Bartolomé de las Casas
Serie histórica (I)
Bartolomé de las Casas: ¿defensor de los indios o figura clave en la leyenda negra española?
Las Casas es una de las figuras más controvertidas de la historia de España: fraile dominico, defensor de los indios para unos y origen de la leyenda negra para otros. Su vida y su obra siguen suscitando un debate que, cinco siglos después, permanece abierto
«La causa por la que han muerto y destruido tantas y tales, e tan infinito número de ánimas los cristianos, ha sido solamente por tener por su fin último el oro y henchirse de riquezas en muy breves días». En 1552, un fraile dominico, con un gran ascendiente sobre la casa real más importante del planeta, introducía este tipo de frases lapidarias en un libro que habría de lastrar la imagen de su país desde entonces. Se trataba de Brevísima relación de la destrucción de las Indias, de Bartolomé de las Casas.
¿Pero quién fue en realidad este dominico? ¿Se trataba simplemente de un defensor de los indios? ¿Un gran crítico de los abusos de la conquista? ¿Un precursor de los derechos humanos modernos? ¿Una persona erudita, culta y de gran talla ética, como resaltan sus defensores? ¿O era, más bien, un personaje turbio, de doble moral? ¿Un arribista que usaba dichos abusos para ser célebre y hacer carrera eclesiástica? ¿Un activista que falseó la información y que, a la postre, causó un enorme daño reputacional a su país, como señalan sus críticos? Vamos a intentar deconstruir a este controvertido personaje histórico que nunca ha dejado indiferente a nadie.
Bartolomé de las Casas bautizando prisioneros en Cuba en 1511
Nació en Sevilla en fecha indeterminada. Algunos autores manejan el año 1474, en cuyo caso no habría tenido reparos en quitarse años, ya que en 1516 afirmó tener 31. Se sabe que su padre participó en el segundo viaje de Colón, del que trajo un niño indio que convivió con la familia. También se sabe que estudió latín con un preceptor, que no fue a la universidad, pero, como persona lista y ambiciosa, fue un buen autodidacta.
En 1502 embarca con su padre rumbo a Santo Domingo. También se sabe que en La Española participó en labores de conquista: fue colono, trabajó algunas tierras y tuvo siervos indios y, posiblemente, también esclavos africanos.
Cuando llegan los primeros dominicos a la isla, se siente atraído por su mensaje y se ordena. En 1510, Diego Velázquez de Cuéllar, con la ayuda, entre otros, de un joven extremeño llamado Hernán Cortés, inicia la conquista de Cuba. De las Casas da el salto en 1513 y se hace encomendero, pero los dominicos le afean que un hombre de Dios mantenga a indios en régimen de explotación. Será a partir de entonces cuando De las Casas comienza a replantearse el sistema de encomiendas. Así, en 1514, renuncia a la suya para pasar a militar en el lado opuesto.
La encomienda fue un sistema de repartimiento de tierras e indios que se estableció al principio de la conquista. El encomendero era el encargado de velar por los indígenas a su cargo; es decir, debía enseñarles la religión católica, repartir trabajos «razonables» e incluso suministrarles un salario o alimento. A cambio, estos debían lealtad a su señor y pagarle un tributo. Era un sistema con el que la Corona pretendía compensar a los colonos y planificar la economía de los nuevos territorios cuando todavía no existía una estructura administrativa suficiente.
Por supuesto, si se aplica una mirada anacrónica y se juzga el sistema desde los planteamientos del siglo XXI, no tiene el más mínimo pase, pero no hay que olvidar que estamos en los principios del siglo XVI. De hecho, algunos cronistas como Bernal Díaz del Castillo fueron defensores de este sistema y muchos encomenderos respetaron las normas y tuvieron un trato «respetuoso» con los indios (siempre entendiendo que no dejaba de ser un régimen de explotación), como, por cierto, el propio Cortés. Sin embargo, los casos más «mediáticos» han sido los de aquellos otros que cometieron abusos, algunos, es cierto, muy graves.
Pero, antes de volver a fray Bartolomé, convendría recordar tres puntos importantes. En primer lugar, existía una legislación muy adelantada a su época por parte de la Corona española en defensa de los indios; de hecho, se les podía obligar a trabajar, pero no esclavizar; desde 1542, tampoco lo primero. En segundo lugar, los abusos eran juzgados y, generalmente, severamente castigados.
Fue el caso del propio Colón, que volvió a España cargado de cadenas y al que nunca se le permitió gobernar ningún otro territorio americano; de Nuño Beltrán de Guzmán, gobernador de Nueva Galicia, que fue enviado a España engrilletado y murió en prisión en Torrejón de Velasco; o de Jorge Robledo, enviado desde Cartagena de Indias a Valladolid encadenado y condenado a pagar 200 pesos en oro, una pequeña fortuna para la época.
Y, como estos, muchos otros casos que demuestran que los indios podían denunciar a sus señores y, si se demostraban los crímenes o excesos, el Estado actuaba en consecuencia, sin importar la clase social del individuo. Pero me interesa resaltar un tercer punto, que ciertos sectores siempre soslayan, porque todo nuevo régimen hay que ponerlo en perspectiva.
En ese sentido, el inicio del sistema virreinal español en América tuvo, obviamente, sus fallas, pero, junto a la encomienda —cancelada, con matices, por las Leyes Nuevas de 1542—, hubo un proceso de integración y mestizaje, de evangelización y culturización.
Un siglo más tarde, en las primeras colonias inglesas de Norteamérica, no hubo ningún proceso de integración: desde el principio se consideró al indio un estorbo, por lo que simplemente se le desplazaba de sus tierras y, si se oponía —que es lo que ocurría mayoritariamente—, se le eliminaba. Por supuesto, con la aquiescencia de la Corona inglesa y sin crítica alguna en círculos académicos o religiosos.
Obviamente, este debate sobre abusos no existe en absoluto en la sociedad estadounidense hoy en día, porque la población de origen indio es, en la actualidad, menor al 2 % (incluyendo mestizos), incluso inapreciable en los originarios estados ingleses.
Hechas estas aclaraciones, habíamos dejado a fray Bartolomé repudiando su antigua vida de conquistador y encomendero y abrazando la causa indígena. Como persona inteligente que era, enseguida se dio cuenta de que, para que su voz fuese escuchada, tendría que viajar a la corte y convencer al monarca, y con tal motivo se embarcó rumbo a España en el otoño de 1515. Aunque no llegó a ver a Fernando el Católico, quien, ya enfermo, falleció en 1516.
No obstante, sus «memoriales de remedios» tuvieron una buena acogida por parte de Cisneros y de Adriano de Utrecht. En 1517 volverá a la carga con los consejeros flamencos de Carlos I, a quienes engatusa parcialmente, aunque algunas de sus medidas chirrían de manera asombrosa, como la propuesta de sustituir el trabajo indígena con esclavos africanos, de la que se retractará en la recta final de su vida.
Finalmente, en 1519, la Corona le permite intentar llevar a cabo su proyecto de colonización pacífica en Cumaná, actual Venezuela. No habría encomiendas, solo curas, campesinos pacíficos e indios a los que se les trataría correctamente. El experimento duró muy poco tiempo y resultó un fracaso absoluto. La mayoría de los campesinos, de escala en Puerto Rico, abandonaron al fraile y siguieron a Ponce, atraídos por la búsqueda de oro en La Florida.
En cuanto a Cumaná, la población local reaccionó violentamente. Al principio de la conquista, la encomienda funcionaba porque al indio se le obligaba a trabajar. Sin fuerza coercitiva, el intento resultaba contraproducente. Esa costa estaba habitada por pueblos cumanagotos y guaiqueríes, cazadores-recolectores, pescadores y con una agricultura muy rudimentaria, pero suficiente para cubrir sus necesidades.
Eran, además, pueblos belicosos, en constante lucha con diversas tribus, por lo que cambiar su modo de vida ancestral, cumpliendo de buena voluntad un horario de trabajo para terceros (a quienes tenían previamente como invasores y hostiles), resultaba una utopía de lo más ilusa. Empezando porque el concepto de «trabajo» no existía en su cultura: era un concepto europeo e «importado» que no entendían y rechazaban de plano.
Bartolomé de las Casas, Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Edición de 1552.
Nada más partir hacia su ansiada Arcadia, en 1520, los indios habían incendiado el convento dominico de Chichiribichi. Además, debía enfrentarse a los encomenderos vecinos, que reprimían con suma violencia este tipo de acciones. Aunque en aquella compleja costa alguna familia sí sobrevivió y consiguió prosperar, como la de Blas Hernández, otros, sin embargo, optaban por pasarse al «enemigo», como Miguel Carriazo, que se casó con una india y llegó a ser cacique luchando contra los españoles, al igual que había hecho Gonzalo Guerrero en Cozumel.
Pero la mayoría de los pocos campesinos y frailes que participaron en el experimento fueron masacrados por los nativos. De las Casas regresa a España deprimido. Ingresará en la orden de los dominicos en 1523. Siguieron años de meditación, estudio y escritura. Había perdido una batalla, pero estaba convencido de ganar aquella guerra. Sus críticas al sistema se radicalizaron, sus coqueteos con el poder se intensificaron: comenzó a no citar fuentes, a falsear números, a exagerar información.
Cualquier medio era válido para la victoria de su ansiada cruzada. Entonces aún no lo sabía, y, aunque su célebre controversia de Valladolid fue con Juan Ginés de Sepúlveda, su verdadera némesis la encontrará en Nueva España, siendo ya obispo de Chiapas. Se trataba de uno de los españoles más austeros y humildes del virreinato. En la segunda parte de este artículo profundizaremos en todo ello y desvelaremos quién fue ese modesto fraile que desenmascaró al poderoso obispo.