Elise y Otto Hampel
Picotazos de historia
La historia real detrás de 'Solo en Berlín': los obreros que desafiaron al Tercer Reich e inspiraron la novela
Hacía falta mucho valor para, en pleno Berlín y en el año 1940, decidirse a enfrentarse contra el Estado: el matrimonio Hampel decidió hacerlo
En 1947, el escritor Hans Fallada (seudónimo de Rudolf Wilhelm Ditzen) falleció a consecuencia de muchos años de abuso de alcohol y de otro tipo de sustancias. Fue un habitual de los hospitales psiquiátricos, donde solía ser internado como consecuencia de alguna barbaridad que hubiera hecho.
Poco después de fallecer, se publicó su obra póstuma, Solo en Berlín. Este libro lo escribió en 21 días, el tiempo que estuvo ingresado por última vez en un frenopático. La obra, una de las más exitosas de su producción, nos habla de un humilde matrimonio que osó enfrentarse contra la maquinaria del Estado nacionalsocialista alemán, pero que se negó a llevar a cabo ningún tipo de acción violenta.
Fallada buscó la documentación existente de sus juicios y, junto con los testimonios de los testigos de la acusación y de sus antiguos vecinos, nos presentó en su obra —con los nombres alterados— su vida y extraña campaña contra el Estado.
Otto Hampel nació en 1897, en una pequeña población de la Silesia polaca. Apenas cursó los primeros cursos de la escuela primaria. Fue movilizado al principio de la guerra y demostró la suficiente habilidad y suerte como para sobrevivir. Terminado el conflicto, y tras su desmovilización, trabajó en una fábrica de muebles y después, ya como obrero especializado, en la empresa Siemens. Otto tenía un carácter tímido, retraído, amable y servicial. Una persona bastante anodina.
Elise Lemme nació en 1903 en Stendal. Solo cursó los estudios de primaria y empezó a trabajar muy pronto como empleada doméstica, para ayudar a mantener a su familia. En el informe de la Gestapo, Elise es descrita como una mujer de orígenes muy humildes, proveniente de una familia numerosa, con una profunda vocación de servicio y de ayudar al prójimo. Ingresó —era obligatorio— en la Organización Femenina Nacionalsocialista (NS Frauenschaft), destacando en el cuidado de los ancianos y los enfermos.
Otto y Elise se conocieron por medio de un anuncio en la columna de citas de un periódico local. Eran dos almas sencillas, humildes, inmersas en una vida gris y dentro de un mundo que no había sido amable con ninguno de los dos. Pero ambos tenían una amabilidad innata, y eso les vinculó el uno al otro.
Se casaron en 1935 y el nuevo matrimonio Hampel se instaló en el número 10 de Amsterdamstrasse, en el distrito de Wedding de la ciudad de Berlín. Este era un barrio obrero.
La señora Hampel siempre había sido más una madre que una hermana para con sus hermanos pequeños, y el matrimonio aumentó esa necesidad de dar cuidados y cariño, especialmente tras descubrir que no podría tener hijos propios.
Empezó la guerra. Otto era un obrero especializado y era demasiado mayor para ser movilizado. No así el hermano pequeño de Elise. El pequeño Kurt, el favorito de la señora Hampel, murió en el campo de batalla, en torno a la ciudad de Amiens, en mayo de 1940.
La muerte de Kurt fue un verdadero drama para Elise. Otto en todo momento estuvo junto a ella: atento, solícito. Y cuando Elise decidió que la culpa de la muerte de su adorado hermanito Kurt era de Adolf Hitler y del Estado que había creado, Otto no dudó en ayudarla.
El Estado nacionalsocialista alemán, o Tercer Reich, era un Estado policial, altamente vigilado por diferentes organismos (Gestapo, RSHA, SD, Polizei, etc.), y en donde las penas por enfrentarse a su aparataje eran severas y ejecutadas con terrible rapidez. Hacía falta mucho valor para, en pleno Berlín y en el año 1940, decidirse a enfrentarse contra el Estado.
Pues bien, Elise decidió hacerlo. Otto, que adoraba a su esposa y lamentaba la muerte de su joven cuñado, no dudó en secundarla.
Ambos eran personas humildes, de clase obrera y apenas con los estudios más básicos. Vivían del jornal que ganaba Otto en la fábrica Siemens y, aunque era bueno, no daba para muchos lujos. Pero idearon un sistema de lucha original e ingenuo. No cometerían atentados, ni harían daño a nadie; tampoco realizarían sonadas acciones de propaganda. Su método de actuación sería tan sencillo como ellos mismos: por medio de postales.
Postal de los Hampel; en el centro hay un sello con el rostro de Hitler, con las palabras «asesino de obreros»
Durante los siguientes años, hasta su detención en otoño de 1942, los Hampel escribieron cientos de postales con mensajes contra la guerra, la privación de derechos, las organizaciones creadas para reprimir y vigilar a la sociedad, y contra Adolf Hitler: el culpable de todo. Eran postales escritas con letra mayúscula, con faltas de ortografía o errores de redacción que probaban la escasa cultura de sus autores, pero con mensajes sencillos y directos.
Otto, camino de su trabajo o cuando los dos paseaban los fines de semana, dejaba las postales en los buzones de las casas, en los bancos de los parques, etc. Siempre en sitios en los que ambos sabían que serían encontradas y leídas. Era un medio limitado y algo patético, pero muy muy valiente.
Pronto, las postales fueron entregadas a la policía, que lo notificó a las autoridades competentes. A medida que llegaban más y más postales, pasó de ser asunto policial para caer de lleno en las atribuciones de la Gestapo, que se encargaba de detectar y eliminar cualquier tipo de oposición al régimen.
Durante más de dos años jugaron al gato y al ratón. La Gestapo puso en alerta a los informantes que tenía en cada bloque de edificios (técnica que había copiado de sus colegas soviéticos). Los Hampel escribieron un total de 287 postales; la última de ellas la depositaron, en el mes de octubre de 1942, en la Nollendorfplatz.
Fueron vistos por la señora Waschke, que, como buena nacionalsocialista y patriota, no dudó en señalarles y gritar pidiendo ayuda para que los retuvieran y llamaran a la policía. La señora Waschke demostró más tenacidad que un fox terrier y no cejó hasta que el matrimonio fue detenido.
La Gestapo llevaba tiempo desconcertada con el extraño grupo de oposición que dejaba notas contra el Tercer Reich en la capital de su imperio. Se imaginaron una célula comunista, un grupo de espías pagados por los aliados... Cualquier cosa menos el matrimonio que tenían delante.
Se les organizó un juicio rápido en el Tribunal Popular (Volksgerichtshof), y tanto Otto como Elise se mostraron felices de poder expresar —¡por fin!— abiertamente lo que pensaban sobre el régimen en el que vivían. Fueron condenados a morir por decapitación. Fueron ejecutados el 8 de abril de 1943.
La señora Waschke, que declaró en el juicio, fue recompensada con unos cupones de la cartilla de racionamiento y se le abonaron 3,10 marcos por los gastos de transporte. En 1946, un desconocido llamó a su puerta y le comunicó cuáles habían sido las consecuencias de su denuncia y declaración. A la señora Waschke le dio un derrame cerebral. Afortunadamente, se recuperó, de manera que en 1948 pudo ser juzgada por crímenes de lesa humanidad y condenada a dos años de prisión.