Batalla de Manzikert
Picotazos de historia
La batalla de Manzikert y la traición que condenó al Imperio bizantino
El Imperio perdió para siempre sus provincias más ricas, que le proveían de hombres y de los frutos de sus tierras más fértiles
Constantino X Ducas (1059–1067) fue un emperador nefasto que simbolizó la descomposición de la dinastía macedónica y fue responsable de un cúmulo de decisiones contrarias a los intereses del Imperio bizantino.
Constantino apoyó a la administración civil en detrimento de la estructura militar, enfrentándolas entre sí en vez de hacer que actuaran conjuntamente. Limitó la financiación al ejército, permitiendo que el pueblo túrquico selyúcida, bajo la dirección de Alp Arslan, ocupara Armenia y parte de Capadocia. Prácticamente se perdieron todas las posesiones en la península italiana.
Muerto Constantino X, la emperatriz viuda, Eudoxia Macrembolita, casó con el general Romano Diógenes. La angustiosa situación del Imperio exigía una mano fuerte y experimentada en el mando. Los restantes miembros de la poderosa familia Ducas eran más aptos para la conspiración que para un mando efectivo. Era el año 1068.
Romano IV Diógenes era un militar experimentado y capaz que se encontró, desde el primer momento, rodeado de traición. Además, tuvo la mala suerte de que uno de los que abominaban de él fuera el influyente político e historiador Miguel Pselo, quien nos dejó una visión muy parcial de los hechos.
Romano IV heredó un ejército desmoralizado, mal equipado y peor entrenado, víctima de la desidia, cuando no de la rapacidad, de la administración a lo largo de décadas. Tan privado de pagos y medios estaba, que se hallaba al borde del amotinamiento. A pesar de ello, consiguió estabilizar y asegurar la frontera en Siria, pero no pudo continuar la campaña, ya que debía regresar regularmente a Constantinopla para defenderse de las conspiraciones que allí se gestaban.
Aprovechó el año 1070 para mejorar la situación de la intendencia, los suministros y el entrenamiento de las tropas, poniendo a punto un ejército de 70.000 soldados.
Enfrentado a lo inevitable, decidió abandonar la última plaza en Italia —la ciudad de Bari—, ya que no podía luchar en dos frentes, centrándose en la amenaza que representaban los turcos de Alp Arslan. Estos últimos también tenían problemas, en concreto con el califato fatimí (909–1171 d. C.).
El emperador dividió su ejército, poniendo la mitad bajo el mando del general José Tarcaniota, con el encargo de tomar la fortaleza de Khliat y reunirse con él en Manzikert, actual provincia de Muş, en Turquía. Desde ese momento, desaparecen el general Tarcaniota y las tropas bajo su mando. No cumplieron el encargo de tomar la ciudad de manos de los turcos selyúcidas: sencillamente, desaparecieron. La opinión general es que Tarcaniota fue comprado por los Ducas. De una manera u otra, antes de entrar en batalla, Romano ya había perdido la mitad de su ejército.
El día después de que los bizantinos tomaran la ciudad de Manzikert —o Mancicerta, según su forma españolizada—, una partida de forrajeadores encontró la avanzada del ejército turco. Alp Arslan no las tenía todas consigo y prefería evitar la batalla, cuyo resultado preveía incierto. Ofreció la mitad de Armenia a cambio de la paz. Romano sabía que, a pesar de haber perdido la mitad de su ejército, jamás volvería a reunir tantas tropas. Era imperativo, para la supervivencia del Imperio, poner fin al avance turco y recuperar Armenia y Capadocia, principal fuente de potencial humano y donde se encontraban las tierras más fértiles.
La batalla se desarrolló un viernes de agosto del año 1071, a uno o dos kilómetros de la fortaleza de Manzikert.
Romano formó a sus tropas en línea, con la caballería protegiendo los flancos. Alp Arslan se retiró lentamente en formación de media luna; de esta manera, sus flancos hostigaban a la caballería bizantina. Estos últimos acabaron rompiendo la disciplina y atacaron a la caballería ligera turca, sin lograr otra cosa que agotar a sus caballos.
Romano se dio cuenta de que el sol estaba cayendo y de que el ejército bizantino se había alejado demasiado de su campamento, dejándolo sin protección, por lo que dio orden de que los estandartes imperiales se pusieran al revés. Esta era la señal para indicar a todo el ejército la retirada al campamento.
La batalla de Mantzikert representada en el manuscrito francés De casibus virorum illustrium, siglo XV
Ese fue el momento que eligió Alp Arslan para atacar el centro del ejército bizantino. La retaguardia, que debía haber avanzado para proteger a la vanguardia que daba media vuelta, estaba bajo el mando de Andrónico Ducas. En vez de cubrir la retirada, empezó a gritar que el emperador había sido derrotado y que la batalla se había perdido. Incluso señaló los estandartes imperiales invertidos, afirmando que indicaban la muerte del emperador en combate.
Andrónico Ducas huyó, creando el pánico en el centro y el flanco izquierdo del ejército. El flanco derecho, donde se encontraba Romano IV, se mantuvo firme y combatió hasta el final, pero nada pudo hacer ante la traición consumada.
Alp Arslan no salía de su asombro: había derrotado contundentemente a los bizantinos y tenía al emperador prisionero. Le ofreció generosas condiciones de paz y le animó a regresar cuanto antes a Constantinopla para enfrentarse a los traidores que, sin duda, tratarían de derrocarle. Demasiado tarde. La facción de los Ducas, con el traidor Andrónico a la cabeza, había coronado emperador al débil hijo de Constantino X y Eudoxia: Miguel VII. Después, Andrónico y su padre, el césar Juan Ducas, reunieron las tropas que quedaban y salieron en busca de Romano IV. Lo capturaron cuando regresaba a Constantinopla.
Lo torturaron, le arrancaron los ojos y lo hicieron cabalgar desnudo sobre un pollino, mientras azuzaban al gentío para que le arrojara inmundicias y abusara de su indefensión. Romano moriría a consecuencia de todos los sufrimientos que le infligieron.
Alp Arslan humillando a Romano IV Diógenes tras la Batalla de Manzikert
Y eso fue muy perjudicial para el Imperio bizantino. El débil Miguel VII rechazó el acuerdo firmado por Romano IV con Alp Arslan, y este no se sintió inclinado a la generosidad con la marioneta que se sentaba en el trono de Constantinopla.
La batalla de Manzikert será una de las grandes batallas decisivas de la historia por las consecuencias que se derivaron de ella. Para Bizancio, fue el mayor desastre que había conocido, ya que la negativa del nuevo basileus a cumplir las condiciones pactadas dio lugar a que los turcos ocuparan el interior de la península de Anatolia. El Imperio perdió para siempre sus provincias más ricas, que le proveían de hombres y de los frutos de sus tierras más fértiles.
Su pérdida dejó a Bizancio lisiado de forma permanente, sin fuerzas para recuperar lo perdido. Aun así, la agonía del Imperio bizantino se alargaría hasta la caída de Constantinopla en 1453. La batalla de Manzikert dejó, además, un amargo recuerdo en el que se entremezclaban la traición, el egoísmo, la mezquindad, la cobardía y la ignominiosa huida de los Ducas, junto con la terrible humillación y destino de Romano.