La Emperatriz Eugenia, fotografiada en 1856
Dinastías y poder
Quién fue Eugenia de Montijo, la emperatriz española que conquistó la corte de Napoleón III
Eugenia de Montijo fue una española universal. Nunca dejó de visitar su país y llevó el españolismo a la moda internacional
Se cumplen doscientos años del nacimiento de Eugenia de Montijo, la española que se convirtió en emperatriz de los franceses. Para muchos, un icono de elegancia y estilo. Pero fue mucho más: ocupó la regencia durante las ausencias de Napoleón III y dejó su impronta católica en numerosas decisiones del Segundo Imperio. Con ella y su célebre equipaje se inauguró el Canal de Suez, y París se consolidó como la Ciudad de la Luz. Sin embargo, nunca olvidó sus vínculos con España y la Casa de Alba.
Se educó en el ambiente literario de Prosper Mérimée, autor de Carmen, amigo y habitual de Manuela Kirkpatrick, su madre, y una de las animadoras culturales del Madrid de la primera mitad del siglo XIX. Aunque granadina de origen, Eugenia se formó entre Madrid y París, en compañía de su hermana mayor, Francisca, duquesa de Alba por su matrimonio con Jacobo Fitz-James Stuart.
Eugenia conoció a Carlos Luis Napoleón cuando este ya había dejado atrás la presidencia de la Segunda República y se presentaba como flamante emperador. Se conocieron en el Palacio de las Tullerías y, al oficializarse el compromiso, los franceses se afanaron en embellecer sus virtudes, recordando el «afrancesamiento» que había desempeñado su padre, Cipriano Portocarrero, conde de Montijo, durante la guerra de la Independencia.
Grabado de 1853 realizado con motivo de la ceremonia de matrimonio civil de Napoleón III y de Eugenia de Montijo, celebrado el 29 de enero de ese mismo año
Esa ascendencia le otorgaba a Eugenia, marquesa de Moya, ante muchos, la legitimidad necesaria para convertirse en emperatriz tras la ceremonia celebrada en la catedral de Notre Dame en 1853. «¡Qué pena, qué pena, pena, que te vayas de España para ser reina, por las lises de Francia, Granada dejas, y las aguas del Darro, por las del Sena!», se decía.
Eugenia deslumbró en los salones del Palacio de Saint-Cloud y Biarritz con los diseños del maestro Charles Frederick Worth, despertando la admiración de toda Europa. Eugenia lloró la muerte temprana de su hermana, a quien había facilitado un palacete en París. Pero su influencia fue mucho más allá de lo meramente simbólico o familiar.
En una Francia inmersa en plena política de expansión, un modelo de «democracia plebiscitaria» en el que convivían orleanistas, republicanos y hasta socialistas, con objetivos territoriales en Austria y Saboya, Argelia y con la mirada puesta en un Imperio mexicano bajo la sombra de los Habsburgo, con el archiduque Maximiliano I, jamás dejó de hacer valer su influencia en defensa de los intereses católicos del Papado ante la amenaza unificadora.
Eugenia de Montijo no fue una consorte más. Como legitimista, quiso asegurar la continuidad de la dinastía de los Bonaparte ante las dificultades de alumbrar un heredero varón. Este llegó en 1856, como príncipe imperial. Pero los avatares de la guerra contra Prusia y la derrota en la batalla de Sedán condujeron a la familia al exilio.
Cuentan que ella pudo huir de Francia, junto a su hijo, gracias a la ayuda de su dentista. Desde entonces se instalaron en Inglaterra, cerca de Londres, bajo la protección de la reina Victoria del Reino Unido. Allí, en el exilio, enviudó. Y también allí sintió el dolor de la muerte de su hijo, su único hijo, que, como oficial del Ejército imperial, perdió la vida en tierras africanas atravesado por una lanza zulú en 1879.
Años después, Eugenia quiso visitar el lugar en el que había caído su hijo; al pisar aquella tierra, sintió que todo había ocurrido en ese punto exacto. La soñada boda con la española infanta Pilar jamás llegaría a celebrarse.
Mantuvo siempre una relación cercana con la expatriada reina Isabel II y con la familia Borbón. Fue madrina de la princesa británica Victoria Eugenia de Battenberg. Incluso a ella se atribuye, con poco fundamento, el noviazgo con Alfonso XIII que la convertiría en reina de España desde 1906.
Eugenia de Montijo fue una española universal. Nunca dejó de visitar su país y llevó el españolismo a la moda internacional: las mantillas, los encajes, volantes, azabaches y madroños. Incluso cuando la edad empezó a mermar su visión, no dudó en acudir al prestigioso Barraquer para ser operada de cataratas.
Quiso a España, a Andalucía y a su Granada natal. Y falleció en el Palacio de Liria en 1920, a los noventa y cuatro años, cuando ya había dejado atrás la belleza de su madurez. Eugenia de Montijo es, junto a Fabiola de Mora y Aragón, la única soberana consorte española de la Edad Contemporánea.