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04 de marzo de 2024

Miniaturas de ojos

Miniaturas de ojos

Picotazos de historia

El origen de los «ojos de amantes», una moda para las parejas de los siglos XVIII y XIX

El éxito de estos artistas difundirá la moda y el deseo de poseer un retrato de la persona amada para portar sobre la ropa como prenda de amor o devoción, o bien en una más discreta intimidad

Los retratos en miniatura –en adelante miniaturas– tienen su origen y se desarrollan a partir de los manuscritos iluminados. El primer miniaturista del que tenemos constancia cierta es el francés Jean Fouquet (gótico tardío, inicio del renacimiento) y el flamenco Simón Bening, del mismo periodo. El éxito de estos artistas difundirá la moda y el deseo de poseer un retrato de la persona amada para portar sobre la ropa como prenda de amor o devoción, o bien en una más discreta intimidad.
Se sabe que la Reina Isabel la Católica comisionó los retratos de sus hijos «para que la acompañen siempre». También que se envió una miniatura de la Infanta Catalina al Rey de Inglaterra Enrique VII durante las negociaciones que concluyeron con su matrimonio con el príncipe de Gales, hermano del futuro Enrique VIII.
Una vitrina con retratos en miniatura en el Museo Nacional de Varsovia

Una vitrina con retratos en miniatura en el Museo Nacional de Varsovia

Los miniaturistas tuvieron su mayor éxito y brillantez durante el siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX. Se ofrecían como regalo entre esposos, amantes y familiares; podían ser una distinción y muestra de aprecio por parte de un soberano con un súbdito y se consideraba un alto y preciado honor el ser autorizado a portar sobre la ropa una miniatura del soberano, normalmente entregada por este a la persona distinguida.

El intercambio de estas miniaturas era considerado como algo íntimo y personal entre la futura pareja

Solían intercambiarse entre los representantes que negociaban alianzas por medio de matrimonios dinásticos. El intercambio de estas miniaturas era considerado como algo íntimo y personal entre la futura pareja. Aunque considerado como una actividad menor, dentro de la pintura y la orfebrería, no eran rechazados estos encargos por parte de los grandes maestros, por ello encontramos retratos pintados por Hans Holbein el Joven, Francisco de Goya, François Boucher, Jean Baptiste Augustin, etc.

La mirada constante del amado

En el siglo XVIII surgió un subtipo de retrato en miniatura que, aunque cumplía con la misma función emocional de estos o de los guardapelos con rizos o cabellos de la persona querida, tenía un giro psicológico algo más complicado. Me refiero a los conocidos como miniaturas de ojos. Estas consistían en la representación, con la mayor fidelidad posible, de los ojos u ojo de la persona amada (esposa, amante, hijo, etc.), con el objeto de tenerlo presente en todo momento y aportando un discreto misterio sobre la identidad. Estas miniaturas de ojos las encontramos en broches, sortijas, pendientes, brazaletes, etc., y solían ser pinturas al óleo o acuarelas sobre vitela o marfil.

Se considera que el origen de esta moda se inicia con el encargo que hace el Rey de Inglaterra Jorge IV del retrato del ojo de la viuda Fitzherbert

Se considera que el origen de esta moda se inicia con el encargo que hace el Rey de Inglaterra Jorge IV, entonces príncipe de Gales, del retrato del ojo de la viuda Fitzherbert con el objeto de llevar encima un recuerdo de ella al tiempo que mantenía en secreto la identidad (era un secreto a voces en toda Europa). El príncipe de Gales portaba la miniatura, colgada del ojal, por detrás de la solapa de su casaca.
La invención encontró un grupo de seguidores que encargaron este tipo de pinturas, a veces complementándolas con cabellos, rizos e, incluso, recortes de uñas. Estos peculiares retratos se integraban en los más diversos objetos, las más de las veces orlados con riqueza y preciosismo. Con todo no gozaron de un favor tan general como los retratos y las piezas que nos han llegado son raras, motivo por el cual alcanzan altos precios en las subastas.
En la novela de Charles Dickens Dombey e hijos, publicada en 1848, nos presenta a la envejecida señorita Tox quien, alrededor del cuello «portaba el más insulso de los relicarios que contenía la representación de un ojo que podía ser de un pescado muerto».
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