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Antonio Pérez Henares
Historias de la historiaAntonio Pérez Henares

El Rey Lobo de Murcia: el caudillo que hizo temblar a los almohades y pactó con los cristianos

Provenía de una familia muladí y ya aristocrática, cuyo apellido quizá había sido un Martínez (hijo de Martín), anteriormente mozárabes que habían mantenido durante cierto tiempo la fe cristiana

Recreación con IA de la posible representación de Muhámmad ibn Mardanís, el Rey Lobo

Recreación con IA de la posible representación de Muhámmad ibn Mardanís, el Rey Lobo

Las rebeliones, disensiones y enfrentamientos dentro del mundo islámico fueron una constante desde el primer momento de su implantación en la Península Ibérica hasta los últimos días de Boabdil en Granada.

Al comienzo de la dominación musulmana, la confrontación fue entre los propios conquistadores —árabes, de yemeníes a sirios, por un lado, y bereberes, sus tropas de choque provenientes del Magreb, recientemente islamizados—. Luego fueron también continuas las disensiones con los hispanomusulmanes, muladíes, o sea, cristianos conversos al islam, que trajeron de continuo en jaque a los poderes centrales cordobeses. Omar ben Hafsún fue el más poderoso desde su fortaleza de Bobastro; incluso volvió a su fe primitiva. Los herederos del conde visigodo Casio, convertidos en los Banu Qasi, se hicieron señores del valle del Ebro y, en la práctica, independientes del poder califal: el tercer rey de España se llamó a uno de ellos, Musa. Los Ben Lope toledanos también se las tuvieron tiesas con los omeyas.

La gresca interna y las secesiones de los territorios solo fueron efímeramente apaciguadas cuando el poder central estuvo en la cúspide de su fortaleza, pero, en cuanto este declinaba —fueran los califas omeyas, los almorávides o los almohades—, la división y las taifas florecían de inmediato una vez tras otra.

Tras la implosión del califato, a la muerte de Almanzor, las taifas crecieron como setas por todo Al-Ándalus. El abadí Al-Mutámid, el rey poeta en Sevilla; los Hud en Zaragoza, árabes de origen; o los Aftasíes de Al-Mutawakkil en Badajoz; o los Ziríes de Granada, Abd Allah; y los Dhi l-Nun de Cuenca-Toledo, Al-Mamún, de origen bereber, son ejemplos de ello.

La división supuso debilidad y pérdida de territorio y, aunque en el lado cristiano no hubiera unidad —sino una serie de reinos en no muy buena armonía, precisamente—, les llevó a que la frontera pasara del Duero al Tajo y a perder Toledo. Y a llamar en su ayuda a los almorávides, fanáticos integristas que lo primero que hicieron fue acabar con ellos, establecer un duro dominio y control sobre todo Al-Ándalus y equilibrar, e incluso conseguir restablecer, poder sobre algunos territorios tomados por los cristianos.

Fortalezas del Rey Lobo

Fortalezas del Rey LoboAyuntamiento de Murcia

Pero no duró tampoco mucho. El poder almorávide se deterioró rápidamente y, con él, retornaron las rebeliones y una nueva oleada de taifas, que de nuevo buscaron alianzas con los reyes cristianos para combatir tanto contra los residuos del poder almorávide como contra las otras taifas. El último de los Hud zaragozanos, que habían resistido más que ninguno a los almorávides, Zafadola, prendió la mecha: se alió con el rey Alfonso VII de Castilla y la lió gorda, llegando incluso a apoderarse de Córdoba. Fue fugaz su estrella. Murió en el curso de una extraña revuelta de campamento por una cuestión de pagos a los caballeros pardos cristianos de quienes se ayudaba.

Pero el fuego estaba encendido, y un personaje de enorme habilidad, valentía, talento, crueldad y falta de escrúpulos que pudieran entorpecer su ambición de poder, un muladí llamado Muhámmad ibn Mardanís, iba a ocupar su puesto en cierto modo. Provenía de una familia muladí y ya aristocrática, cuyo apellido quizá había sido un Martínez (hijo de Martín), anteriormente mozárabes que habían mantenido durante cierto tiempo la fe cristiana.

Consolidó en el Levante y buena parte del sudeste peninsular, con capital en Murcia, una esplendorosa taifa. Apoyándose, y apoyado por el rey de Castilla y León, Alfonso VII, apodado el Emperador, que por entonces podía presumir de haber devuelto a sus reinos toda su pujanza y llevado la frontera hasta el Guadiana, el murciano iba a ser conocido en toda España, cristiana y musulmana, como el Rey Lobo. Y su moneda, el morabito lupino, de oro (cuatro gramos cada una), fue la más codiciada y valorada no solo de la Península, sino también de todo el Mediterráneo.

Ibn Mardanís nació en Peñíscola en el año 1124, en el seno de una aristocrática familia andalusí con fuerte arraigo y prestigio en el territorio. Su padre fue gobernador de la ciudad de Fraga con los almorávides, y le tocó combatir y sostener la plaza frente al belicoso rey aragonés Alfonso I el Batallador, que había vencido de manera estrepitosa a los temibles guerreros morabitos en Cutanda, arrebatándoles Zaragoza y propiciando con ello su declive.

Uno de los tíos de Mardanís, ya muy minado el poder morabito, combatió junto a Zafadola contra ellos y, a la muerte de este, se apoderó de Murcia y Valencia. Al perecer también él en combate, fue el sobrino —cuyas dotes de audacia e intriga iban parejas— quien se entronizó en ambas en el año 1147 e inició una andadura que lo iba a convertir en el más poderoso señor de todo el Levante musulmán y de buena parte de Al-Ándalus.

Ruinas del palacio de Muhámmad ibn Mardanís conocido como Qasr Ibn Sad o Castillejo de Monteagudo en Murcia

Ruinas del palacio de Muhámmad ibn Mardanís conocido como Qasr Ibn Sad o Castillejo de Monteagudo en Murcia

No le fue fácil afianzarse, pues hasta llegó a ser expulsado momentáneamente de Murcia, pero la boda con una de las hijas de ibn Hamúshk, que señoreaba la sierra del Segura, alumbró un poderoso pacto que supuso que ambos —el Rey Lobo y Amusco, como les llamaban los cristianos, con quienes pactaron apoyo de tropas— se hicieran temibles.

Su alianza con aragoneses y castellanos, en particular con estos últimos, fue muy estrecha, pero también estableció relaciones con el Condado de Barcelona, así como con las ciudades italianas de Pisa y Génova. Cuando los castellanos y las flotas de estas dos repúblicas tomaron Almería, fue el Rey Lobo el encargado por Alfonso VII de administrarla en su nombre.

Ibn Mardanís estableció entonces su corte en Murcia, que creció suntuosa, culta y con gran pujanza económica, y desde allí dominó o influyó en un extenso territorio. Una agricultura que supo aprovechar las vegas del Segura a la perfección, un comercio intenso apoyado en su moneda —sus morabitos lupinos—, el mecenazgo a sabios y poetas, y una impresionante muralla que hizo levantar para proteger su ciudad y que se mantendría durante siglos, le dieron un enorme prestigio.

Sus rivales de las taifas peninsulares no le inquietaban, y con los cristianos mantenía firmes alianzas, aunque al inicio el conde catalán Ramón Berenguer IV le había arrebatado Fraga, Tortosa y Lérida, y luego hubo de ceder, en pago por sus apoyos militares, el enclave de Albarracín a los Ruiz de Azagra.

El desembarco almohade y su ejército de fanáticos guerreros, lanzados a la yihad para recuperar todo Al-Ándalus, lo alteró todo. Pero el Rey Lobo iba a combatir durante lustros contra ellos y convertirse en un verdadero tapón frente a sus intentos de ascender península arriba, en los que, lógicamente, contó con el apoyo de los reyes cristianos.

A los almohades se lo puso ciertamente difícil y les causó un gran daño, llegando, en el cénit de su poder y siempre en alianza con Amusco, a tomar Jaén, Úbeda, Baza —a cuyo mando quedó su suegro—, así como Guadix, Écija y Carmona, amén de amenazar Córdoba y cercar la misma Sevilla. Incluso llegaron a tomar Granada, pero aquello fue su canto del cisne.

Apoyados por mesnadas castellanas al mando del nieto de Álvar Fáñez, Álvaro Rodríguez, apodado el Calvo, vencieron a los almohades y tomaron la ciudad durante unos meses, de enero a julio de 1162. Pero estos armaron un potentísimo ejército y, a la postre, consiguieron derrotarlo, infligiéndoles una cruel derrota en la que murió el afamado adalid castellano.

Ahí comenzó su caída, que se aceleró cuando, al intentar contraatacar y tomar Córdoba desde sus posiciones en Andújar, los almohades hicieron pasar velozmente un poderoso ejército desde África y no solo lo derrotaron en el castillo de Luque, sino que le tomaron Andújar y después lo persiguieron hasta la propia Murcia, donde le cercaron. No pudieron con las poderosas murallas, pero la huerta murciana, las grandes mansiones —la del Rey Lobo incluida— y las propiedades de muchos de sus nobles fueron arrasadas.

No se arredró y contraatacó al año siguiente, pero con escaso éxito, y fue en el próximo cuando sufrió el peor golpe. Su suegro Amusco aceptó someterse a la doctrina y al poder almohade para salvar su dominio y se pasó a sus huestes. A partir de ahí, la lucha ya se convertiría en un continuo retroceder y resistir como podía. Desde el año 1170, las tropas almohades y las de su antiguo aliado le fueron tomando cada vez más ciudades y comiéndole terreno.

En el año 1172, ya rebeladas contra él Valencia y Játiva, su situación se volvió desesperada. Refugiado en Murcia, cercado y muy enfermo, antes de fallecer aconsejó a sus hijos que se sometieran al nuevo poder, algo que hicieron, pasando a formar parte de las tropas del califa, lo que les permitió mantener algunas de sus propiedades como gobernadores de las mismas y acompañarlo en el fallido cerco de la ciudad de Huete.

El juicio sobre su reinado y su persona varía muy sustancialmente entre las crónicas cristianas —que lo tratan con amigable benevolencia y en las que aparece como un leal amigo y aliado tanto de Alfonso VII como del jovencísimo Alfonso VIII— y las musulmanas, pues estas, escritas ya al dictado de sus vencedores almohades, se ceban en los detalles más duros de su personalidad, aunque frecuentes y normales para la época. Tal era su implacable trato a quienes se le oponían, y aún más a quienes lo traicionaban, y, más que ninguna otra cosa, su trato de favor con los infieles, algo que le granjeó todas las maldiciones de los integristas que acabaron por ocupar toda la España musulmana y amenazaron después seriamente a los reinos cristianos, sobre todo tras el desastre castellano en Alarcos, en el año 1195.

Con el Rey Lobo desapareció la última y más esplendorosa taifa de ese segundo periodo. Nadie puede negarle, eso sí, su ingente obra tanto en la huerta murciana como en la arquitectónica, pues Murcia y su entorno se dotaron entonces de una impresionante monumentalidad de la que aún se conservan restos. A su muerte, lo que le sobrevivió durante más tiempo fue su famosa moneda, que siguió siendo un valor seguro en todos los mercados.

Los almohades tampoco concluirían su propósito. Sí se apoderaron de todo el territorio hispanomusulmán, incluso del último reducto almorávide, las islas Baleares, donde los ibn Ganiya les resistieron hasta ya entrado el siglo XIII; pero, a la postre, no consiguieron forzar las fronteras cristianas, aunque sí volvieron, efímeramente, a hacerlas retroceder de nuevo del Guadiana hasta el Tajo. Tras Las Navas de Tolosa, su poder y su imperio se desharían tanto en la Península como en el Magreb, y las taifas, las terceras, retornarían.

Pero en esta ocasión ya no habría nuevo rescate africano —aunque los benimerines más tarde lo intentaran—: casi todo Al-Ándalus acabaría en manos castellanas, bajo Fernando III, o aragonesas, con Jaime I.

Bueno, todo no: una taifa se mantendría, y el nazarí al-Ahmar, a cambio de entregar Jaén y prestar vasallaje a Castilla, se entronizaría en Granada, manteniendo el poder islámico en España durante dos siglos más todavía.

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