Mussolini pasa revista a las tropas listas para embarcar hacia el Cuerno de África
«Recuerda Adua»: la obsesión colonial de Mussolini por invadir Etiopía y vengar la derrota italiana de 1896
La Italia fascista decidió ampliar su Imperio colonial en África a través de la guerra. Etiopía, en ese momento, luchó por mantener su independencia en una clara soledad internacional
Desde sus posesiones en Somalia y Eritrea, en el Cuerno de África, la Italia liberal intentó apoderarse de Etiopía en 1896, siendo derrotados sus ejércitos en la batalla de Adua.
A la humillación internacional se unió el orgullo nacionalista herido que, con el paso de los años, convirtió Etiopía en un motivo recurrente para sus defensores, que, al grito de Ricorda Adua! («¡Recuerda Adua!»), mantuvieron durante cuarenta años el desastre militar en la conciencia colectiva italiana.
Hacia 1935, la Italia fascista decidió intentarlo nuevamente, pues no vio más que ventajas en ello. En primer lugar, Mussolini creyó afianzar su régimen frente al anterior sistema liberal, al intentar triunfar ante la opinión pública donde aquel había perdido. De ahí los acuerdos con la Santa Sede de 1929 o su política social, así como la victoria militar sobre los etíopes.
Además, la propaganda intentó presentarlo ante el mundo como el gran civilizador que había extendido la ley y el orden en un país que vivía todavía en plena etapa medieval. Los militares italianos le agradecerían reverdecer sus laureles con campañas victoriosas y rápidos ascensos, mientras la industria nacional recibía encargos del Gobierno para la campaña.
Por otro lado, se conquistaría un amplio espacio para ir colocando al excedente italiano de población, sobre todo del sur, que el régimen liberal había enviado a América, mientras que el duce, en cambio, conquistaba para ellos un espacio vital.
Además, la propia geografía colonial aconsejaba que las posesiones de Eritrea y Somalia se unieran mediante la conquista de Etiopía, por lo que se empezó a plantear la conquista trabajando, al mismo tiempo, para lograr la neutralidad de Gran Bretaña y Francia. Y es que Roma, París y Londres, a comienzos del siglo XX, habían pactado que, llegado el caso, las tres naciones se repartirían el Imperio etíope.
Un obús de 100/17 italiano en Tembien
Francia, asustada por los discursos expansionistas de la Alemania nazi, se mostró a favor de lograr acuerdos con Italia para frenar las apetencias germánicas, por lo que no puso objeción a un pacto. Se selló un acuerdo que cedía un corredor de tierras para unir las colonias italianas y la ampliación de sus posesiones en Libia, pero nunca la ocupación total de Etiopía.
En cambio, costó más llegar a un acuerdo con Gran Bretaña. El 15 de abril de 1935, en una sesión de la Sociedad de Naciones, a propuesta inglesa se creó una comisión de arbitraje para evitar la invasión italiana. La reacción de la prensa fascista fue inmediata y airada, criticando al Gobierno de Londres.
El ministro de Asuntos Exteriores, Anthony Eden, viajó a Roma proponiendo a Mussolini que aceptara la desértica provincia de Ogadén mientras los británicos indemnizaban con una salida al mar a los etíopes. El duce lo rechazó gritando: «¡No soy un coleccionista de desiertos!». El 16 de agosto, Gran Bretaña y Francia aceptaron la intervención italiana, pero con la prohibición de ocupar territorio alguno; tan solo debía imponer cierto orden en la frontera.
Caballería eritrea en marcha hacia Adís Abeba
Haile Selassie, emperador de Etiopía, solicitó a la Sociedad de Naciones que garantizase la independencia de su país, pero nadie quiso emprender una guerra europea por un Estado africano. El 3 de octubre comenzó la invasión militar italiana cruzando el río Mareb. Los etíopes tenían sus fuerzas divididas entre las huestes de la nobleza local, un ejército regular poco fiable y unos 4.000 soldados de la Guardia Imperial, más el doble en proceso de encuadramiento, los únicos bien pertrechados. En teoría, mantenían 300 cañones y una docena de anticarros alemanes.
Las escasas emisoras de radio existentes pronto quedaron fuera de servicio y hubo que recurrir a mensajeros que tuvieron que cubrir largas distancias. Una docena de aviones no pudo paliar las grandes desventajas evidentes frente al ejército italiano, por lo que no resulta extraño que pronto hubiera deserciones.
A pesar de ello, los etíopes mostraron valentía y espíritu de victoria, seguros de su conocimiento experto del terreno. Sin embargo, sus tácticas de combate se mostraron propias del siglo XIX, atacando de frente y dedicándose pronto al pillaje, convirtiéndose en fáciles blancos para los tiradores italianos.
Los camisas negras toman posesión de la estación de Dire Daua, mayo de 1936
Frente a ellos, Italia organizó 200.000 soldados —60.000 coloniales— con 800 piezas de artillería, 300 aviones y unos 200 blindados, que aseguraron el dominio del aire. Pronto comenzaron las victorias italianas, al mando de Bono y Badoglio, pero, ante los contraataques, el 22 de diciembre los mandos invasores decidieron usar gas mostaza contra sus enemigos.
El 27 de febrero de 1936, la segunda batalla de Tembién cristalizó el triunfo italiano, finalizando el conflicto a comienzos del mes de mayo. El 9 de ese mes, Mussolini proclamó el nacimiento de un Imperio que destrozaría con su insensata entrada en la Segunda Guerra Mundial, arrastrando a su régimen en su caída.