La Batalla del Puente de Alcolea, el 28 de septiembre de 1868, enfrenta a los militares sublevados contra la reina con las tropas realistas
El Puente de Alcolea: la batalla que derribó un trono y empezó otra España
La batalla de Alcolea, en 1868, marcó el inicio del Sexenio Revolucionario y el fin del reinado borbónico
La historia española del siglo XIX está marcada por fechas decisivas que cambiaron el rumbo del país. Una de ellas es el 28 de septiembre de 1868, día en que los cañones y fusiles resonaron en el Puente de Alcolea, a orillas del Guadalquivir. Allí, en las cercanías de Córdoba, se decidió el destino de Isabel II y se abrió el camino a un nuevo ciclo político: el llamado Sexenio Revolucionario. Pero detrás de los partes oficiales y de los recuentos de tropas late la historia de hombres jóvenes que, como Agustín Luque Coca, futuro ministro de la Guerra en el reinado de Alfonso XIII, se estrenaban en la guerra.
Un joven oficial en el bautismo de fuego
Agustín Luque Coca había nacido en Málaga en 1850. Con apenas dieciocho años, la Revolución de Septiembre lo encontró como alférez del Regimiento de Infantería de Valencia. Su estatura —apenas 1,61 metros— no anunciaba grandes hazañas, pero la batalla le otorgó su primer ascenso. El 28 de septiembre, en Alcolea, defendió su batallón con firmeza, pese a que solo contaban con cinco compañías y un puñado de cazadores de Simancas. La resistencia fue tan encarnizada que, al terminar, todos los defensores recibieron el grado inmediato superior. En su caso, el de teniente.
El general Luque, fotografiado por Kaulak
Aquel día, Alcolea fue para Luque lo que en la jerga castrense se llama «el bautismo de sangre». Para la historia de España, fue el golpe de gracia al reinado de Isabel II, que terminaría marchando al exilio en Francia.
El conflicto de Alcolea mostró tanto el poder como las debilidades del ejército español del XIX. Sobre el papel, la organización era imponente: 40 regimientos de infantería de línea, 20 de cazadores, 18 de caballería, 10 de artillería, 2 de ingenieros, además de 12.000 guardias civiles, otros tantos guardias rurales y 10.000 carabineros. En total, más de 135.000 hombres. Sin embargo, la realidad era distinta: muchos estaban de permiso o en reserva, y las guarniciones se encontraban diseminadas por toda la península y las colonias. Cuando estalló la revolución en Cádiz, apenas un puñado de regimientos se encontraba disponible para sofocarla.
La fuerza del marqués de Novaliches, enviado a contener la insurrección, se concentró en puntos estratégicos como Andújar, Montoro y El Carpio. Sin embargo, la moral no acompañaba. Muchos oficiales simpatizaban con el movimiento revolucionario y parte de la tropa veía con buenos ojos las proclamas de sufragio universal, libertad de imprenta o abolición de quintas que lanzaban las juntas revolucionarias.
Cádiz: el inicio de «La Gloriosa»
El 18 de septiembre de 1868, el marino Juan Bautista Topete dio el pistoletazo de salida en Cádiz. Su pronunciamiento contó con el respaldo inmediato de los generales Prim y Serrano, quienes regresaron del exilio en barcos de guerra. La ciudad entera se sumó al movimiento, y la noticia corrió como pólvora: en Sevilla, Huelva, Córdoba, Málaga y Ceuta las guarniciones militares se unieron. El gobierno de González Bravo cayó y fue reemplazado por el general José de la Concha, que intentó organizar una resistencia desesperada. El encargo recayó en el marqués de Novaliches, quien marchó al frente de un ejército realista desde Madrid hasta Andalucía. El choque era inevitable.
El 28 de septiembre, las fuerzas de Novaliches y las revolucionarias de Serrano se encontraron en el Puente de Alcolea, un enclave vital sobre el Guadalquivir. Los testimonios de la época narran el combate desde la orilla izquierda del río: humo, artillería rugiendo, formaciones de infantería tratando de cruzar y ser rechazadas una y otra vez. Pese a su número, las tropas realistas no ofrecieron una resistencia prolongada. La moral baja, la falta de cohesión y la simpatía hacia la causa revolucionaria pesaron más que la disciplina.
Curiosamente, los propios cronistas de la batalla —los oficiales José Toral y Ramón González Tablas— resaltaron que Novaliches evitó prolongar el enfrentamiento para impedir que derivase en una guerra civil sangrienta. Su retirada permitió que las tropas revolucionarias avanzaran sin trabas hacia Madrid. El 30 de septiembre, en Villa del Río, el ejército se retiraba ordenadamente, dejando la vía libre al triunfo de la revolución.
El resultado fue inmediato: Isabel II partió al exilio y el general Serrano asumió el poder. España entraba en una etapa convulsa que vería pasar un gobierno provisional, la breve monarquía de Amadeo de Saboya, la Primera República y, finalmente, la Restauración borbónica.
La memoria de Alcolea
El Puente de Alcolea es hoy un rincón tranquilo de Córdoba, lejos del estruendo de la pólvora de 1868. Sin embargo, aquel episodio marcó un punto de no retorno. En palabras de los cronistas de entonces: «En los países ilustrados el Ejército es el escudo con que defienden el derecho, la libertad y el orden». El problema, en España, era que ese ejército estaba dividido entre lealtades y aspiraciones enfrentadas.
La batalla fue breve, pero su eco se prolongó durante décadas. Representa no solo el fin de un reinado, sino la eterna tensión entre el orden y la libertad en la historia contemporánea española. Para los malagueños, además, guarda la memoria de un joven oficial, Agustín Luque Coca, que aquel día comenzó una carrera militar intensa, llena de heridas, ascensos y también desencantos.
Quizá el verdadero legado de Alcolea no sea la pólvora ni el exilio de Isabel II, sino el recordatorio de que, a veces, la historia se decide en unas horas y en un puente cualquiera.