Miklós Horthy y Adolf Hitler en 1938
Dinastías y poder
El destino de los reyes aliados de Hitler tras la Segunda Guerra Mundial
Hungría, Rumanía y Bulgaria pasaron de regímenes autoritarios aliados de Hitler a integrarse en la órbita soviética. Sus dirigentes fueron juzgados o forzados al exilio, mientras que sus monarquías desaparecieron o quedaron vaciadas de poder
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, varios países europeos que habían colaborado con la Alemania nazi se encontraron en una situación compleja: derrotados junto al Eje, pero atrapados en el orden político impuesto desde Moscú. Hungría, Rumanía y Bulgaria pasaron de regímenes autoritarios aliados de Hitler a integrarse en la órbita soviética. Sus dirigentes fueron juzgados o forzados al exilio, mientras que sus monarquías desaparecieron o quedaron vaciadas de poder. Antiguos jefes de Estado y herederos reales terminaron sin corona y sin la posibilidad de regresar durante décadas.
Hungría y Miklós Horthy: una regencia con aspiraciones dinásticas
Hungría fue aliada de la Alemania nazi, aunque su relación con Hitler estuvo marcada por la desconfianza. Desde 1920, el país estaba gobernado por el almirante Miklós Horthy, regente de un reino formalmente monárquico, pero sin rey. Horthy se había negado a reconocer como soberano a Carlos de Habsburgo, último emperador austrohúngaro, con lo que frustró los intentos de «restauración dinástica» de los Habsburgo en Hungría.
Horthy en la anexión del sureste de Checoslovaquia, Kassa (actual Košice), 11 de noviembre de 1938.
El régimen de Horthy era una mezcla entre autoritarismo conservador y nacionalismo que comenzó a mostrar rasgos cuasi dinásticos. Su hijo, István Horthy, fue nombrado en 1942 «viceregente» o segundo regente, una figura pensada para garantizar la continuidad del régimen. István combatió como piloto en el frente oriental, pero murió en un accidente aéreo. Su muerte truncó las posibilidades de transformar la regencia en una dinastía nacional.
Hungría se fue progresivamente aproximando a Alemania para revertir las pérdidas territoriales impuestas por el Tratado de Trianon. Gracias al apoyo del Eje, Hungría recuperó regiones de Eslovaquia, Transilvania y Yugoslavia. Sin embargo, Horthy no llegó a identificarse plenamente con el nazismo y, a medida que la guerra se volvía contra Alemania, trató de negociar con los Aliados. Algo de esto es lo que nos cuentan en la película Caminando con el enemigo, protagonizada por Ben Kingsley.
Cuando Horthy intentó retirar a Hungría de la guerra en 1944, Alemania ocupó el país y lo depuso. Los alemanes instalaron un régimen abiertamente fascista, el de Ferenc Szálasi, responsable de la deportación masiva de judíos húngaros. Tras la guerra, Horthy fue capturado por los estadounidenses, pero no lo juzgaron: se le consideró un autoritario conservador más que un criminal de guerra y le permitieron exiliarse en Portugal, donde murió en 1957. Hungría cayó bajo control comunista.
Rumanía: Antonescu y el giro del rey Miguel
El caso rumano es también complejo en el marco de Europa oriental. En 1940, el general Ion Antonescu asumió el poder como dictador militar y relegó al joven rey Miguel, nieto de María de Rumanía, a un papel simbólico. Antonescu alineó el país con Hitler para recuperar territorios perdidos frente a la URSS y el ejército rumano participó activamente en la invasión soviética. A diferencia de otros aliados del Eje, Antonescu mantuvo el control férreo del Estado y aplicó políticas represivas.
Palco del desfile en celebración de la firma por Rumania del Pacto Tripartito. En la foto aparecen Ion Antonescu (cuarto) y el monarca rumano, Miguel I (quinto)
Cuando la derrota alemana se volvió inevitable, el rey Miguel protagonizó un golpe palaciego decisivo: el 23 de agosto de 1944, apoyado por sectores del Ejército y partidos democráticos, arrestó a Antonescu y declaró el cambio de bando. Rumanía se unía a los Aliados. Antonescu fue entregado a las autoridades comunistas, juzgado y ejecutado en 1946. Pero el rey Miguel no pudo evitar el avance ruso y fue progresivamente aislado. En diciembre de 1947, bajo amenazas directas y con el Palacio Elisabeta rodeado por fuerzas comunistas, Miguel abdicó y partió al exilio.
Miguel de Rumanía vivió durante décadas sin trono ni país. Se estableció en Suiza y en 1948 se casó con la princesa Ana de Borbón-Parma. Trabajó como piloto de pruebas y empresario. Miguel nunca renunció a su legitimidad y solo tras la caída del régimen de Ceaușescu pudo regresar a su patria, aunque no recuperó la corona.
Bulgaria: Boris III y el fin de la monarquía
Bulgaria se unió al Eje en 1941 para recuperar territorios perdidos en los Balcanes. En el país reinaba Boris III, quien mantuvo una política ambigua: aunque permitió la presencia alemana y la ocupación de territorios vecinos, evitó enviar tropas al frente oriental y bloqueó la deportación de los judíos búlgaros.
Boris III estaba casado con Juana de Saboya, hija del rey Víctor Manuel III de Italia, lo que reforzaba los vínculos dinásticos con el bloque fascista. Su muerte repentina en 1943, poco después de una entrevista con Hitler, generó sospechas y dejó el trono en manos de su hijo Simeón II, de seis años, bajo un consejo de regencia.
Adolf Hitler recibe al rey Boris III de Bulgaria en su cuartel general tras la caída de Yugoslavia, el 25 de abril de 1941
Aunque Bulgaria no fue ocupada militarmente por Alemania y tampoco combatió directamente contra la URSS, en 1944 la entrada del Ejército Rojo y un golpe del «Frente Patriótico» cambiaron el panorama político. En 1946, un referéndum abolió la monarquía. Simeón II y su familia partieron al exilio, perdiendo la corona antes de alcanzar la mayoría de edad. Simeón pasó su juventud primero en Egipto y después en España, donde se estableció definitivamente. Tras la caída del comunismo pudo regresar a Bulgaria. Entre 2001 y 2005 resultó elegido primer ministro del país en el que había sido rey.
Para Hungría, Rumanía y Bulgaria, el final de la guerra no significó la recuperación de la soberanía, sino el paso de una órbita autoritaria a otra que cerró el destino de sus monarquías en el siglo XX y los sometió a la dictadura. Por su parte, la posición de Víctor Manuel III también quedó comprometida tras la Segunda Guerra Mundial por su pasada connivencia con el fascismo, lo que favoreció el referéndum de 1946 y la proclamación de la República. En Bélgica, la permanencia de Leopoldo III en el país ocupado generó una crisis política que terminó con su abdicación, aunque no con la institución. En cambio, en Dinamarca, el rey Cristián X fortaleció el prestigio de la Corona al permanecer junto a su población bajo ocupación nazi.