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Fulco, conde de Anjou

Fulco, conde de Anjou

Picotazos de historia

El brutal conde de Anjou que pasó de saquear abadías a peregrinar cuatro veces a Jerusalén

Tras esta acción se mostrará una característica del personaje: la capacidad de pasar de la más salvaje crueldad al más profundo arrepentimiento; de la osadía más descabellada a la más abyecta cobardía ante la perspectiva de la condenación eterna

Hoy me gustaría hablarles de un noble francés que vivió en el periodo de transición entre la alta y baja Edad Media. La primera vez que oí hablar de él fue hace mucho tiempo, con motivo de un trabajo que me había asignado mi profesor de Historia Medieval. Cayó en mis manos un ejemplar de la Historia Universal de Raoul Glaber, cronista del siglo XI. Muy divertido.

Pero vayamos al personaje. Nació en torno al año 970 d. C. y lo bautizaron como Fulco (Foulques en francés), pero le llamarían «el Negro» por lo atezado de su rostro. Sus padres fueron Godofredo I, conde de Anjou, llamado «Mantogris», y Adelaida de Vermandois, heredera del condado de ese nombre.

Fulco perderá a su madre a los cinco años de edad y a su padre a los dieciséis. Ha aprendido a leer y escribir gracias a las enseñanzas del monje Gobert, del monasterio de Mormoutier, pero ha sido entrenado para la guerra desde los diez años, acompañando a su padre en todas las acciones bélicas en las que participó. Entonces el condado de Anjou no tenía la extensión que alcanzó hasta la Revolución francesa; será gracias a Fulco como alcanzaría ese poder y tamaño.

Sello de Fulco el Negro

Sello de Fulco el Negro

Lo primero y más importante para el joven y nuevo conde de Anjou es celebrar una buena boda. Se consiguen más tierras con un buen enlace que con una guerra, y es mucho más barato. Fulco se casó con Isabel, hija y heredera del conde de Vendôme.

Los principales vecinos y enemigos de Anjou son el ducado de Bretaña y el condado de Blois. Fulco sabe que será atacado, pues ambos quieren aprovecharse de la juventud e inexperiencia del nuevo conde. El primero en atacar será Blois. Fulco contraataca y rechaza al enemigo hasta su territorio, que saqueará y quemará. Mientras está ocupado en estas dignas actividades se entera de que su cuñado —y es que Conan, conde de Rennes y duque de Bretaña, está casado con la hermana de Fulco, Ermengarda— está atacando la ciudad de Angers, capital del condado de Anjou.

Da orden de regresar, derrota a los bretones y los expulsa, matando en el combate a dos hijos de Conan y de Ermengarda. Inflamado por la lucha saqueará e incendiará la abadía de San Martín de Châteauneuf. Tras esta acción se mostrará una característica del personaje: la capacidad de pasar de la más salvaje crueldad al más profundo arrepentimiento; de la osadía más descabellada a la más abyecta cobardía ante la perspectiva de la condenación eterna.

Ya más calmado, Fulco tiene una crisis de arrepentimiento, que arregla con una peregrinación descalzo al santuario de Mormoutier. Superada la crisis, continuará con la guerra. El 27 de junio del año 992 derrota y mata a su cuñado, el duque de Bretaña.

En torno al año 1000 y tras doce años de matrimonio, Fulco se siente frustrado, ya que Isabel solo le ha dado una hija y no el ansiado heredero. Isabel sabe que su marido va a ir a por ella, por lo que se hace fuerte en la ciudadela de Angers. Fulco se ve obligado a combatir en su propia ciudad. Isabel, acusada de adulterio, será arrojada desde la torre de la ciudadela de Angers y, todavía viva, la quemarán en la hoguera. En los combates arderá también buena parte de la ciudad.

Fulco asaltado por los fantasmas de sus víctimas

Fulco asaltado por los fantasmas de sus víctimas

Pasado el enfado viene el arrepentimiento. En este caso no basta una mera peregrinación penitencial a algún monasterio cercano: tendrá que ser a Tierra Santa. Deja la gobernación de su patrimonio en manos de su hermano Mauricio y esta primera peregrinación durará de 1003 a 1005, año en que regresa.

Vuelve purificado. Construirá abadías y conventos, hará generosas donaciones a las órdenes religiosas y sacará a su hermano a patadas del gobierno, pues se ha mostrado como alguien desleal. Pero sigue pendiente el importante deber de dejar descendencia. Se casará de nuevo y la elegida será Hildegarda de Sundgau, de sangre carolingia. Con Hildegarda tendrá cuatro hijos: tres chicas y el heredero.

En 1008 hará un nuevo viaje a Tierra Santa, por supuesto como penitencia. Esta vez lo hace bajo amenaza de excomunión, y es que un grupo de leales a Fulco —y siguiendo órdenes expresas suyas— habían asesinado al conde Hugo de Beauvois en Orleans. El crimen se había perpetrado durante una montería y delante del rey de Francia, lo que se consideró un insulto al rey.

Esta vez la peregrinación no fue tan sentida como la primera y, a su vuelta, el conde de Anjou y sus doce sicarios recibieron el perdón real en la Pascua de 1009.

En 1016 derrotará a Odón II de Blois en la batalla de Pontlevoy, una de las más sangrientas de su época, que dejó 6.000 muertos en el campo de batalla y otros tantos que morirían en las semanas siguientes. Ese día Fulco rescató su enseña de manos de su moribundo portaestandarte y mató a seis enemigos en combate.

Castillo de Saumur

Castillo de Saumur

En 1025 toma la ciudad de Saumur. Al atravesar el puente que da paso a la ciudadela de la ciudad encuentra el paso bloqueado por los monjes de la abadía de Saint-Florent. Están de rodillas y uno de ellos alza las reliquias del santo. Fulco cargará al frente de sus caballeros. Los monjes son pisoteados por los herrados cascos de los caballos. Al portador de las reliquias Fulco le arrancará los ojos.

A los pocos días Fulco está con uno de sus ataques de arrepentimiento. Está aterrado pensando que irá al infierno por lo que ha hecho. Como penitencia levantará y dotará la abadía de Ronceray de Angers, que será muy protegida por su esposa Hildegarda.

En 1034 el rey Enrique I de Francia pide a Fulco que reprima una revuelta en la ciudad de Sens. El conde de Anjou puso tanto entusiasmo en el cumplimiento de lo encomendado que la ciudad quedó completamente destruida. Posiblemente el que se le fuera la mano influyó en su decisión de dejar Francia camino de Tierra Santa, en la que sería su tercera peregrinación.

Cuando regresó, en 1035, al revisar las cuentas comprobó que su hijo Godofredo, a quien había dejado al cargo de la administración, había sido muy negligente. Para hacerse perdonar, Godofredo tuvo que llevar una silla de montar colgada del cuello, como si fuera una cabalgadura, durante diez kilómetros y después postrarse ante su padre pidiendo ser perdonado. Fulco, que había vuelto espiritualmente renovado tras su peregrinación, lo perdonó.

En el año 1039 Fulco realizará su cuarta y última peregrinación. Ha triunfado sobre sus enemigos. Ha asesinado a su primera esposa. Ha quemado y saqueado abadías, iglesias y conventos; ha matado a un buen número de religiosos, incendiado ciudades y sus víctimas suman miles de vidas. Por otro lado, ha levantado un centenar de castillos, fortificaciones, conventos, iglesias... Los primeros para ganar y consolidar poder; los otros para ganar el perdón por las acciones cometidas para conseguir los primeros.

Esta fiera, mientras estuvo en Jerusalén durante su última peregrinación, diariamente hacía la Vía Dolorosa hasta el Monte Gólgota. Iba semidesnudo —apenas con un taparrabos— y descalzo. Un criado lo conducía tirando de una cuerda de esparto que llevaba anudada al cuello. El penitente avanzaba a empujones mientras otros dos criados suyos lo azotaban con varas. Durante el trayecto hasta el Gólgota el temible conde no dejaba de aullar: «¡Ah, Señor! Aquí está tu perro Fulco».

No se puede negar que era intenso tanto cuando asesinaba como cuando se arrepentía.

Fulco Nerra murió el 21 de junio de 1040. No cabe duda de que fue un ejemplo de la crueldad de su tiempo. Extremo tanto en las medidas que adoptaba para proteger su patrimonio como en sus arrepentimientos y miedo a la condenación. Un reflejo de las paradojas de entonces.

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