Ada Lovelace alrededor de 1836
Picotazos de historia
Ada Lovelace, la hija de Lord Byron que imaginó los ordenadores un siglo antes de su invención
De ella escribió el matemático Augustus De Morgan que tenía tal habilidad e intuición que «podía llegar a ser una investigadora matemática original, incluso de primera categoría»
Nació como Augusta Ada Byron el 10 de diciembre de 1815, en la ciudad de Londres. Fue la única hija legítima —además de una extramatrimonial segura y otra probable— del conocido poeta romántico lord Byron y de su esposa, la abolicionista y reformadora de la educación Anna Isabella Milbanke. Pero la niña nació en el seno de un matrimonio que ya no existía, que estaba roto de manera irreparable desde hacía tiempo. Un mes después del nacimiento de la niña, lord Byron abandonó el domicilio conyugal y el país para no volver jamás.
Augusta, o Ada, como todos la conocían, jamás volvió a ver a su padre. Este moriría en circunstancias —que ya les narré a ustedes en otro artículo— durante la guerra de independencia de Grecia. De hecho, el primer retrato de su padre que vio fue a los veinte años. Su madre jamás le permitió ver ninguno antes. Y es que la separación se llevó a cabo de manera muy áspera.
La madre de Ada demandó a su padre por «conducta desviada e inmoral», sin importarle las consecuencias sociales que ello acarreaba para su propia hija en la, cada vez más, pacata sociedad británica. Pero eso fue algo que jamás le importó a lady Byron, para quien la niña era solo «eso». Sin embargo, debía aparentar que la cuidaba con maternal diligencia y mostrar una preocupación que no sentía, para así poder usarla como arma en los tribunales contra su marido.
Ada Byron, a los siete años, por Alfred d'Orsay, 1822, Somerville College, Oxford
Por ello, cuando una amiga suya, la señora Mary Somerville —erudita, científica, escritora y, por increíble que parezca, amiga de la madre— se ofreció a tutelar a Ada, lady Byron vio el cielo abierto y se la entregó.
Mary Somerville se dio cuenta de que la niña tenía una inteligencia viva, brillante: una joya en bruto que ella puliría para que fulgurara con la máxima intensidad.
Ada fue presentada a los amigos científicos de Mary Somerville, quienes le dieron clases de múltiples materias y despertaron su curiosidad. Pronto se detectó en ella una inclinación por la física y las matemáticas. Tampoco se descuidó su educación social de cara a su presentación en la corte, y brillaría en sociedad de tal manera que, en 1835, a los veinte años de edad, contrajo matrimonio con el joven William King, conde de Lovelace, una estrella ascendente en el ámbito político del Reino Unido.
Ada Lovelace continuó su trato con científicos, apasionada como estaba por la ciencia y las matemáticas. De ella escribió el matemático Augustus De Morgan a su madre —lady Byron mostraba mucha más consideración hacia su hija ahora que estaba casada con un par del reino— que tenía tal habilidad e intuición que «podía llegar a ser una investigadora matemática original, incluso de primera categoría».
Y es que Ada Lovelace ha sido redescubierta recientemente y su figura reivindicada por ser considerada la persona que escribió el primer programa informático. Intentaré explicarlo, pero imploro su benevolencia, ya que las matemáticas y los textos de Kant siempre han estado más allá de mi comprensión.
Cuadro de Lovelace sentada al piano, de Henry Phillips (1852)
En junio de 1833, Ada conoció al profesor Charles Babbage, por supuesto gracias a Mary Somerville, que no a su madre. En ese momento, Babbage intentaba crear una máquina que pudiera ser programada para realizar cualquier cálculo. El proyecto se basaba en ciertos tipos de telares capaces de reproducir diseños con exactitud mediante la lectura de plantillas perforadas.
Charles Babbage expuso su idea a Ada, que se entusiasmó con el desafío que representaba. En 1840, Babbage impartió un seminario en la Universidad de Turín, que fue transcrito y publicado —en italiano— dos años después, en Ginebra. El físico británico Charles Wheatstone llevó el escrito a Ada y le pidió que lo tradujera para su publicación en inglés.
Ada Lovelace tardó nueve meses en hacerlo, ya que amplió enormemente el texto original al acompañarlo de siete notas explicativas. Con el fin de hacer comprensibles al lector los conceptos expuestos por Babbage, añadió estas notas —de la A a la G— que triplicaron la extensión del texto original.
La llamada «nota G» es la vital. En ella, Ada desarrolla una secuencia finita de instrucciones matemáticas rigurosas: lo que hoy llamamos un algoritmo. Esta palabra está atribuida al matemático persa Mohamed ben Musa al-Jwarizmi (780–840). En dicha nota, Ada nos da ideas de cómo utilizar la máquina de Babbage para llevar a cabo cálculos complejos, gráficos e incluso música —que puede descomponerse en fórmulas matemáticas, al igual que las construcciones arquitectónicas—. En definitiva, se considera que en este punto plantea el primer algoritmo específico para una máquina analítica: para una computadora.
Diagrama de Lovelace de la «Nota G», el primer algoritmo informático publicado
Esto ha hecho que Ada Lovelace, la hija del temperamental y complicado poeta lord Byron, haya sido proclamada recientemente —y con toda justicia, debo añadir— como la primera programadora de la historia. Por supuesto, aquel programa no pudo probarse, ya que Babbage jamás construyó su máquina.
En 1852, Ada desarrolló un cáncer de cuello de útero. Sus últimos meses de vida estuvieron marcados por el dolor y la depresión. Esta última la llevó a hacer una confesión a su marido —se desconoce qué le contó—, pero fue lo suficientemente grave como para que él se apartara de la moribunda y no volviera a visitarla.
Ada entró en una espiral de autocompasión y tristeza, que su madre aprovechó para ganar influencia sobre ella. La aisló de sus amigos y de su marido, con quien mantenía correspondencia hasta la intervención de lady Byron. Ada nombró a su madre albacea testamentaria, lo que parecía ser el objetivo final de esta.
En su testamento, pidió ser enterrada en el panteón familiar de los Byron, en la iglesia de Hucknall, en Nottinghamshire, junto a su padre.