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Antonio Pérez Henares
Historias de la historiaAntonio Pérez Henares

El Marqués de Santillana, cabeza de un linaje de guerreros, políticos y escritores

Fue mucho más que un gran noble castellano: guerrero, diplomático, mecenas y poeta, encarnó como pocos el tránsito de la Castilla medieval hacia el humanismo renacentista. Su vida, entre intrigas cortesanas, campañas militares y pasión por las letras, explica también el ascenso imparable de la casa de Mendoza

El marqués de Santillana

El marqués de Santillana

Íñigo López de Mendoza y de la Vega bien puede ser considerado la primera gran cabeza de un linaje que llenaría de nombres la Historia de España: los poderosos Mendoza. Otras grandes familias lo hicieron, pero en esta emerge con gran fuerza un hecho diferenciador. Al poder, la política y la guerra añadieron un enorme impulso artístico.

Considerados –sus cargos relevantes en la Italia entonces hispana y en Roma lo propiciaron– los introductores del Renacimiento en España, la prueba está bien a la vista en lo que fueron sus palacios y castillos, así como en su mecenazgo sobre el arte, la cultura y la ciencia, y en el ser ellos mismos destacados intelectuales, escritores señeros y hasta cumbres en determinadas circunstancias.

Vinculados de manera indeleble a Guadalajara, los Mendoza se hacían descendientes del Cid y, por ello, basados en el Cantar, se reivindicaban como señores de esa tierra que Rodrigo, aunque más bien fuera su fraternal compañero Alvar Fáñez, había corrido. Pero, aunque allí estuvieran sus casas y el palacio familiar, desaparecido, y que sería luego sustituido por el actual y máxima joya de la ciudad, el de los duques del Infantado, don Íñigo había nacido el 19 de agosto de 1398 en Carrión de los Condes (Palencia), una de las propiedades de su madre.

Sus antepasados ya estaban considerados entre los nobles del reino. El linaje, procedente de tierras alavesas, hacía ya varias generaciones que se había establecido en las alcarrias y ostentado el título de señores de Hita y de Buitrago (señor del Real de Manzanares), dos lugares, el uno entre la campiña y la Alcarria de Guadalajara y el otro al pie de la sierra madrileña, unidos para siempre a su apellido.

Su padre, Diego Hurtado de Mendoza, fue almirante de Castilla, amén, ¿cómo no?, de poeta, como también lo había sido su abuelo Pedro. Sus parientes por parte materna, Pedro López de Ayala, su tío abuelo y tutor, Fernán Pérez de Guzmán, Jorge Manrique y Gómez Manrique, también compartían tales inclinaciones. Su madre fue Leonor Lasso de la Vega, la Rica Hembra, que por algo era así llamada, pues era la propietaria de las Asturias de Santillana, o sea, de buena parte del oriente más fértil de Asturias, así como de los actuales valles cántabros de Liébana, una de cuyas casas fortaleza preside la hermosa villa de Potes, y otros vecinos.

Esas herencias, de rango y de riqueza, pasarían a él como mayorazgo a la muerte de su hermano mayor y de su padre, cuando tan solo contaba seis años. Y hubo de ser su madre la encargada de defenderlas, pues el almirante había tenido una hija de su primer matrimonio, doña Aldonza, que, casada con el duque de Arjona, se las disputaría durante largo tiempo, llegando a arrebatarle casas y tierras, pero primero doña Leonor y luego él mismo las recuperarían tras muchas cuitas y diversos vaivenes.

Otra hermanastra, esta por parte de madre, Aldonza también de nombre, le disputaría asimismo las heredades del Señorío de la Vega. Entre madre e hijo, y aunque con mucho litigio de por medio y alguna prueba de fuerza, lograron preservar íntegramente el patrimonio. Al casarse, sin haber cumplido aún los 14 años, con Catalina Suárez de Figueroa, hija del gran maestre de Santiago, su posición mejoró mucho.

Escena en el Retablo de los Gozos de Santa María donde sale representada Catalina Suárez de Figueroa

Escena en el Retablo de los Gozos de Santa María donde sale representada Catalina Suárez de Figueroa

Íñigo López de Mendoza daría también por su cuenta el salto cualitativo y comenzaría el ascenso a la cabeza de la aristocracia española. Un avance que hizo desde joven y durante toda su vida de la mano de su primo Fernando Álvarez de Toledo: el uno sería luego ya marqués de Santillana; el otro, conde de Alba. Ambas estirpes alcanzarían después el más alto rango nobiliario: duques del Infantado los unos y duques de Alba los otros.

La infancia del futuro marqués transcurrió en buena medida en Carrión con su abuela, Mencía de Cisneros, y luego pasó a formarse ya en el solar paterno de Guadalajara con su tío, el arcediano don Gutierre, que alcanzaría luego la mitra de arzobispo de Toledo. Fue allí cuando trabó amistad con el futuro conde de Alba, compañero de juegos y estudios, que mantendrían de por vida.

Pasando el tiempo le dedicaría su obra Bías contra Fortuna, en cuyo prólogo rinde tributo a ella y a aquellos tiempos: «Ovimos unos mesmos abuelos e las nuestras casas siempre sin interrupçión alguna se miraron con leales ojos, sinçero e amoroso acatamiento, e lo más del tiempo de nuestra criança quassi una e en uno fue. Así que, juntamente con las nuestras personas, cresçió e se augmentó nuestra verdadera amistad».

Bías contra Fortuna

Bías contra Fortuna

La muerte del rey de Aragón, Martín el Humano, iba a influir de una manera decisiva en su vida, pues el hijo segundo del rey castellano, Fernando, el de Antequera, su sobrino por parte materna, iba a ser el elegido para ocupar el trono aragonés e Íñigo partió con su séquito, instalándose en la corte aragonesa.

Fernando, que había labrado su prestigio militar en las batallas contra los moros granadinos, a los que arrebató Antequera, había sido el corregente de Castilla a la muerte de su hermano mayor, Enrique III el Doliente, dado que su hijo Juan II tan solo contaba con un año de edad cuando este falleció.

Los Trastámara, pues, eran los directos descendientes de Enrique II, que, tras haber dado muerte a su hermanastro Pedro I en Montiel, había provocado el cambio de linaje en la Corona, que ahora también se producía en Aragón. Trastámaras serían, pues, y primos, los luego Reyes Católicos, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón. Los Mendoza fueron siempre y a ello debieron en buena medida su ascenso decididos partidarios suyos.

Al fallecer Fernando el de Antequera, el Mendoza permaneció y ascendió en la corte de su hijo Alfonso V el Magnánimo. Y allí, el rey no solo lo era de Aragón, Valencia y Mallorca y conde de Barcelona, sino también soberano de Sicilia y de Cerdeña y, posteriormente, de Nápoles.

El joven Íñigo no solo tuvo contacto con los poetas y la cultura occitana y provenzal, sino que también comenzó a acceder a los clásicos del humanismo itálico, entre ellas las obras del gran Dante Alighieri. Particular impacto tuvo sobre él la lectura de La Eneida de Virgilio; incluso inició su traducción. Un influjo, el italiano, que iba a mantener de por vida y transmitir a sus descendientes.

En la corte aragonesa había hecho gran amistad con los hijos del rey Fernando, los famosos infantes de Aragón: el luego rey Alfonso V; María, casada con su primo Juan II de Castilla; otro Juan, que sería a la postre también coronado, pero él en Aragón, aunque antes fue consorte de Navarra como esposo de la reina Blanca, también como Juan II, el padre de Fernando el Católico; Enrique, duque de Villena, y Leonor, reina consorte de Portugal, casada con Eduardo I. Un lío, sí, pero poderosísimo.

Durante bastante tiempo don Íñigo ligó su suerte a ellos, pero manteniendo siempre, a veces en difíciles equilibrios, la lealtad al rey Juan II de Castilla. En Aragón nació su hijo primogénito, Diego Hurtado de Mendoza y Suárez de Figueroa, luego primer duque del Infantado, y, a pesar de que no faltaron desavenencias devenidas de las muchas contorsiones políticas, celebraría alborozado en un soneto la entrada triunfal del rey aragonés Alfonso en Nápoles (1441).

Pero no había dejado en el olvido a Castilla y se vio envuelto en la enconada lucha entre el valido del jovencísimo rey, Álvaro de Luna, y el más revolvedor de los infantes de Aragón, Enrique.

Los aragoneses se apoderaron incluso del rey niño, pero este logró escapar del cautiverio y su acción mereció la general repulsa, incluso de sus propios hermanos, que también tenían enormes propiedades en Castilla, pues descendían de un segundón del primer rey Trastámara, Enrique II. Vamos, que eran primos y trastámaras todos, y el aragonés más revoltoso acabó derrotado y preso.

El Mendoza, prudente, se retiró a sus predios alcarreños y allí se mantuvo a la expectativa. En Guadalajara ya había nacido su sexto hijo, Pedro, el futuro gran cardenal.

Álvaro de Luna

Álvaro de Luna

En el año 1429 se produjo su ruptura con los infantes de Aragón. A pesar de su desconfianza hacia Álvaro de Luna, había vuelto a la corte castellana el año anterior y le habían sido reconfirmados sus privilegios, y se le encargó acompañar a la infanta doña Leonor de Aragón en su viaje y boda con el príncipe heredero de Portugal. Parecía todo apaciguado, pero entonces Luna consiguió que se decretara la expulsión del infante Juan, el más sensato y poderoso de los infantes, y ello provocó que tropas navarro-aragonesas penetraran en territorio castellano.

Íñigo se negó a secundarle y prestó juramento a Juan II, dispuesto a participar en los combates. Nombrado frontero en Ágreda, permaneció durante un año en las faldas del Moncayo y, aunque éxitos militares hubo pocos por ningún lado, quedó para los anales su desafío, arenga brava contra los aragoneses. Poema de desafío en el que el caballero poeta anuncia altaneramente la victoria sobre el enemigo:

«No será grant maravilla, / pues tan çerca viene el mayo, / que se vistan negro sayo / navarros e aragoneses / e que pierdan los arneses / en las faldas de Moncayo».

En realidad todo acabó en casi nada y en un pacto entre la familia, pero el serlo no significaba paz duradera, sino preludio de nuevas disputas. Como siempre, por las lindes, los poderes y las envidias. Que eso es cosa que no hace distingos entre nobles y plebeyos, aunque sean los primeros los más mentados y quienes arrastran a muchos más en ellas.

Íñigo López de Mendoza, el primer marqués de Santillana

Íñigo López de Mendoza, el primer marqués de SantillanaAcademia colecciones

Íñigo López de Mendoza sería por aquello recompensado con 11 nuevos pueblos y 500 vasallos en sus predios alcarreños y se dedicó sobre todo a ellos, al tiempo que defendía sus derechos en las Asturias de Santillana contra el marido de su hermanastra. Luego partió con las tropas reales hacia Granada, pues Juan II decidió emprender la guerra contra los musulmanes.

Tuvo que quedarse, enfermo, en Córdoba, y quizás esa indisposición le viniera bien, pues, llegada la expedición a la Vega de Granada y trabado combate, resuelto con la victoria castellana en La Higueruela, surgieron las quejas de los nobles castellanos, entre ellos los condes de Alba y de Haro, parientes suyos, por el trato que Álvaro de Luna les daba.

Este los acusó de querer pactar con los infantes de Aragón y era tal su ascendencia sobre el rey que este los mandó prender. Temeroso de correr la misma suerte, amigo y primo como era de ellos, decidió marchar hacia sus tierras alcarreñas y se recluyó en su castillo de Hita, de donde salió tan solo para estar al lado de su madre en su lecho mortuorio (1432).

Los cinco años siguientes decidió que lo prudente era quedarse en su casa y en sus tierras. Dedicado a cuidar sus haciendas y escribiendo, pero sin hacer ruido, manteniéndose en discreto contacto, para no encelar al de Luna, con Juan II.

En 1435, el rey y la reina, la que había sido infanta de Aragón y con quien tuvo muy buen trato en su primera juventud, visitaron Buitrago de Lozoya y al año siguiente fueron a Guadalajara, donde pasaron una larga temporada. La cercanía con ellos permitió aliviar la tensión con el poderoso valido, que se concretó, además, en una boda: la del primogénito de la casa Mendoza, Diego, con la sobrina de don Álvaro, Brianda de Luna.

Buitrago de Lozoya

Buitrago de Lozoya

Fueron años de intensa actividad creativa del patriarca, que se vieron interrumpidos por la vuelta a los campos de batalla, pues en el año 1438 marchó a la guerra con sus mesnadas y como capitán mayor del rey en la frontera de Jaén y Córdoba, donde logró una conquista importante, la de la villa de Huelma y la fortaleza de Bexis, en la que dio muestras de astucia y valentía.

Habiendo tomado la ciudad y encastillados los moros en su alcazaba, llegó la noticia de que el rey de Granada venía con todas sus tropas. Pero algo lo puso en alerta y, en vez de retirarse, como le pedían sus capitanes, optó por salir en cabalgada a campo abierto a ver qué verdad había en ello.

Juan de Mena lo glosó de esta manera: «Se le querían dar los moros; estando en aquesta plática, dixéronle que el rey de Granada venía con todo su poder a socorrer aquella villa. Íñigo López quiso cavalgar y salir al campo, y los cavalleros que con él estavan se lo contradecían y aconsejavan otra cosa, y él les dixo que no le parecía cosa hacedera a cavallero curar del trato estando en el campo los enemigos. Y así determinado y queriendo salir, supo que no era verdad la venida del rey de Granada y la fortaleza se dio».

Pero no por blandir la espada dejaba don Íñigo de darle a la pluma, y de aquellas sierras fronterizas se trajo escritas algunas de sus más famosas serranillas. Entre ellas, la muy mentada a la moza de Bedmar, en la jienense Sierra Mágina, y la más reconocida de todas, a la vaquera de la Finojosa, en la de Córdoba. Fue bien la campaña y el rey nazarí se avino a treguas y tributos.

Volvía contento, pero se le avinagró el retorno. El rey, una vez más, había dado un giro y cedido ante su cuñado, dándole permiso para ocupar tierras suyas en Santillana. Volvió él a retraerse a la Alcarria e hizo valer su disgusto, consiguiendo que le fueran restituidas, pero estaba claro que Juan II y su valido no eran muy de fiar.

Lo que le esperaba a Castilla iba a ser mucho peor. Y los cambios de bando, una constante. El Mendoza apareció tanto al lado de los infantes de Aragón como del rey. Se sumó primero a estos y a la coalición de nobles, pues el monarca, alentado por el valido, le había quitado Guadalajara para entregarla al príncipe don Enrique, después rey y tildado de Impotente. Desde luego, cuando casó con la infanta navarra doña Blanca, se dijo que la novia salió del tálamo más virgen de lo que entró.

Las tropas del condestable, que Luna ya lo era, apoyadas por las del arzobispo de Toledo, le entraron en sus tierras y él contraatacó tomando Alcalá de Henares, pero fue derrotado después a orillas del pequeño río Torote.

Combatió con gran valor pero, en inferioridad, resultó vencido y estuvo a punto de perecer, pues quedó muy malherido. Su coraje en aquella nefasta jornada fue elogiado hasta por sus contrarios. Él se retiró de nuevo, convaleciente, a sus tierras de Hita y Buitrago, donde se mantuvo hasta el año 1445.

Mapa histórico de la provincia de Guadalajara

Mapa histórico de la provincia de GuadalajaraBiblioteca Complutense

El poder de los infantes declinaba y, llamado a la concordia de nuevo por Juan II, volvió a combatir a su lado en la definitiva batalla de Olmedo. Allí, con su mesnada, fue pieza clave en la reñida victoria que acabó con Luna herido, pero con el belicoso infante Enrique de Aragón muerto, por lo que se esfumaron sus pretensiones al trono de Castilla.

Las satíricas y anónimas, claro, Coplas de la panadera lo retrataron así en aquel combate: «Con fabla casi extranjera, / armado como francés, / el noble nuevo marqués / su valiente voto diera, / e tan recio acometiera / con los contrarios sin ruego, / que vivas llamas de fuego / paresçió que les pusiera».

Juan II, victorioso, se apoderó de las villas de los infantes, perdonó a los nobles que les habían apoyado e hizo elegir gran maestre de Santiago a don Álvaro de Luna. Don Íñigo fue premiado con los títulos de marqués de Santillana y conde del Real de Manzanares, títulos que había querido recibir juntos. Sus derechos sobre las tierras en disputa, tanto en Asturias y Cantabria como en Madrid y Guadalajara, quedaron asegurados y zanjados por el sello real.

Pero las discordias civiles no descansarían en Castilla. El todopoderoso Álvaro de Luna cada vez suscitaba más recelos y enconos y, esta vez, no los encabezaría un infante de Aragón, sino el propio heredero de la Corona, Enrique, bajo la égida de su emergente valido Juan Pacheco, marqués de Villena.

La prisión ordenada por el primero de no pocos nobles, entre ellos su íntimo amigo el conde de Alba, primo y gran amigo, le llenó de dolor y encono contra Luna. Entonces fue cuando escribió el tratado Bías contra Fortuna, que le dedicó.

Retrato de Juan Pacheco

Retrato de Juan PachecoBiblioteca Nacional de España

Él siguió en Guadalajara y tuvo que volver a combatir para recuperar al fin el castillo de Torija, del que se habían apoderado años antes los navarros, pero finalmente la banasta de la paciencia con Álvaro de Luna reventó y apoyó con gran decisión —lo que fue determinante para su éxito— la definitiva conspiración contra el odiado valido, consiguiendo esta vez, aunque no sin muchos sobresaltos, su destitución y después, firmada por el rey Juan II, a cuyo lado había estado durante toda su vida, su ejecución en la plaza de Valladolid el 2 de junio de 1453.

Paradojas de la vida, o mejor dicho de la muerte, resultó que sus huesos acabaron enterrados, al estar casado con una Mendoza, y allí siguen, en la cripta de la familia en la catedral de Toledo.

Su conocida como Doctrinal de privados retrata una supuesta confesión del condestable de sus culpas y excesos. Pero también es cierto que el rey no tardó en seguir, este por enfermedad, a su valido a la tumba, produciéndose la subida al trono de Enrique IV. El marqués de Santillana aparecería por última vez en una campaña guerrera, aunque de escasa enjundia y pocos logros, a su lado en 1455. Aquel año fue infausto para él, pues se le murió su mujer, Catalina Suárez de Figueroa, con quien llevaba casado desde que ambos eran casi, y sin casi, unos niños. Otorgó pronto testamento, se retiró, esta vez de manera definitiva, a Guadalajara, para ocuparse en exclusiva de sus tierras y, sobre todo, de sus mecenazgos, lecturas y escritos, dotando a monasterios, engrosando su biblioteca —una de las más importantes de toda época— y rodeado de humanistas, entre ellos el escritor y poeta Juan de Mena.

Falleció en Guadalajara el 25 de marzo. Su primer biógrafo, Hernando del Pulgar, lo retrató de esta generosa manera, tanto en figura como en hechos. El poder de los Mendoza era por aquel entonces muy a tener en cuenta.

«Fue omme de mediana estatura, bien proporcionado en la compostura de sus mienbros, e fermoso en las faciones de su rostro, de linaje noble castellano e muy antiguo. Era omme agudo e discreto, y de tan grand coraçón que ni las grandes cosas le alteravan ni en las pequeñas le plazía entender. En la continencia de su persona e en el raçonar de su fabla mostrava ser omme generoso e magnánimo. Fablava muy bien, e nunca le oían dezir palabra que no fuese de notar, quier para dotrina quier para plazer. Era cortés e honrrador de todos los que a él venían, especialmente de los ommes de ciencia. [...] Tovo en su vida dos notables exercicios: uno, en la disciplina militar; otro, en el estudio de la ciencia [...] Tenía grand copia de libros, dávase al estudio, especialmente de la filosofía moral, e de cosas peregrinas e antiguas. Tenía siempre en su casa doctores e maestros con quien platicava en las ciencias e lecturas que estudiava. Tenía grand fama e claro renombre en muchos reinos fuera de España, pero reputava mucho más la estimación entre los sabios que la fama entre los muchos».

Sus hijos, en especial Pedro, desde niño orientado a la carrera eclesiástica, convertido en el gran cardenal, llevaron el linaje a lo más alto, hasta ser considerado durante el reinado de los Reyes Católicos como el tercer rey de España.

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