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Cristina de Suecia y su corte: Detalle de la reina y René Descartes en la mesa

Cristina de Suecia y su corte: Detalle de la reina y René Descartes en la mesa

La muerte de Descartes: ¿neumonía o envenenamiento?

El médico de la reina relataba a un colega que los síntomas presentados por el filósofo en el momento de su muerte (hemorragias estomacales y vómitos oscuros) no eran síntomas propios de la neumonía, sino de envenenamiento por arsénico

Dice el historiador italiano Luciano Canfora que Descartes «nunca emprendía un viaje sin reflexionar largamente acerca de su conveniencia». Así que cuando la reina Cristina de Suecia le invitó a su corte, pasó casi un año deliberando si aceptar o no la invitación de trasladarse a la fría ciudad de Estocolmo y dejar la tranquilidad de su retiro en los Países Bajos.

Sin embargo, su relación con Cristina de Suecia, con quien llevaba intercambiando correspondencia desde hacía algunos años, y el revuelo que estaban generando sus obras lo llevaron a partir, llegando en septiembre de 1649 a Estocolmo, donde le recibieron con grandes honores. Pero su estancia en la corte real resultó ser mucho más difícil de lo que pensaba.

Detalle del retrato de Descartes de Frans Hals

Detalle del retrato de Descartes de Frans Hals

La reina tenía costumbre de madrugar, lo que obligaba a Descartes a impartir clases a las cinco de la mañana, tres veces a la semana. Para un hombre que prefería dormir hasta tarde y trabajar con un horario más flexible, este cambio perjudicó su constitución delicada. Además, el frío extremo de Estocolmo contribuyó probablemente a empeorar su estado de salud. Todo aquello «resultó fatal, ya que contrajo neumonía y murió en febrero de 1650», tal y como recoge el divulgador de historia Donald L. Wasson en World History Encyclopedia.

Descartes murió a los 53 años por neumonía, según la versión tradicional y mayoritariamente aceptada por los historiadores. No obstante, siglos después, el investigador alemán Eike Pies planteó una hipótesis alternativa: ¿y si el filósofo y matemático francés fue envenenado?

Pies aseguraba en 1980 haber encontrado en una carta lo que interpretó como una prueba del asesinato de Descartes, y así lo desvelaba en su obra El asesinato de Descartes: Documentos. Indicios. Pruebas. El investigador alemán basaba su trabajo en un solo documento: una carta del médico de la reina, Johann van Wullen, en la que hablaba de los problemas de salud que presentaba el filósofo y que encontró por casualidad en la Universidad de Leiden, en Holanda.

En dicha misiva, el médico de la reina relataba a un colega que los síntomas presentados por el filósofo en el momento de su muerte (hemorragias estomacales y vómitos oscuros) no eran síntomas propios de la neumonía, sino de envenenamiento por arsénico. Sin embargo, su investigación, tachada de «absurda y estúpida» por algunos historiadores, fue desestimada.

Pero para el escritor y divulgador de historia Jesús Callejo Cabo, esta hipótesis no parece tan descabellada. Según explicó en el pódcast Cronovisor, «por aquel entonces, Cristina de Suecia seguía siendo luterana y Descartes era católico. Entonces, fueron varias las personas en la corte que pensaban que quería convertir a su reina al catolicismo y estropearla», señala Callejo.

Por ello, cree que alguien muy cercano a la reina pudo envenenar al francés para acabar así con su vida y evitar la conversión: «Como los síntomas eran parecidos a los de la neumonía, el certificado de defunción establecía que fue neumonía. Pero pudo haber algo más gordo», sugiere en el pódcast.

A pesar de que por aquellos días el racionalista era acusado de ateísmo, Descartes consiguió reparar su imagen: «su filosofía no era, ni es, atea y su fe católica era sólida», según advierte el profesor de Filosofía y Literatura, Pablo Casado Muriel, en un artículo publicado en El Debate. Tanto fue así que, aunque compartieron poco tiempo juntos, el filósofo francés no solo dejó una huella intelectual en la reina, sino que también influyó, según diversas interpretaciones, en su inquietud espiritual.

Esa influencia sería reforzada después por otros personajes de su tiempo que se encargaron de acercar a la reina a la doctrina de la Iglesia. Diplomáticos llegados de España, como Bernardino de Rebolledo, y de Portugal entablaron amistad con Cristina y compartieron su fe con ella.

Sería en febrero de 1654 cuando anunció que abdicaba. La noticia sacudió Suecia: la sucesora de Gustavo II Adolfo renunciaba sin dar mayores explicaciones, aunque advirtió de que pronto se conocería el motivo. Este no era otro que su conversión al catolicismo.

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