María de la O Lejárraga
Dinastías y poder
María de la O Lejárraga: del anonimato literario al Congreso de la Segunda República
En las elecciones de 1933 fue elegida diputada del PSOE por Granada, compartiendo escaño con Victoria Kent, Margarita Nelken, Matilde de la Torre o Julia Álvarez Resano
A día de hoy resultaría impensable que una mujer firmase textos periodísticos con el apellido de su marido. Al menos en España. Pero, a finales del siglo XIX y en las primeras décadas del XX, esta costumbre era habitual incluso entre escritoras prestigiosas. Y no solo las asociadas a postulados tradicionales en las revistas para el «bello sexo». Escritoras como Concepción Arenal o Rosalía de Castro lo hicieron en varias etapas de su vida.
También fue práctica habitual en la diputada socialista María de la O Lejárraga, maestra, escritora y dramaturga nacida en La Rioja en 1874, cuya carrera combina la crónica, el cine y la política. En su tiempo firmaba utilizando el nombre de su esposo cuando no lo hacía él, atribuyéndose la autoría. Los seudónimos eran también una práctica habitual.
Lejárraga se casó en 1900 con Gregorio Martínez Sierra, escritor, periodista y empresario teatral, director del Teatro Eslava de Madrid y promotor de revistas culturales como la modernista Renacimiento. Martínez Sierra era la cara visible de muchas de las obras que Lejárraga escribía; ella, detrás de escena, era responsable de gran parte de la producción literaria y teatral que llevaba su nombre.
La colaboración entre ambos incluyó novelas, obras de teatro, libretos de zarzuela y piezas musicales como La sombra del padre, Canción de cuna o Primavera en otoño. A este matrimonio se debe un buen número de iniciativas culturales del primer tercio de siglo, como el Teatro de Arte, a semejanza de otras similares experiencias en Europa.
Martínez Sierra (a la izquierda) asistiendo a una lectura literaria en 1912
A comienzos de los años veinte, cuando se estaba empezando a desarrollar la industria cinematográfica y los guionistas americanos necesitaban textos, Martínez Sierra y Lejárraga enviaron muchos de sus trabajos a Los Ángeles. Allí se estaban incorporando al mundo del cine otros españoles que también querían triunfar en el nuevo género, como Edgar Neville, José López Rubio o Luis Buñuel.
La Metro Goldwyn Mayer los contrataba como adaptadores, dialoguistas o traductores de las versiones españolas de sus películas. Muchos de ellos formaron un círculo de amistades en el que se mezclaban creadores y profesionales españoles expatriados con otros nombres dentro de Hollywood, como Charles Chaplin o Buster Keaton.
En la novela Mi pecado, de Javier Moro, se describe muy bien este ambiente. Durante esta etapa, algunas de las obras de Lejárraga se adaptaron al cine, como Canción de cuna (dirigida por Mitchell Leisen en 1933) y Primavera en otoño. Ella participaba en la escritura de guiones y en la adaptación de historias al lenguaje cinematográfico. Pero el matrimonio entre Martínez Sierra y Lejárraga se rompió a causa de las infidelidades de él con Catalina Bárcena, rutilante estrella del teatro de la época, que había saltado a la fama en la compañía Guerrero-Mendoza.
Una escena de la adaptación al cine de 'Canción de cuna'
Política durante la Segunda República
Tras su «aventura» americana y ya separada, Lejárraga se implicó en la política durante la Segunda República. En las elecciones de 1933 fue elegida diputada del PSOE por Granada, compartiendo escaño con Victoria Kent, Margarita Nelken, Matilde de la Torre o Julia Álvarez Resano (Heraldo de Madrid, 24 de noviembre de 1933).
Conviene recordar cómo, en los debates constitucionales de 1931, el PSOE había votado en contra del voto femenino por razones de «oportunidad política», lo que contextualiza la actividad ideológica de ese partido en los años siguientes. Durante su paso por el Congreso, Lejárraga combinó la labor parlamentaria con su actividad literaria, participando en debates y comisiones sobre distintos aspectos de la vida política y social de la época. Fue también la animadora de una agrupación para promover la educación cívica entre las mujeres y miembro del Patronato de Protección a la Mujer.
Tras la Guerra Civil continuó su vida profesional fuera de España, primero en Francia y luego en Argentina, donde siguió publicando y escribiendo. Un episodio curioso de esta nueva etapa hace referencia a un guion titulado Merlín y Viviana, que narraba la historia de un perro que se enamora de una gata. Parece que el manuscrito fue enviado a Walt Disney, sin obtener respuesta oficial, y con los años se ha generado debate sobre la posible relación entre esta historia y la película La dama y el vagabundo, estrenada en 1955. Lejárraga murió en Buenos Aires en 1974.
Mientras tanto, en España se fueron consolidando escritoras como Carmen de Icaza o Carmen Laforet, quienes, desde estilos y géneros muy diferentes, comenzaron a recibir reconocimiento por sus propios méritos literarios, sin ocultar su autoría detrás de un apellido masculino.