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Vista de la ciudad de Nuremberg

Vista de la ciudad de NurembergWikimedia Commons

Picotazos de historia

El verdugo que documentó con precisión 361 ejecuciones y acabó siendo curandero de prestigio

Franz Schmidt fue el verdugo de ciudad por una casualidad y acabó sus días como un hombre acaudalado y respetado

La ciudad alemana de Nuremberg está sita en el antiguo reino de Baviera, en la región de la Franconia Media, a las orillas del río Pegnitz. Es una hermosa urbe llena de historia y de bellos edificios (reconstruidos, el 90 % de la ciudad antigua desapareció debido a la política de bombardeos aliada durante la Segunda Guerra Mundial) testigos de ella.

La ciudad principalmente es famosa por cuatro motivos, a saber: ser la ciudad donde se custodiaban las piezas que formaban la regalía imperial del Sacro Imperio Romano Germánico; su asociación con los grandes desfiles del partido nacionalsocialista y los juicios a los dirigentes y jerarcas del derrotado Tercer Reich que se celebraron allí tras la guerra; por un mercado navideño que dura un mes; y por su famoso verdugo, del que la ciudad está muy orgullosa. De este último vamos a hablar.

En el año 1555 nació el pequeño Franz en la aldea de Hof. Su padre, Heinrich Schmidt, era el verdugo de la ciudad de Bamberg. Dos años antes todavía se ganaba la vida como cazador de pájaros (era pajarero) cuando apareció por la ciudad con intención de vender el producto de su destreza.

Llegó en plena discusión entre los magnates de la ciudad y su soberano Guillermo IV, duque de Baviera. Resulta que tenían a un reo al que ejecutar, pero en ese momento no había verdugo alguno para llevar a cabo la tarea.

Guillermo IV ejerció un antiguo derecho que le permitía elegir a un ciudadano cualquiera para llevar a cabo ese encargo. Le tocó a Heinrich, que ya quedó como verdugo oficial. Por cierto, Guillermo IV ha sido alabado y su nombre bendecido innumerables veces a lo largo de los siglos por crear una regulación que garantizaba la calidad y pureza de la cerveza. Esta regulación estuvo en vigor hasta el año 1986, cuando fue sustituida por las regulaciones de la Unión Europea.

El pequeño Franz, desde el principio, quedó destinado a continuar con el oficio paterno al que la mala fortuna (o el dedo de Guillermo IV) le había destinado. Tengan en cuenta que ser verdugo era un grave estigma social; en algunos países, difícil de sobrellevar.

Las autoridades, sabedoras de la situación de marginación social a la que quedaban expuestos los practicantes de tan útil y necesario oficio, trataron de compensarles con sueldos adecuados y gajes o ventajas asociadas al cargo: una buena casa, artículos varios y alimentos gratis en fechas determinadas, el derecho a las posesiones de la víctima en el momento de su ejecución (ropas, joyas…), etc.

Se sabe que, en el año de 1573, Franz, que hasta entonces había estado ejerciendo de ayudante de su padre, fue nombrado verdugo titulado de Bamberg. Ya que desde su adolescencia había estado ejerciendo de ayudante, a estas alturas debió de convencer a todos de que era lo suficientemente ducho en las técnicas y mañas del oficio como para que le dieran el cargo oficial.

Se le debió de dar bastante bien, pues cinco años después –en 1578– fue nombrado verdugo oficial de la ciudad de Nuremberg. Será allí donde principalmente ejercerá su arte y se aficionará a la curación y la medicina como actividad complementaria.

Y es que esa era otra. Con los años Franz no solo será el verdugo, también ejercerá –paradójicamente– de médico y sanador. De hecho, terminaría abandonando el primer oficio para dedicarse plenamente al segundo, que le llenaba más. Con el tiempo incluso conseguiría una real e imperial ejecutoria firmada por el emperador Fernando II –reyes, papas y emperadores son fuentes de dignidades y honores– por el cual quedaba restituida la dignidad de la familia, envilecida por la práctica del oficio de verdugo.

Franz alcanzó todos los logros posibles en su vida. Casó y fue venturoso y feliz en su matrimonio.

Socialmente era muy estimado, incluso en sus tiempos como verdugo. Como les mencioné antes, el propio emperador limpió la mancha de su oficio, por lo que no era deshonra alguna el trato con él o con su familia. Fue afortunado en los negocios que emprendió y pronto pudo ser considerado como un hombre rico. De hecho, falleció como persona acaudalada y apreciada por vecinos y comunidad, tal y como se aprecia por la tumba que de él nos ha llegado y que se encuentra en el cementerio de Rochus, en Nuremberg.

Pero lo verdaderamente notable de Franz es que fue un hombre metódico y meticuloso que nos legó un rarísimo documento. Se trata de una magnifica obra que ha sido fuente de innumerables investigaciones. Me estoy refiriendo al llamado Diario o Directorio de Franz Schmidt. Lamentablemente el manuscrito original se ha perdido, pero nos han llegado abundantes copias de los siglos XVI y XVII.

Y es que el bueno de Franz dejó un registro exhaustivo de las 361 ejecuciones y los 345 castigos corporales infligidos a los reos a lo largo de su carrera profesional. Esto es: desde el año 1573 hasta la fecha de su retiro en 1617.

Personalmente encuentro una espeluznante similitud con ciertas actitudes de algunos individuos, compatriotas suyos, ejecutados como criminales de guerra después de la Segunda Guerra Mundial. Asunto analizado por Hannah Arendt. Por cierto, profesionalmente fue muy alabada su técnica y ejecución del difícil arte de la decapitación con espada. En este aspecto Franz Schmidt destacó como un virtuoso y sus actuaciones arrancabas exclamaciones de admiración y aplausos del respetable.

En el Diario, Franz nos detalla los distintos tipos de ejecución, los costes considerados, la necesidad o no de ayudantes y el número recomendado, etc. Las formas de ejecución eran la mentada (y alabada) decapitación, el ahorcamiento, el ahogamiento, empalamiento, descuartizamiento sobre la rueda, quemado en la hoguera, enterrado vivo, etc. La verdad es que siempre el ser humano ha mostrado un gran ingenio en estos menesteres.

Continua el instructivo diario con un listado de las distintas penas y forma de ejecución, así como de los castigos corporales y públicas humillaciones de los infractores. Ténganse en cuenta que estas penas siempre eran ejecutadas en lugares públicos por su alto contenido pedagógico y ejemplarizante.

Así, nos encontramos con una enorme e imaginativa variedad de experiencias para vivir (como diría un moderno hoy en día), que ofrecía el código penal alemán de la época: nalgas azotadas, orejas clavadas a puertas o postes, amputación de orejas y narices, ojos vaciados de sus cuencas, manos o pies escaldados en aceite o agua hirviendo, timadores y prostitutas marcadas con hierros al rojo, introducción de extraños objetos en recónditos orificios de la anatomía humana, etc.

Además de estas lucrativas actividades, que le reportaron lo que se conoce como «un buen pasar», tenía el extra añadido de la venta clandestina y uso como profesional curandero de los dientes, trozos y despojos del cadáver del ajusticiado. Y es que esas porquerías se consideraban como potentísimos ingredientes para la elaboración pócimas de todo tipo y se pagaban en consecuencia.

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