Fundado en 1910
Historias de la historiaAntonio Pérez Henares

Cortés, sus capitanes y Moctezuma: así los retrató Bernal Díaz, testigo directo de la conquista de México

El relato de Díaz no cuadra con la Leyenda Negra, pero tampoco con la Rosa. Él cuenta lo que vio, con los ojos de entonces y como lo cuenta alguien, un soldado que escribía, que estaba en el sitio y en el momento exacto

Encuentro de Hernán Cortés con Moctezuma II en 1519

Al igual que hiciera Jenofonte en su Anábasis, pero con algo de mucha mayor trascendencia para la historia del mundo, tanta que hoy sigue levantando pasiones, Bernal Díaz del Castillo, que ya ha comparecido por estas páginas, no solo nos dejó una crónica de aquella inaudita epopeya, sino que también nos ofreció un retrato «en vivo y en directo» de sus protagonistas: de Cortés y de sus capitanes, pero también de los soldados de a pie.

Con el gran conquistador extremeño, aunque hasta entonces nunca había participado en campaña ni batalla alguna de consideración, hizo toda la campaña que culminaría en la toma definitiva de Tenochtitlan tras haber tenido que salir huyendo en la famosa Noche Triste después de la muerte de Moctezuma, de cuya custodia Bernal estuvo algún tiempo encargado, llegando a tener por él gran simpatía y aprecio.

Combatió en las más decisivas batallas, desde Cempoala a Otumba, y, tras la definitiva victoria, se estableció en aquellas tierras, participando más tarde en la expedición hacia Honduras y más tarde en la de Guatemala, de la que fue uno de los actores principales y de cuya capital, Santiago de Guatemala, acabaría por ser con el tiempo nombrado regidor, y donde escribiría su famosa Historia verdadera de la conquista de la Nueva España y donde falleció a una edad muy longeva, en 1580, cuando ya había superado los 90 años.

Bernal Díaz del Castillo, el autor de 'Historia Verdadera de la conquista de la Nueva España'

Algunas imprecisiones en el texto pueden ser achacadas a la debilidad de algunos de sus recuerdos, pero es, sin duda, el gran cronista de aquella magna epopeya que vivió en primera línea y en primera persona. El Pulitzer de periodismo, aunque por entonces ni existía tal profesión, más merecido de los que se pudieran haber otorgado. Desde luego, un gran «corresponsal de guerra». Cada uno de sus capítulos hubiera merecido los honores de primera página y titulares a cinco columnas, por la importancia de los escenarios en los que estuvo presente, por la trascendencia de lo que narraba, por su total cercanía a la acción y por su manera de contarlo.

Relata Bernal Díaz del Castillo todo el periplo hasta la llegada a Tenochtitlan, después del desmantelamiento de las naves y tras haber fundado Cortés la primera ciudad en tierra mexicana, Villa Rica de la Vera Cruz, y los primeros enfrentamientos con los tlaxcaltecas comandados por el príncipe Xicoténcatl el Mozo, luego gran, aunque siempre peligroso, aliado contra los aztecas que les hacían una feroz y continua guerra.

También defiende, ante las críticas posteriores de Bartolomé de las Casas, el escarmiento dado a los habitantes de Cholula tras haberles estos preparado, en connivencia con los aztecas, una emboscada y de la que se libraron gracias a la Malinche, doña Marina luego. El ajusticiamiento de los cabecillas indios, denunciado por Las Casas, será replicado por él, entendiéndolo como necesario y fruto del fragor de la guerra, y le suelta la pulla precisa al dominico, por hablar de oídas y ser obra de «quien no lo vio ni lo sabe».

A través suyo podemos conocer al detalle tanto los grandes momentos como los aspectos más cotidianos de aquella grandiosa y aparentemente imposible empresa que capitaneó aquel genio de la estrategia, la diplomacia y de la guerra que fue Cortés y tener un retrato directo de todos y cada uno de sus personajes más relevantes.

Desde el propio Cortés a cada uno de sus capitanes y, también, a los dirigentes mexicas, al propio emperador Moctezuma o a Cuauhtémoc, a los que trató de manera muy directa y a los que supo calar y hasta comprender.

Cortés y Moctezuma

Del primero nos dejó esta primera impresión de su majestuosidad en el primer encuentro con los españoles: «Se apeó el gran Moctezuma de las andas, y trayéndole del brazo aquellos grandes caciques, debajo de un palio muy riquísimo a maravilla, y la color de plumas verdes con grandes labores de oro [...] y otros muchos señores que venían delante del gran Moctezuma barriendo el suelo por donde había de pisar, y le ponían mantas porque no pisase la tierra. Todos estos señores ni por pensamiento le miraban a la cara, sino los ojos bajos e con mucho acato».

Díaz del Castillo escribe como lo que es: un soldado. Con voz, habla y escritura directas, sin andarse por las ramas. Cuenta las cosas como las ve y le parecen. Los personajes alcanzan su dimensión más humana. En el caso de Cortés ello resulta fascinante. Sobre el conquistador se han vertido todo tipo de exageraciones, tanto por detractores como por aduladores. Bernal lo tiene en gran aprecio y es evidente que le admira como líder y capitán, pero lo retrata con toda honradez y no deja de afearle algunas cosas si así le parece oportuno.

Pero su genio y su ingenio, su valor, diplomacia, inteligencia y su aguda intuición y expresión brillan de manera esplendorosa. Al final, el retrato de su entonces joven soldado le honra más que el de cualquiera de sus aduladores.

Hernán Cortés montado a caballo junto a un perro, obra del artista Augusto Ferrer-Dalmau

Algo similar ocurre con el resto de sus capitanes, a quienes retrata con gran precisión y en sus momentos más decisivos. De Diego de Ordaz relata su epopeya ascendiendo con otros dos compañeros hasta su cima, a los 5.452 metros de altitud y con el volcán en actividad. «Y todavía el Diego de Ordaz con sus dos compañeros fue su camino hasta llegar arriba, y los indios que iban en su compañía se le quedaron en lo bajo, que no se atrevieron a que comenzó el volcán a echar grandes llamaradas de fuego y piedras medio quemadas y livianas y mucha ceniza y temblaba toda aquella sierra y montaña adonde está el volcán y que estuvieron quedos sin dar más paso adelante que de ahí a una hora que sintieron que había pasado aquella llamarada y no echaba ni tanta ceniza ni humo y que subieron hasta la boca, que era redonda y que habría en el anchor un cuarto de legua y que desde allí se parecía la gran ciudad de México y toda la laguna y todos los pueblos que están en ella poblados».

No sería Ordaz el único escalador, sino que la hazaña sería rematada por otros tres soldados y en esta ocasión con un componente mucho más vital y práctico que un capricho de alpinista. Se estaban quedando sin pólvora y, para fabricarla, necesitaban azufre, por lo que hubieron de realizar una todavía mayor y más peligrosa proeza.

Por orden de Cortés, un soldado llamado Francisco Montaño, en compañía de otros dos, Larios y Mesa de apellido, hubieron de ascender hasta el cráter y luego, atando a Montaño de los pies y sujeto por los otros dos, hacerlo descender hasta donde se encontraba el imprescindible azufre. Venciendo todo miedo —y era para tenerlo, desde luego—, consiguió llenar un costal entero, ser izado de nuevo y lograr su objetivo.

Francisco MontañoReal Academia de la Historia

La impresión la dejó el propio Montaño así relatada: «era cosa espantosa volver los ojos hacia abajo, porque allende de la gran profundidad que desvanecía la cabeza, espantaba el fuego y la humareda que con piedras encendidas, de rato en rato, aquel fuego infernal despedía». Cortés lo había elegido por algo. Montaño era, sin duda, un tipo bragado: había sido el primero en subir a lo alto del Templo Mayor en el asalto definitivo, resultando herido en la cara, y también había sufrido otras en el cuerpo durante la batalla de Otumba.

Bernal retrata también a los demás grandes capitanes de Cortés. A Cristóbal de Olid, durante mucho tiempo uno de sus lugartenientes más próximos, y que, al final, seducido por las promesas de Velázquez, encabezó una rebelión contra Cortés que a la postre le costó la cabeza, pues, derrotado y merced a su condición de hidalgo, en vez de sufrir la horca, fue decapitado.

Cristóbal de Olid dirigiendo la conquista de Jal-ixco (Jalisco), 1522 (Lienzo de Tlaxcala)

Bernal no escatima elogios hacia él, aunque señala el mal paso que dio y que le llevaría a ser ajusticiado. Valora su temple y entereza. «Era un Héctor para combatir persona por persona, y que si como fuera esforzado tuviera consejo, fuera mucho más tenido, mas que había de ser mandado».

Otro de los grandes capitanes fue, sin duda, Pedro de Alvarado, con quien Bernal mantuvo, tras la toma de Tenochtitlan, mucho contacto y por quien acabó por establecerse en Guatemala y quien, como todos los anteriores, le precedió en la tumba, pues, llamado al norte, donde había estallado una rebelión por los abusos de un auténtico canalla, Nuño Beltrán de Guzmán, encima paisano mío y del que no quedará más remedio que hablar otro día, al asaltar un peñón, se le encabritó el caballo y, al caer, lo aplastó bajo su peso, muriendo por ello al poco.

Este es su retrato: «De muy buen cuerpo y ligero, y facciones y presencia, ansí en el rostro como en el hablar, en todo era agraciado, que parecía que se estaba riendo».

De hecho, al comienzo de la incursión española en el imperio azteca, estos lo tomaron a él como a jefe supremo y, por su pelo y ojos claros, le pusieron el sobrenombre de Tonaiu (hijo del sol). Fue el primer lugarteniente de Cortés y el responsable de la matanza del Templo Mayor, cuando Hernán había tenido que salir al encuentro de Narváez, que, enviado desde Cuba por Velázquez, venía a prenderle con un ejército al que derrotó en un santiamén, pasando muchos a engrosar sus tropas.

Alvarado había quedado al mando de Tenochtitlan y Bernal, que combatió muchas veces a su lado y no duda en considerarlo uno de los mejores y más temerarios, no oculta su crueldad y lo señala como el responsable de aquella terrible sarracina, aunque deja caer que se produjo por la sospecha de que tramaban una revuelta.

En cualquier caso, cuando retornó Cortés se encontró a la gran ciudad sublevada y solo pudo intentar salir como fuera de aquella urbe en medio del lago, convertida en una ratonera. La Noche Triste fue un gran desastre y quedó para la leyenda el famoso salto de Alvarado, utilizando una lanza como pértiga para conseguir atravesar, rotos los puentes, las aguas de uno de los canales. Del Castillo no confirma ni desmiente la leyenda y lo deja dicho con una razón de mucho peso y muy entendible: «Ningún dado se paraba a vello si saltaba poco o mucho, porque harto teníamos en salvar nuestras vidas».

Tomás Povedano pinta a Pedro de Alvarado, gobernador de Guatemala

Su mayor admiración la reserva Bernal para quien fue el capitán de la propia compañía en la que formaba y al que profesa una verdadera adoración: el leal Gonzalo de Sandoval. Sobre este no pone pero alguno ni vierte la más mínima sombra sobre su conducta y lo defiende encendidamente por encima de todos los demás.

Recoge todas sus hazañas y se lamenta de su muerte, que no tuvo lugar en combate ni por herida alguna, sino tras haber llegado a ser gobernador de México, al regresar a España, a la llegada al puerto de Palos, con el propio Hernán Cortés, cuando le acompañaba a este a presentarse ante el rey y «besar los pies de su majestad».

Le debemos también una precisa descripción del emperador Moctezuma. Y no solo física, pues, al ser uno de los encargados por Cortés de su custodia, lo trató con asiduidad y da cuenta de detalles de su carácter, que él aprecia como afable y cariñoso. El jefe mexica supo, desde luego, ganarse el corazón de su joven carcelero, abrumándolo con su magnificencia y poderío, y también con sus regalos y buenas palabras.

«Era el gran Moctezuma de edad de hasta cuarenta años y de buena estatura e bien proporcionado, e cenceño e pocas carnes y la color ni muy moreno, sino propia color e matiz de indio, y traía los cabellos no muy largos, sino cuanto le cubrían las orejas, e pocas barbas prietas e bien puestas e ralas, y el rostro algo largo e alegre, e los ojos de buena manera, e mostraba su persona, en el mirar, por un cabo amor e, cuando era menester, gravedad; era muy pulido y limpio, bañábase cada día una vez, a la tarde».

Tras su muerte, apedreado en la azotea del palacio por sus propios súbditos, demuestra su pena: «entre nosotros, de los que le conocíamos y tratado, fue tan llorado como si fuera nuestro padre, y no nos hemos de maravillar dello viendo que tan bueno era».

También tiene palabras para quien, tras haber sido su enconado rival, fue su sucesor, Cuauhtémoc, quien, tras ser apresado al intentar la huida cuando Tenochtitlan estaba ya a punto de ser tomada, le trata con respeto y no oculta la terrible escena de su tormento para intentar arrancarle, infructuosamente, el secreto del lugar donde habían escondido sus tesoros. «Le quemaron los pies con aceite», relata. De ello culpa al tesorero real y rival de Cortés, Julián de Alderete, y exculpa al conquistador, que había prohibido darle suplicio. «Mucho le pesó a Cortés que a un señor como Cuauhtémoc le atormentasen por codicia del oro».

Bernal Díaz del Castillo, como pueden ver, no cuadra con la Leyenda Negra, pero tampoco con la rosa. Él cuenta lo que vio, con los ojos de entonces y como lo cuenta alguien, un soldado que escribía, que estaba en el sitio y en el momento exacto. Medio milenio después, juzgarlo a él y a todos, incluidos sus enemigos, con los parámetros actuales solo es farfolla y propaganda. Y la más estúpida de las soberbias.