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Manuel Azaña fue presidente de la II República entre 1936 y 1939

Manuel Azaña fue presidente de la II República entre 1936 y 1939Foto: EFE / Edición: Paula Andrade

Del cine Capitol a Barcelona: cómo huyó Manuel Azaña de Madrid tras la caída de Illescas en la Guerra Civil

«Le advierto que yo no tengo ningún deseo de ser arrastrado por las calles, con una cuerda al cuello», dijo Azaña a Largo Caballero

En octubre de 1936, durante la Guerra Civil, atracó en Barcelona el buque soviético Zyrianin, con un cargamento de ropas, alimentos, armas y material de propaganda, entre el cual se encontraban películas de contenido revolucionario. Algunas de ellas fueron enviadas a Madrid como Los marinos de Kronstadt, estrenada en el cine Capitol de la Gran Vía el domingo 18 de octubre.

A este estreno acudió el presidente Manuel Azaña —según testimonió el periodista soviético Mijaíl Koltsov— acompañado de los ministros Giral e Irujo. Curiosa la imagen de políticos de la izquierda burguesa y del nacionalismo católico vasco en el pase de un film comunista. En el entreacto llegaron noticias alarmantes que les informaron de que el frente había sido nuevamente roto por el avance de las tropas nacionales, al ocupar la localidad toledana de Illescas.

Este hecho fue determinante para que Azaña decidiera huir de Madrid, aconsejado por el socialista Indalecio Prieto. El miedo a ser capturado por el enemigo hizo que el presidente de la República ni siquiera esperara a que finalizara la película ni se preocupara de la suerte que pudieran correr su mujer y su cuñada, que se encontraban en tierras alicantinas, debiendo ser ellas las que tomaran la decisión de marcharse de España. Así lo testimonia su cuñado Rivas Cherif, que escribió en sus memorias de guerra cómo sus hermanas estaban con las hijas de Prieto en una playa cerca de Alicante y, al recibir estas la orden de su padre para que volaran hacia Francia, ellas —al no tener más noticias que la salida del presidente hacia Barcelona— decidieron acompañarlas.

Ya hacía tiempo que el presidente de la República quería marcharse, pues el presidente del Gobierno, Largo Caballero, escribió que siempre le hablaba de ese tema en sus conversaciones durante el otoño. «¿Cuándo se marcha de Madrid el Gobierno? ¿Es que va a esperar a última hora, cuando ya no tenga salida? Le advierto —decía— que yo no tengo ningún deseo de ser arrastrado por las calles, con una cuerda al cuello». Largo Caballero intentó tranquilizarle, asegurándole que tenía vía de escape asegurada, pero llegó a temer que se fuera bajo cualquier excusa de inspección.

Francisco Largo Caballero, Diego Martínez Barrio y Manuel Azaña

Francisco Largo Caballero, Diego Martínez Barrio y Manuel Azaña

La huida de Azaña no fue un secreto, pues se publicitó mediante una nota oficial a la prensa, señalando que Companys, presidente de la Generalitat de Cataluña, había expresado sus deseos de que Azaña visitara a las fuerzas catalanas en el frente de Aragón. Le ofreció como residencia la capital de Cataluña, desde donde se desplazaría en sus visitas e inspecciones. Por ello, el presidente y varios ministros salieron el mismo día 18 de octubre por la tarde y, sin detenerse en Valencia, pernoctaron en el parador de Benicarló, desde donde el día 19 emprendieron viaje hacia la Ciudad Condal. Esa noche debió de ser muy significativa para Azaña, pues eligió ese marco en su obra Velada de Benicarló, que escribió meses después.

El consejero catalán Josep Tarradellas salió a su encuentro, encontrándose con la comitiva presidencial por la tarde del día 19. Más tarde escribió que Azaña y sus compañeros de viaje presentaban un estado moral penoso, que se diluyó cuando le vieron, pues creyeron estar ya a salvo, al pensar que la guerra estaba totalmente perdida. Siguieron viaje y, a las 12 de la noche, las radios nacionalistas catalanas emitieron la noticia de su llegada, plagada de su singular vocabulario:

«El presidente de la República Española inaugura con su viaje a Cataluña la serie de visitas oficiales a las Nacionalidades Ibéricas que luchan por su libertad. Naturalmente, su primera visita ha sido para los catalanes que, el 19 de julio, estuvieron en vanguardia de la lucha. Este viaje del presidente de la República es a los defensores del espíritu de los pueblos ibéricos, especialmente los de Cataluña, en la guerra civil que nos han impuesto».

Según Largo Caballero, Azaña no mantuvo su palabra de permanecer con el Gobierno en Valencia, prefiriendo Barcelona al estar más cerca de la frontera. En definitiva, le acusó de cobardía. El presidente socialista no quería estar en la Ciudad Condal, pues, al estar el Gobierno de la Generalitat, no quiso dualismos políticos. Cabe recordar que el gabinete republicano abandonó Madrid varias semanas después, el 6 de noviembre, cuando los nacionales llegaron a la Casa de Campo.

Solo el cuñado de Azaña, Rivas Cherif, le excusó señalando que había ido a Barcelona para mantener e intensificar la identidad española de la ciudad y de la región, frente a los planes nacionalistas catalanes. Sin embargo, cabe recordar que, de ser esas las intenciones de Azaña, pronto las desdijo, pues poco se esforzó en cumplirlas.

Se aisló por completo y no desaprovechó la más pequeña ocasión para hacerse antipático a los dirigentes catalanes —por los más caprichosos motivos—, chocando con la situación existente en Barcelona. Y en contra de lo anunciado, Azaña no visitó el frente de Aragón ni ningún otro. Eso sí, realizó varias excursiones de placer a Sitges, Montserrat, la Costa Brava… lo que hizo que pronto la prensa dejara de acordarse de él, convirtiéndose en un presidente «esfumado».

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