de Su Majestad Imperial se comisionó al general de brigada sir Evelyn Wood para que acompañara a Eugenia de Montijo en su peregrinación por los lugares en los que estuvo su hijo. En un primer momento Wood trató de hacer ver a Eugenia la dureza e incomodidades que tal viaje suponían. Una vez convencido de que nada haría cambiar de opinión a la doliente madre puso su empeño en conseguir que el viaje fuera lo más llevadero posible. Unió al grupo a su propia esposa Paulina y personas a su servicio, a dos oficiales de artillería que fueron compañeros de academia del príncipe imperial y a la viuda del capitán Campbell ( segundo hijo del conde de Cawdor) que también deseaba ver el lugar de la muerte de su marido y con la que el general Wood se sentía obligado.

En total, incluyendo al mayordomo marqués de Bassano (hijo del chambelán duque de Bassano), dos damas de compañía, dos doncellas y un cocinero francés, que iban en el séquito de Eugenia de Montijo, el grupo lo compondrían 78 personas.

Quiso parar en todos los lugares

El día 20 de abril de 1880 la emperatriz embarcó en el buque German con destino a la ciudad de Durban, en la provincia de Natal. Llegó allí el día 23 siendo recibida por una entusiasta pero respetuosa población.

El deseo de Eugenia era parar en todos los lugares en donde estuvo su hijo hasta el lugar de su muerte. Las autoridades se volcaron con ella y pusieron a disposición de sir Evelyn Wood cuanto necesitó.

Desde Durban viajaron a la ciudad de Pietermaritzburg escoltados por la policía montada de Natal. El día 29 el grupo abandona Pietermaritzburg en dirección al lugar de la muerte de Louis Napoleón. Este está cerca de la actual población de Nquthu, en la provincia de Kwazulú-Natal y tardaron veintinueve días en atravesar el «veldt» ( la sabana en lengua africaneer).

En este punto ocurrió un extraño suceso del que hay mención tanto en los papeles de la emperatriz como en las memorias de sir Evelyn Wood y en las del doctor Ethel Smyth, quien fue amigo personal y trató profesionalmente a Eugenia de Montijo.

«Aquí es»

A grandes rasgos los tres cuentan como tras largos días de viaje a travesando el «veldt» llegaron junto al lugar de la muerte de Louis, poco antes el anochecer. Al ser casi de noche se dio orden de acampar para continuar al día siguiente, ya con luz. La emperatriz dormía mal desde la muerte de su hijo por lo que daba un paseo para ayudar a conciliar el sueño. Apenas había salido de la tienda de campaña cuando sintió un intenso olor a violetas. Este era el aroma favorito de su hijo, quien solo utilizaba agua de colonia con este olor.

Eugenia siguió el aroma de las violetas hasta un punto en el que sintió que desaparecía. Cayó de rodillas y exclamo en francés: "Aquí es”.

La familia imperial fotografiada hacia 1858. De pie, a la izquierda, el emperador Napoleón III; sentada, a la derecha, la emperatriz Eugenia, y a su lado, su hijo, el príncipe Napoleón Eugenio Luis

El emperador Napoleón III, la emperatriz Eugenia y su hijo, el príncipe Napoleón Eugenio Luis

Los que la acompañaban la recogieron y la condujeron de vuelta a su tienda de campaña. Al día siguiente comprobaron el lugar que ella había señalado. Oculta por las altas hierbas encontraron una pequeña apilación o montículo de piedras que habían hecho los soldados ingleses para marcar el punto exacto donde habían encontrado el cuerpo de Louis Napoleón.

El gobernador de Natal, mariscal sir Garnet Wolseley, dio orden de que se erigiera una cruz en ese lugar, con una inscripción que explicara el motivo de ello. Se sabe hasta cuanto costo: 35 libras, 12 chelines y 5 peniques. Mientras el general Wood había conseguido reunir diferentes testimonios de personas que conocieron al príncipe. El más importante de todos fue el de un guerrero zulú llamado Langalibalele, quien había pertenecido la partida que acabó con la vida del príncipe. Contó el guerrero que Louis había perdido el sable de Napoleón I al intentar montar en su caballo y que se defendió con el revolver en la mano derecha y una assengai ( lanza), que había arrebatado a un guerrero, que empuñaba con mano izquierda.

Las cartas y un pequeño paquete

El grupo abandonó el lugar el día 3 de junio. El 8 llegaron al puesto de Rorke´s Drift – famoso por la defensa que hizo una compañía y argumento de la película Zulú-, el día 22 embarcaban en el buque Asiatic de vuelta al Reino Unido. Según el informe del general Wood, que envió al secretario personal de la reina victoria, señor Posonby, la emperatriz Eugenia se había abandonado a la pena y a la depresión tras iniciar el viaje de regreso. Durante la duración de este apenas había probado alimento y estuvo de muy mal humor. El Asiatic arribó al puerto de Plymouth en la madrugada del día 27 de julio.

A los pocos días de regresar a Camden Place, su casa cerca de Londres. Eugenia escribió una amable carta al general Wood agradeciéndole todas las atenciones y desvelos que había tenido a lo largo de su peregrinación.

Antes de iniciar el viaje, Eugenia había entregado a la reina Victoria las cartas que ambas soberanas se habían intercambiado junto con un pequeño paquete sellado. Eugenia había pedido a Victoria que abriera este en el caso de que la sucediera alguna desgracia durante el viaje. Ya de regreso, Eugenia autorizó a Victoria abrir el paquete ya que dentro había algo que quería que fuera para ella. Se trataba de una cruz de esmeralda adornada con diamantes en sus extremos. El regalo que le había hecho la reina Isabel II de España al tener noticia de su compromiso con Napoleón III.

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