La cara del emperador Geta ha sido borrada por su damnatio memoriae ordenada por su hermano y asesino Caracalla
Este era el castigo más cruel para los romanos, considerado peor que la muerte
Nerón, Domiciano o Geta fueron algunos de los emperadores que sufrieron este castigo
El historiador Antonio Elorza lo ha descrito como «la voluntad consciente de borrar todo rastro de aquel a quien por una u otra razón se considera adversario del propio poder», mientras que el autor Ignacio González Vara advierte que es «la decisión que implicaba la eliminación de todos los signos y símbolos que recordaran al condenado, como sus imágenes, sus monumentos o incluso las inscripciones donde figurara su nombre». Hablamos de la damnatio memoriae, el peor castigo para los romanos.
Y es que, para una sociedad en la que la memoria era un elemento central de su cultura e identidad ser castigado con el olvido era casi peor que la muerte. El objetivo de este castigo era arrancar al condenado de la historia, borrar por completo su recuerdo.
Su origen se encuentra en varios mecanismos parecidos en tiempos de la República. En aquel entonces existía la abolitio nominis, que prohibía que el nombre del condenado pasara a sus hijos y herederos, y la rescissio actorum, que implicaba la completa destrucción de su obra política o artística. Este fue el caso de Marco Antonio, cuyas estatuas fueron derribadas a su muerte.
«Sus estatuas fueron derribadas, pero las de Cleopatra se conservaron en su lugar, por haber dado Arquibio, su amigo, mil talentos a César, a fin de que no tuviera igual suerte que las de Antonio», escribe Plutarco.
Ya durante el Imperio romano, estas prácticas evolucionaron a un borrado completo de la memoria, en el que el Senado podía votar para condenar la memoria de un emperador especialmente odiado tras su muerte. «Si se aprobaba la votación, el Senado borraba el nombre del emperador de los registros, confiscaba sus propiedades y desfiguraba sus retratos y estatuas», explica en la revista LiveScience Rachel Kousser, profesora de Historia Clásica e Historia del Arte en el Brooklyn College y la City University de Nueva York.
Pero no solo eso: la familia del «damnificado» podía ser desterrada y sus partidarios, perseguidos. Así sucedió con Publio Septimio Geta, hermano menor de Caracalla, quien le asesinó y, posteriormente, le condenó a este infame castigo: muchos de los seguidores de Geta fueron asesinados y su legado, borrado del mapa. A la muerte de Maximiano, su sucesor ordenó la destrucción de cualquier elemento público que le hiciera alusión.
Del mismo modo, tras la muerte de Domiciano, el Senado impulsó la condena y autorizó que sus monedas y estatuas fuesen fundidas, sus arcos derribados y su nombre, borrado de todos los registros públicos. Pero quien peor salió parado por este castigo fue Nerón, el único condenado a este proceso en vida, eliminando su huella de textos, grabados, murales, estatuas… con la intención de quitar su existencia de la historia.
Pero esta práctica no fue exclusiva del Imperio romano. También algunos faraones sufrieron este atentado contra su memoria como sucedió con la reina Hatshepsut, cuyos relieves fueron destruidos y su nombre borrado de las listas reales por orden de sus sucesores. E incluso siglos más tarde, durante las purgas que llevó a cabo Stalin, se modificaron fotos oficiales para destruir a aquellos que habían caído en desgracia.