Isabel II en su partida al exilio
Dinastías y poder
La última reunión entre Isabel II y Eugenia de Montijo: dos reinas unidas por el exilio
Esta despedida entre Isabel II y Eugenia de Montijo puede interpretarse como un símbolo que durante décadas unió a dos dinastías. Una y otra habían perdido el poder, pero su figura se mantenía como muestra de un tiempo que ya no era el suyo
En el invierno de 1904, París fue testigo de una despedida cargada de historia y memoria: la última vez que se vieron Isabel II de Borbón y Eugenia de Montijo, dos mujeres que habían sido reinas, sufrieron el exilio, perdieron el poder y pasaron más de la mitad de sus vidas lejos de España. La emperatriz Eugenia fue también la madrina de Ena, la soberana española que actualmente está en el centro de la atención.
Isabel II, destronada en 1868 y forzada a expatriarse tras la Gloriosa, atravesaba los últimos años de su vida en la tranquilidad del Palacio de Castilla, junto a su hija Eulalia. Desde que cumplió los setenta años, el doctor Dieulafoy, encargado de cuidar su salud, la visitaba a diario (La Época, 9 de abril de 1904). Tras semanas de catarro y algo de fiebre, la reina se había recuperado, aunque el apetito había disminuido. Su naturaleza robusta y carácter enérgico hacían confiar a quienes la rodeaban en que se trataba de una indisposición pasajera, un malestar estacional sin mayores consecuencias.
En su residencia, Isabel combinaba el reposo con actividades que la mantenían activa. En su salita de estar, equipada con un moderno sistema de calefacción, jugaba a las cartas y leía la correspondencia que le llegaba casi a diario. También ojeaba la prensa francesa y los periódicos españoles que le hacían llegar con algo de retraso. A pesar de la debilidad física de esos últimos años, la reina dedicaba varias horas al día a su gabinete de trabajo, atendiendo con diligencia a los diplomáticos que recibía y al conde de Parcent, nuevo Jefe de la Casa. En su escritorio, todavía presidido por una gran fotografía de su hijo Alfonso XII, fallecido en 1885, Isabel trataba de mantener viva la memoria de su dinastía.
El 26 de marzo de 1904, una tarde fría, según relatan los periódicos, la reina sintió escalofríos y pidió a León y Castillo, embajador de España en Francia y quien también la visitaba casi diariamente, que le acercara un mantón. Fue entonces cuando la duquesa de Almodóvar del Valle, dama de compañía, anunció la visita de Eugenia de Montijo, la antigua emperatriz de Francia en tiempos del II Imperio (La Época, 9 de abril de 1904). La noticia alegró a Isabel: era su vieja amiga, el respaldo que había tenido en los primeros años del exilio cuando llegó a París con su familia, tres décadas atrás.
Eugenia tenía ya setenta y ocho años, también había envejecido y poco quedaba de su antiguo atractivo. Vivía en Inglaterra, aunque viajaba con frecuencia a España. Isabel se quitó rápidamente el chal, cogió su bastón y salió a recibirla al rellano de la escalera; a su edad aún era presumida y coqueta. Cerca del recibidor principal de entrada hacía más frío. Isabel y Eugenia se fundieron en un afectuoso saludo y, cogidas del brazo, caminaron hasta el salón principal. Eugenia vestía rigurosamente de negro. Se habían convertido en dos ancianas reinas desterradas.
Hablaron de la situación de la corte inglesa, ya con Eduardo VII en el trono, de lo afligido que seguía el emperador Francisco José desde que se había quedado viudo y de cómo estaba afrontando Alfonso XIII, nieto de Isabel, las tensiones con los regionalistas catalanes de Cambó en España. Pasaron juntas una velada agradable que terminó cuando Eugenia comunicó que tenía que marcharse. Sabían que no volverían a verse.
Una de las últimas fotografías de la emperatriz, realizada en el Palacio de Liria, en Madrid, 1920
Ambas reinas compartieron ese encuentro con la sensación de haber vuelto a otro tiempo. Sin embargo, la realidad de la edad y la distancia se imponía: Isabel y Eugenia ya no eran figuras de influencia política activa y el paso de los años había dejado huella en sus cuerpos y en sus vidas. Napoleón III había muerto en 1873, poco después de salir de Francia; el rey consorte Francisco de Asís, en 1902. Eugenia, que, además, había sufrido la pérdida de su único hijo, conoció la gloria y la tragedia de la historia europea. Isabel, por su parte, mantenía la memoria de su hijo y de una España en la que ya no desempeñaba ningún papel.
París, ciudad de recuerdos y exilios, fue el escenario donde dos figuras que habían marcado la historia de España y Francia se despidieron para siempre. Entonces Francia era ya una república, laica y liberal. Y en España imperaba el modelo canovista de la Restauración. Esta despedida entre Isabel II y Eugenia de Montijo puede interpretarse como un símbolo que durante décadas unió a dos dinastías. Una y otra habían perdido el poder, pero su figura se mantenía como muestra de un tiempo que ya no era el suyo.