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Rodolfo de Habsburgo (príncipe heredero de Austria)

Rodolfo de Habsburgo (príncipe heredero de Austria)Library of Congress

Dinastías y poder

El hijo de Sissi que soñó con un Imperio distinto y murió junto a su amante en Mayerling

Rodolfo encarnaba una alternativa al inmovilismo que había caracterizado el largo reinado de su padre. Muchos creían que era el hombre del futuro en un imperio anclado en el pasado

El archiduque Rodolfo era el único hijo varón de Sissi y del emperador Francisco José. Desde su nacimiento, en 1858, era el heredero de los Habsburgo. Cuando su cuerpo apareció sin vida junto a su amante en un pabellón de caza, numerosos contemporáneos vieron cómo se desvanecía la última esperanza de reforma del Imperio austrohúngaro.

Joven, culto y consciente de las tensiones nacionales que atravesaban la monarquía, Rodolfo encarnaba una alternativa al inmovilismo que había caracterizado el largo reinado de su padre. Muchos creían que era el hombre del futuro en un imperio anclado en el pasado, pero ¿había otra alternativa?

Como su padre, educado en los convencionalismos ideológicos propios de la primera mitad del siglo XIX, Rodolfo recibió una rígida formación a cargo de militares y políticos. Dominaba varias lenguas del Imperio, leía prensa extranjera, se interesaba por las ciencias naturales y escribía textos con cierta sensibilidad social. Pero se parecía más a los Wittelsbach, la dinastía bávara de su madre –conocidos por su espíritu excéntrico y temperamento imprevisible– que a los Habsburgo, siempre reflexivos en sus decisiones de gobierno. Además, la visión política de Rodolfo parecía más liberal que la del emperador.

Compartía con otros jóvenes de su generación la convicción de que el principal desafío del Imperio austrohúngaro no provenía de enemigos externos, sino de su propia estructura interna: una monarquía plurinacional incapaz de integrar de forma equitativa a sus pueblos. Puede leerse la obra de François Fejtö, Requien por un Imperio.

Francisco José, proclamado emperador en 1848 en medio de las revoluciones liberales, no compartía los puntos de vista de su hijo y presunto sucesor. El gobernaba un imperio marcado por la diversidad lingüística y el auge de los nacionalismos: alemanes, húngaros, checos, polacos, croatas, rumanos e italianos convivían bajo una misma corona sin compartir un proyecto común. El emperador, profundamente conservador en términos políticos, confiaba en la autoridad dinástica de los Habsburgo, el ejército y la burocracia como pilares del poder para mantener esa unión.

Sin embargo, aquel crisol político, cultural y religioso que era el Imperio de los Habsburgo, parecía difícil de mantener unido. Las dificultades lingüísticas representaban además una expresión visible y añadida de esa complejidad. El alemán dominaba la administración central, pero era lengua minoritaria en muchas regiones.

El príncipe heredero Rodolfo y la princesa heredera Estefanía

El príncipe heredero Rodolfo y la princesa heredera Estefanía

Desde que había comenzado su reinado, cada intento de reforma había generado resistencias. Solo la proclamación de la llamada «monarquía dual» en 1867 como concesión decisiva a Hungría –con la emperatriz Isabel en su papel de principal valedora de los intereses magiares– pareció aliviar ciertas tensiones. Aunque dejaba sin resolver las aspiraciones del resto de las nacionalidades. ¿Qué pasaba con checos, polacos, croatas o italianos? El imperio sobrevivía, aunque cada vez más fragmentado. Carcomido por las nacionalidades.

En este contexto, el archiduque Rodolfo aparecía como una figura incómoda para la corte de Viena. Aunque Rodolfo tenía dos hermanas, las archiduquesas Gisela y María Valeria, las leyes sucesorias de la Casa de Habsburgo privilegiaban claramente a los varones por lo que sus posicionamientos eran los que realmente interesaban en la corte. Y las ideas reformistas de Rodolfo, su defensa de una mayor apertura política y su comprensión del problema nacional, chocaban con la rigidez de su padre.

Todos los estudios apuntan a que la relación entre ambos fue distante y marcada por la desconfianza. Rodolfo, heredero al trono, pero sin poder real, veía cómo sus propuestas eran constantemente desoídas. Además, esa impotencia política se mezclaba con una vida privada licenciosa y un sentimiento creciente de aislamiento. Melancólico y depresivo como su madre, con un matrimonio infeliz con Estefanía de Bélgica y aficionado a los opiáceos, Rodolfo entró en la espiral de un estilo de vida turbulento y rebelde.

La emperatriz Sissi tuvo también un papel destacado en la vida del archiduque. Alejada emocionalmente de Francisco José, a pesar de la visión edulcorada que nos ha ofrecido el cine, y siempre crítica con la corte vienesa, encontraba en su hijo Rodolfo una notable afinidad afectiva. Sin embargo, ni este apoyo ni el cariño de la única hija de Rodolfo, fueron suficientes para evitar la tragedia.

La madrugada del 30 de enero de 1889, en el pabellón de caza de Mayerling, Rodolfo apareció muerto junto a la joven baronesa María Vetsera. La versión oficial habló de un suicidio, aunque el hermetismo de la corte alimentó durante décadas todo tipo de especulaciones. Se habló de un asesinato por agentes provenientes de París e incluso de unos sicarios contratados por los círculos del gobierno. Pero el impacto fue inmediato y devastador; el imperio perdía a su heredero y, con él, a una posible vía de reforma.

«Aunque algunos periódicos discurren sobre las tendencias políticas del Príncipe Rodolfo, es lo cierto que aún no se encontraban precisamente determinadas. La organización del Imperio austro-húngaro, basada, no sólo en la autoridad del jefe de la dinastía, sino sobre el respeto a la tradición nacional, que marcha siempre acorde con los intereses permanentes del Imperio, reducen a fábulas cuantas prematuras ideas se le han atribuido», podemos leer en La Época (31 enero 1889).

Tras la muerte de Rodolfo, la sucesión pasó al archiduque Francisco Fernando, primo carnal del fallecido. Francisco Fernando también defendería reformas profundas, pero su asesinato en Sarajevo en 1914 terminaría de sellar el destino del Imperio austrohúngaro. El anciano emperador Francisco José fallecía en 1916 después de casi siete décadas en el trono y en plena Gran Guerra. Carlos de Habsburgo pasaba a convertirse en emperador. Sería ya el último del Imperio.

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