25 de septiembre de 2022

<i>El asalto británico de Magdala </i>(Abisinia), 1868

El asalto británico de Magdala (Abisinia), 1868

Un explorador incomprendido: Abargues de Sostén, viajero español por África

Nunca abandonó sus ideales de explorador soñador y siempre trató de que España estuviera presente en el mar Rojo. Pero su situación económica y personal acabó siendo precaria

En el siglo XIX la actividad exploradora por África tuvo un auge previsible tras la fundación de grandes sociedades geográficas en Europa. En 1886 se creó la Sociedad Geográfica de Madrid que, como sucedía en otros países europeos, promovía el conocimiento de las regiones africanas para establecer establecimientos, colonias y para el intercambio comercial. Había un clima favorable entre las élites intelectuales y empresariales. Y, dentro de los límites presupuestarios que tenía esta sociedad privada, se promovieron algunos viajes extraordinarios. En este ambiente hay que situar a Juan Víctor Abargues de Sostén, el más misterioso de los viajeros españoles por África y su extraña expedición a Abisinia.
Poco se sabe de este personaje y de su viaje. Y casi todos los datos comprobables proceden de sus informes a la Sociedad Geográfica reunidos posteriormente en su libro Notas del viaje (Madrid 1883). Las conferencias y artículos de estudioso como Vicente García Figueras o Montserrat Mañé se basan fundamentalmente en estos escritos. Nació el viajero alrededor de 1845, unos sostienen que en Valencia y otros que en África aunque de padres españoles. En 1876 se hallaba residiendo en Egipto, según algunas fuentes recogiendo animales para el Zoo de Madrid por encargo de Alfonso XII. A su vuelta a España, conocedor de la zona, se ganó el apoyo de la Sociedad Geográfica para organizar una expedición a Abisinia que fue financiada por el Marqués de Urquijo. Esta vez tuvo el éxito que le negó el Ministerio de Estado cuando propuso en 1876 explorar la región y poner bajo soberanía española el golfo de Tadjoura en el actual Yibuti.

Los barcos españoles en ruta hacia Filipinas podrían contar con lugares de abastecimiento y carboneo

Mantener bases comerciales en las costas del mar Rojo había cobrado una importancia especial tras la apertura del canal de Suez. Los barcos españoles en ruta hacia Filipinas podrían contar con lugares de abastecimiento y carboneo, además de iniciar relaciones comerciales con uno de los pocos países independientes de África en el momento. La idea le pareció buena a los pocos españoles interesados en la expansión. Abargues se puso en marcha el 26 de febrero de 1881 desde Massaua. Señalaba que iba acompañado pero no dice ni los nombres ni las procedencias de sus compañeros. En dieciocho días llegó a Adua, donde tuvo que esperar el permiso del Rey o negus Juan IV para entrar en Abisinia, aprovechando la estancia para recorrer los montes Semién. Tuvo, al parecer, una buena relación con el Rey que lo recibió en varias ocasiones dándole finalmente el permiso para continuar la marcha.
Un retrato etíope del Rey Juan IV

Un retrato etíope del Rey Juan IV

Llegó a Zebul y luego siguió hacia el sur hasta los lagos Haic y Ardibbo. Atravesó las tierras de los Raya-Gallas y aprovechó para redactar amplias descripciones geográficas y de fauna y flora. Al llegar al río Hauasch, se topó con la tribu Gallas Dauaris que era muy hostil a los extranjeros y tuvo que huir por la noche, cruzando el río infestado de cocodrilos y dejando el campamento intacto para simular que seguía allí. El viaje ya no sería igual por pérdida de material pero continuó hasta las cataratas del Nilo Azul donde recibe la orden del rey Juan de regresar. La situación en el país y en Egipto eran malas y temía ser considerado espía. En su vuelta pasó por Gondar, la antigua capital etíope llena de restos portugueses, donde descubre la tumba de Vasco de Gama. En Adua convence al Rey Juan de que no era espía y es autorizado a seguir con su expedición, pero decide regresar a España pasando por Roma donde el Papa León XIII le agradece sus intervenciones a favor de los misioneros lazaristas franceses que estaban siendo martirizados y asesinados.

Un aventurero sin mandato

Los frutos fueron escasos: ningún acuerdo para sentar bases de presencia española y algunos datos geográficos que luego plasmaría en unos mapas. Su ausencia de más datos y la falta de testigos que corroboraran los trayectos ha hecho pensar a algunos que Abargues no recorrió todo lo indicado. Sabemos que volvió a Egipto y que fue cónsul honorario en Yedda. Muy activo en la Sociedad Geográfica, en el Congreso de Geografía Colonial y Mercantil celebrado en Madrid en 1884 siguió exponiendo sus proyectos coloniales.

Tenía una ilusión difusa por las acciones pero no tuvo nunca un apoyo claro que sostuviera políticamente sus pretensiones

Abargues era un entusiasta de la exploración y colonización de África y un viajero atrevido por territorios en los que los españoles no habían estado. Un aventurero sin mandato. Tenía una ilusión difusa por las acciones pero no tuvo nunca un apoyo claro que sostuviera políticamente sus pretensiones. Por circunstancias de la vida había vivido en Egipto y esto le dio un conocimiento suficiente de la región. Fundar un establecimiento en el mar Rojo pudo haber sido una buena idea, pero su viaje no contaba con respaldo del Gobierno. Tampoco en sus escritos, con mucha erudición, hay un proyecto claro para pedir el respaldo. Además, era una época en la que Cuba y Filipinas absorbían todos los recursos españoles en Ultramar y no se veían utilidades en nuevas adquisiciones. Abargues fue un idealista poco práctico, un romántico trasnochado y un viajero sin medios que quemó sus posibilidades en un viaje sin recompensa que adoleció de la falta de respaldo militar que era común a las acciones de otros países europeos. Se quedó en una excursión exótica. Nunca lo movieron las aspiraciones pequeño burguesas de hacerse con una posición estable. Vivió a salto de mata, entre ensoñaciones y una cierta amargura por ser un incomprendido. La gente extraordinaria es siempre inconformista y rebelde.

Abargues fue un idealista poco práctico, un romántico trasnochado y un viajero sin medios que quemó sus posibilidades en un viaje sin recompensa

De su vida aventurera se sigue sabiendo poco. Nunca abandonó sus ideales de explorador soñador y siempre trató de que España estuviera presente en el mar Rojo. Pero su situación económica y personal acabó siendo precaria. Nadie le hacía caso y en 1917 Rafael de Roda, delegado de la Compañía Española de Colonización, le dio un empleo en Larache donde cumplió con dedicación. A la marcha de Roda, fue despedido y estuvo vagando por Madrid entre 1919 y 1920, viviendo de las ayudas de los conocidos hasta acabar recluido en un asilo donde falleció. Poco queda en la memoria colectiva de este visionario privado.
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