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Abd el-Krim en una entrevista con Luis de Oteyza para el diario 'La Libertad'

Abd el-Krim en una entrevista con Luis de Oteyza para el diario 'La Libertad'

100 años

Por qué Abd el Krim rechazó la paz en 1926 pese a estar al borde de la derrota

La conferencia de Uxda ofrecía al Rif una autonomía bajo soberanía del sultán y el control franco-español. Abd el Krim, ya debilitado, dijo no

Un episodio postrero, poco antes de su derrota final, sirve para definir la compleja personalidad del líder rifeño Abd el Krim el Khattabi. En 1926, españoles y franceses ofrecen en la ciudad marroquí de Uxda, siguiendo las conversaciones iniciadas en Taurit, unas condiciones ventajosas para acabar la guerra y poder tener un Rif calmado bajo su autoridad. Fue la última de una larga serie de encuentros informales para encontrar la paz, entre ellos las conversaciones entre Ruiz Orsatti y Tidjani en 1924. Interesante personaje este español que figuraba al frente de los servicios de información. El rifeño, incomprensiblemente, rehusó el plan.

En febrero de 1926, tras el avance que supuso el desembarco de Alhucemas y su campaña terrestre posterior, se había iniciado una labor política para atraer a aquellos jefes de cabila que ya no confiaban ni en el poderío ni en la capacidad de castigo de Abd el Krim. El coronel Orgaz, luego alto comisario, fue el encargado de encauzar el descontento, empezando por las que estaban más alejadas del Rif y menos influenciadas por la rebelión, las próximas a Tánger y Tetuán.

A la vez, y presionada por Francia, España accedió a celebrar una conferencia de paz en la ciudad de Uxda, importante lugar de paso por estar cerca de la frontera con Argelia. Se había pactado que las conversaciones se desarrollarían siempre que los rifeños diesen la impresión de que iban de buena fe y con ánimo de acuerdo, esto segundo era dudoso.

Los negociadores marroquíes, el antiespañol Haddú ben Hamú y el más conciliador Mohamed Azerkan, parecían dispuestos. Llegaron a las reuniones de igual a igual con Francia y España. Haddú ya había pactado con el residente francés Steeg algunas cuestiones a tratar que evidenciaban la soberbia negociadora de los ya casi derrotados rifeños: aceptar solo la soberanía nominal y religiosa del sultán, sin poder en la zona, y aceptar el protectorado francés, pero no el español.

Algo parecido le habían hecho saber al contrôleur (el equivalente al interventor español) francés Léon Gabrielli. Todo era una maniobra para desunir a los europeos. Aun así, para no dar argumentos de intransigencia a Abd el Krim, aceptaron las conversaciones. La delegación española estaba encabezada por el cónsul López Oliván, jefe de sección de la Dirección General de Marruecos y experto en Marruecos y la francesa por el general Simon.

El periodista Luis de Oteyza durante la entrevista al jefe de la rebelión rifeña, Mohammed Abd el Krim, en Axdir

El periodista Luis de Oteyza durante la entrevista al jefe de la rebelión rifeña, Mohammed Abd el Krim, en AxdirEFE

Antes de acudir a África se reunieron en Madrid con el dictador Primo de Rivera, el embajador de Francia y el ministro Jordana. A pesar de los obstáculos puestos por los representantes rifeños, que carecían de verdaderos poderes y todo lo tenían que consultar con su líder en Axdir y que la petición española de entrega de prisioneros tampoco fuera aceptada, las conversaciones se celebraron. Había un cierto espíritu de lograr la paz.

La primera reunión se celebró el 27 de abril sobre estas bases de negociación propuestas por los europeos:

1º Reconocimiento de la soberanía del sultán.

2º Reconocimiento de los tratados internacionales vigentes.

3º Definición del régimen de autonomía administrativa con el control de España y Francia.

4º Desarme de las cabilas.

Como colofón, se imponía la expatriación de Abd el Krim y sus más próximos colaboradores.

El ambiente era extraño. Señala la profesora Susana Sueiro en España en el Mediterráneo (Madrid 1992) que una indiscreción de Painlevé sobre el lugar de celebración llenó Uxda de periodistas que, en general, mostraban simpatía hacia el rifeño como héroe romántico. Le Matin llegó a publicar el orden del día. Francia temía una reacción de la opinión nacional, partidaria de suavizar el trato. Y España aparecía como reacia a grandes concesiones. Todo esto tenía mucho de impostura.

No obstante, los delegados de ambos países mantuvieron una actitud de unidad que restó fuerza a los rifeños. Parecía que todo iba a acabar en nada, como predijo Primo y, por eso, se mantuvo la fecha de 1 de mayo como inicio de las operaciones militares finales que españoles y franceses habían acordado en el Convenio de Madrid de 6 de febrero de ese mismo año.

Ya el 28, los delegados rifeños aseguraban no conocer los tratados y que los ejércitos español y francés debían abstenerse de entrar en la zona. Dos errores: los tratados estaban firmados con el sultán y los ejércitos ya estaban en el Rif. Se presentaron desde una posición soberbia. No querían ninguna intervención del sultán, ni en el nombramiento de jefes locales.

A nuestros ojos, resulta extraño que los rifeños no aceptaran unas buenas condiciones: autonomía del Rif con fuerza de policía entrenada por Francia, pero con reconocimiento de la soberanía del sultán, extensión de las zonas de Ceuta y Melilla al margen del Rif y desarme parcial, sobre todo de armas pesadas. Los españoles aceptarían a cambio una ocupación pacífica de la bahía de Alhucemas y la construcción de un puerto.

Un grupo de legionarios y regulares defienden una posición, Guerra del Rif

Un grupo de legionarios y regulares defienden una posición, Guerra del Rif

¿Había realmente ganas de buscar un acuerdo o era solo un intento de ganar tiempo por ambas partes? Por parte europea para dilatar el proceso y preparar el asalto final; por parte rifeña, sospechando la maniobra franco-española, sería el último intento de lograr apoyos internacionales.

Ni Francia ni España, a pesar de las declaraciones, estuvieron nunca dispuestos a reconocer la independencia del Rif y es muy probable que tampoco una autonomía grande. Y Abd el Krim tampoco quiso nunca estar bajo la autoridad del sultán, más allá de lo religioso, a pesar de la propaganda nacionalista posterior. Pero en ese momento, el rifeño estaba en la posición débil, rodeado, perdiendo apoyos y abocado al desastre militar. Una paz honrosa hubiera ahorrado mucho sufrimiento.

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