Detalle del mapa de Gutiérrez de la América del Norte española, 1562
La segunda ciudad de Estados Unidos también fue española: la olvidada Santa María de Ajacán
Apenas cinco años después que San Agustín, pero en latitudes mucho más septentrionales, los españoles fundaron la segunda ciudad norteamericana
Aunque cuando se pregunta a un yanqui por la primera ciudad «europea» en Estados Unidos lo más común es que responda Jamestown, fundada en 1605 por los ingleses, o Plymouth, que lo es en 1620 también por los ingleses, son cada vez más los que van respondiendo que dicho honor no corresponde sino a la ciudad de San Agustín, Saint Augustine como la llaman ellos, fundada en 1565 en la Florida y por un español, el gran explorador y conquistador asturiano don Pedro Menéndez de Avilés. Lo que relega a Jamestown a la condición de segunda ciudad europea en el territorio norteamericano y a Plymouth a la de tercera.
Pues bien, yerran los pocos norteamericanos que al menos saben que la primera ciudad sobre territorio estadounidense no fue de fundación anglosajona sino española, porque, con ser meritorio dicho conocimiento, siguen ignorando que la segunda ciudad estadounidense fue también española.
En honor a la verdad, tanto o incluso más que los yanquis, lo ignoramos los propios españoles. Estamos hablando de un pequeño poblado, por nombre Nuestra Señora de Jacán (o Ajacán), fundado en 1570, apenas cinco años después que San Agustín, pero en latitudes mucho más septentrionales, mil kilómetros al norte de la Florida, en la bahía de Santa María, entre Maryland y Virginia, lo que demuestra que los españoles también se interesaron desde temprano por la exploración y colonización de la costa este de América del Norte, en la que luego se establecerán las Trece Colonias dependientes de Inglaterra.
La duración del poblamiento fue breve, es cierto, pero su historia es digna de una gran película, si España gozara de una escuela cinematográfica como la de Hollywood y de una voluntad simplemente mediana de relatar su propia historia con algo de justicia y un poquito de cariño.
En realidad, todo empieza con una expedición de veinte hombres comandada por Pedro Coronas, enviada al lugar por el ya mencionado Menéndez de Avilés, adelantado de la Florida. Le acompaña un hombre sin duda pintoresco, verdadero protagonista de esta historia: el indio aborigen de la zona llamado Don Luis (así, «Don Luis», no Luis a secas), en honor al segundo virrey de Nueva España, don Luis de Velasco y Ruiz de Alarcón, que lo había apadrinado.
Era «Don Luis» un indio algonquino de la alta nobleza algonquina, nacido en 1544, llamado originalmente Paquiquineo, capturado a los 17 años de edad por una expedición a la zona de la bahía de Chesapeake dirigida por el español Ángel de Villafañe, indio que, apadrinado por el virrey, recibirá una esmerada educación en la Nueva España, tan «española» que es llevado a la Vieja España, donde incluso es recibido por Carlos I en Madrid, para después, en 1562, volver a sus tierras originarias en América del Norte en una expedición que manda Pedro Menéndez de Avilés, y con el encargo del mismísimo rey Felipe II de explorar la costa este de América del Norte y evangelizar a los indios de las tierras de las que «Don Luis» provenía.
El 24 de agosto de 1566 los expedicionarios toman posesión en nombre del rey de un territorio entre los actuales estados norteamericanos de Maryland y Virginia, mil kilómetros al norte de la Florida española, como ya se ha indicado, tras lo cual se dirigen a España para informar al rey de los descubrimientos realizados, y de ahí volver a América.
En septiembre de 1570 retorna al lugar el indio Don Luis con otros pobladores, entre los cuales seis jesuitas. Obsérvese que la Compañía apenas se había fundado treinta años antes y que los primeros jesuitas en la América española datan de 1568 (1549 en la América portuguesa).
Conocemos el nombre de cuatro de esos jesuitas: los padres Juan Bautista Segura y Luis de Quirós, y los hermanos Sancho de Cevallos y Gabriel Gómez. En el lugar levantan los misioneros rudimentarias instalaciones y, por supuesto, lo primero, la capilla, dando a la nueva aldea el nombre de Santa María de Jacá o de Ajacán, de incierto emplazamiento; aún hoy se siguen buscando sus restos.
El comportamiento de «Don Luis» a partir de ese momento, y contra todo lo esperable, se torna de una total deslealtad hacia sus compañeros. Abandona a los frailes y marcha a México, aunque es compelido a regresar. Y en febrero de 1571 vuelve a desligarse de ellos, esta vez de manera definitiva. El padre Quirós y dos compañeros se adentran en la selva a la búsqueda del indio y lo encuentran en un poblado que resultaba ser su pueblo natal, aquel que había prometido al Rey encontrar para evangelizarlo, pero cuyo paradero, sin embargo, había ocultado a sus compañeros de expedición.
Los franciscanos de las misiones de California vestían hábitos grises, en lugar de las sotanas marrones que se usan hoy en día.
Los misioneros son bien acogidos y hasta agasajados, pero, de vuelta a Ajacán, los tres frailes y el propio Don Luis sufren una emboscada, de resultas de la cual mueren todos menos el indio, revelado así como el auténtico instigador del atentado.
Acompañado ahora de otros compañeros de tribu, Don Luis se presenta en Ajacán con el hábito del martirizado Quirós y, una vez allí, asesina a todos sus pobladores y pone fin a la que había sido la segunda fundación española en el territorio de los actuales Estados Unidos, Santa María de Ajacán, cuya vida ni siquiera había superado el año. De la masacre solo se salva un niño, por nombre Alonso de Olmos, que luego se constituirá en una de las fuentes principales de los hechos relatados.
No mucho después, apenas unos meses, llega de Cuba al escenario una nueva expedición, en la que van los frailes Vicente González y Juan Salcedo, llamada sin duda a engrosar el poblado, la cual se encuentra a Don Luis y a los indios ataviados con los hábitos de los frailes a los que habían asesinado, por lo que desconfían y huyen. Informado el adelantado de la Florida, Pedro Menéndez de Avilés, envía una nueva expedición con treinta hombres que, llegados al lugar y tras las oportunas pesquisas, ajusticia a ocho algonquinos, entre los que no se halla Don Luis, dado a la fuga. Cuenta alguna leyenda que moriría muchísimos años después, tantos como 73, cuando tenía ya cien, en 1644, en Jamestown, de un tiro que le propina un colono inglés.
En 1610, Bartolomé Martín, testigo presencial, escribirá la crónica «Martirio de los padres y hermanos de la Compañía de Jesús que martirizaron los indios del Jacán, tierra de la Florida», por la que conocemos tan extraordinarios hechos que forman parte, como muchos otros, de esa historia épica y mágica que fue la exploración, conquista, colonización y evangelización de América por los españoles.