Masones que tienen calle en Madrid
Muchos personajes de nuestra historia desde principios del siglo XIX habían sido masones y daban nombre a calles y espacios emblemáticos de la capital de España, empezando por el caballo más famoso de Madrid: el de Espartero
Postal antigua de la Calle de Alcalá y el Monumento a Espartero en Madrid
Me sorprendió en su momento, allá por principios de los 90, cuando escribí toda una serie de reportajes sobre la masonería que, tras el largo periodo de satanización por el franquismo –eran los malos malísimos de la película ideológica del Régimen–, optaron por una cierta apertura, aunque sin llegar al «destape». Eso, jamás. El secretismo (discreción, dicen ellos) es marca indeleble de la casa.
Entonces descubrí que muchos personajes relevantes de nuestra historia desde principios del siglo XIX habían sido masones y daban nombre a calles y espacios emblemáticos de la capital de España, empezando por el caballo más famoso de Madrid: el de Espartero.
Ese primer hilo me llevó a muchos otros nombres, pues la masonería tuvo un fuerte arraigo en el mundo militar liberal, a pesar de haber tenido que combatir desde el inicio ferozmente con quienes supuestamente tenían un entronque directo con ellos: los hijos de la Revolución Francesa, aquí trasmutados en invasores imperialistas napoleónicos.
Retrato del general Rafael del Riego
En las Cortes de Cádiz había un buen puñado de diputados en las logias y, cuando tras la derrota francesa Fernando VII optó por el más descarnado absolutismo, fueron ellos quienes lo combatieron. El más conocido: el general Rafael del Riego, el del famoso himno, que logró que el rey aceptara, al verse perdido, la Constitución; y luego, recuperadas las fuerzas con ayuda francesa –restablecida allí también la monarquía–, la traicionara y acabara con ellos. Riego terminó ahorcado y corrió la misma suerte que antes había corrido el mariscal de campo Juan Díaz Porlier, un héroe de la Guerra de la Independencia. Ambos tienen calle dedicada.
Pero la semilla liberal y el rescoldo en las logias no se perdió, y llegó a su cenit con Espartero tras la victoria de los isabelinos, que él comandaba, en las guerras carlistas. Lo más granado de la cúpula militar, entre ellos el general Zurbano –otra de las calles madrileñas–, y una parva de ministros se ponía el mandil algunos días. Como lo harían después cuando el entronizado fue el efímero Amadeo de Saboya. Quien lo trajo y encumbró no fue otro que el general Prim, que, además de héroe de la batalla de los Castillejos, tenía obediencia masónica.
Prim, de hecho, abriría una senda entre los militares africanistas –muchos tuvieron tal filiación– que llegaría hasta el siglo XX y hasta el propio Franco, cuya peripecia con los masones ya se la contaré otro día, porque hoy no me cabe.
Porque tengo que atenerme al enunciado del capítulo y darles, al menos, la ristra de masones con calle. Así, de corrido: intelectuales, científicos, escritores y artistas, unos cuantos: Goya, Jovellanos, Samaniego, Mesonero Romanos, Blasco Ibáñez, Gabriel y Galán, Gómez de la Serna, Monturiol, Isaac Peral, Gregorio Marañón, Ramón y Cajal, Ortega y Gasset, Meléndez Valdés, Juan Gris y hasta el propio Antonio Machado tuvieron, aunque en ocasiones por solo un breve periodo de tiempo, filiación masónica. Valgan ellos como botón de muestra que demuestra lo que los masones –no sé si ahora, me parece que mucho menos– fueron y aportaron a la historia de España y que no puede resumirse en una caricatura con la que tantas veces se les retrata.
Salón de actos del Ateneo de Madrid
Como colofón, y si tienen la curiosidad, les señalo un edificio y una institución madrileña: el Ateneo, que está repleto de toda su simbología. El salón de actos central es extraordinario en este aspecto y bien merece una visita algún día que tenga actividad abierta al público.
A las logias no pueden entrar sino quienes ya han «profesado» o, en ocasiones muy, muy especiales, son invitados a una «tenida blanca». También puede asistirse, aunque también por rigurosa invitación, a alguna celebración, en especial a una que llaman «de las damas», donde pueden acudir sus mujeres, pues en las normas de la Gran Logia de España, sujeta al «rito común antiguo y aceptado» (no sé si se lo están pensando), no se admiten mujeres, aunque hay obediencias minoritarias que sí lo hacen.
De hecho, en Inglaterra, cuyo monarca lleva entre sus títulos el de Gran Maestre, la reina Isabel II no pudo serlo debido a su condición femenina, y lo fue su primo, el duque de Kent. Ahora supongo que Carlos III habrá recuperado el cargo. Le pega mucho. De hecho, allí el pertenecer a una logia es un blasón y se pone como añadido de postín en los currículos.
Las logias masónicas inglesas, c.1730
Como confesión de parte, he de decirles que sí, en su tiempo me permitieron entrar en algunas logias. Alguna me sorprendió por su belleza y la estatua de la diosa Atenea presidiéndola. También estuve en alguna gran celebración internacional que tuvo lugar en España y a la que acudieron grandes maestres de todo el mundo.
Por cierto, que un brindis de aquella noche quedó para siempre en mi memoria. Fue a la salud de don Juan, padre del rey Juan Carlos y abuelo de nuestro Felipe VI. No sonó a otra cosa: estaba dedicado a un «hermano». Recuerdo la fecha: 1992, en el hotel Intercontinental, porque me regalaron una bandejita donde viene grabada.
La bandeja masónica
Y aclaro: no soy ni fui masón, aunque por dos ocasiones me «insinuaron» –es preceptivo que sea el aspirante quien solicite el ingreso– que, si lo hacía, estarían muy predispuestos a admitirme. Lo rechacé muy cordialmente. Alguno, que ocupó cargos universitarios y políticos, me da que aceptó la sugerencia. En aquellos años, entre sus miembros en España había algunos con el máximo poder económico –pongamos que hablo de Mario Conde– y alguno de su entorno más cercano en la logia «Concordia» de la calle López de Hoyos. Por algún sitio tengo el documento de su «irradiación» (expulsión) de la masonería cuando fue condenado. Sé que luego, al quedar en libertad, fue readmitido, pero que acabó dejándolo. Ahora lo que hay es mucho PSOE de segunda fila infiltrándose y copando todos los altos cargos. El socialismo, a lo largo de su historia, siempre ha andado muy enredado y enredando con ello. Pero eso también lo dejamos para otro día, y aprovecho para informarme un poco más sobre el asunto.