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Amadeo I de España realizado por el pintor español Antonio Gisbert

Amadeo I de España realizado por el pintor español Antonio Gisbert

Dinastías y poder

«Este país es ingobernable»: la frase con la que Amadeo de Saboya describió su frustración con España

Tras dos años ciñendo la corona, España vivía en constante lucha; invocando el nombre de la Patria, todos peleaban y se agitaban «por su bien»

Llegó a Madrid después de los tumultuosos días de la Gloriosa. Las Cortes le habían votado como rey democrático. Pero ¿era la solución para España? Amadeo se encontró con un país hostil que no aceptó ser gobernado por un extranjero: un miembro de la dinastía liberal de los Saboya que, pese a sus intenciones modernizadoras, jamás logró el cariño español.

El asesinato de Prim el mismo día en el que Amadeo pisaba por vez primera suelo nacional no hizo presagiar nada bueno. Una guerra en Cuba, otra carlista, las divisiones y luchas internas entre la clase política le llevaron a manifestar: «Este país es ingobernable». Podía estar en lo cierto.

El rey Amadeo visitando el cadáver del general Prim. Litografía de M. Gómez a partir de un cuadro en paradero ignorado de Antonio Gisbert, c. 1875.

El rey Amadeo visitando el cadáver del general Prim. Litografía de M. Gómez a partir de un cuadro en paradero ignorado de Antonio Gisbert, c. 1875.

Tampoco tener una nueva reina, sensata y generosa, como fue Victoria del Pozzo, pareció gustar a los españoles. Ella puso todo su empeño en favorecer a los más humildes, a las cigarreras y lavanderas, tratando de ganarse el afecto del pueblo. Y aunque las mujeres reconocían su caridad y buenas formas, tampoco fue suficiente para que los Saboya pudiesen perpetuarse en el trono español.

La reina alumbró incluso un infante en el Palacio Real, Luis Amadeo —con los años, afamado explorador—, al que bautizaron conforme a la costumbre de la corte isabelina. Y eso tampoco funcionó. Sonado fue el desprecio que las aristócratas madrileñas, lideradas por la duquesa de Sesto, hicieron a la soberana al utilizar la tradicional mantilla como elemento de rechazo.

Ni siquiera encontró alternativas a la hora de nombrar camarera mayor, la máxima autoridad femenina de palacio, cargo muy distinguido en la corte, que las nobles se negaron a aceptar: no parecían dispuestas a alinearse con la dinastía saboyana una vez que, desde el exilio, Cánovas comenzaba a articular el modelo político de lo que sería la Restauración en torno a la figura del joven príncipe Alfonso.

Amadeo sufrió varios atentados durante su reinado. En uno de ellos, en la calle Arenal, estaba acompañado de su esposa. Parece que nunca le perdonó a su padre, Víctor Manuel del Piamonte, rey ya de una Italia unificada, que le forzase a aceptar la inestable corona española, tema que ha sido trabajado por las profesoras Alicia Mira y Carmen Bolaños.

Él, probablemente, hubiese preferido quedarse como duque de Aosta, prestando servicios diplomáticos al trono italiano. Pero juró una Constitución, la de 1869, que reconocía España como una monarquía democrática en la que se reconocía el sufragio universal —masculino, pues no podía entenderse de otro modo— y se comprometió a cumplirla. Hasta que no pudo más.

Su discurso de abdicación ante las Cortes el 13 de febrero de 1873 dejaba muy claro lo que para él había supuesto España: una nación ingobernable en la que no había logrado el amor del pueblo. Los que se agitaban con la espada, la pluma y la palabra eran españoles; los propios españoles eran los que —en su opinión— perpetuaban los males de la nación. Tras dos años ciñendo la corona, España vivía en constante lucha; invocando el nombre de la Patria, todos peleaban y se agitaban «por su bien».

El rey extranjero —hasta con el apodo burlesco de Macarroni I— se veía incapaz de encontrar una solución dentro de la legalidad a los problemas del país. Y por eso prefería marcharse.

Amadeo I y su familia salieron de España cruzando la frontera de Portugal. Allí, su hermana María Pía de Saboya era soberana consorte. Los periódicos se llenaron de caricaturas satíricas sobre su marcha.

El mismo día en que el rey devolvía la corona a quien se la había otorgado, las mismas Cortes soberanas, de mayoría monárquica, proclamaban la Primera República.

España tenía, según los censos, unos dieciocho millones de habitantes —sin contar las provincias de Ultramar, en pleno proceso secesionista— que seguirían siendo ingobernables. La cuestión española presentaba muy mala pinta.

Victoria del Pozzo falleció en San Remo en 1876. Amadeo volvió a casarse con su sobrina María Letizia Bonaparte. Murió poco después, en 1890, a los cuarenta y cuatro años, en Turín. Todavía reinaba su hermano Humberto de Saboya. A España habían llegado tiempos de una gobernanza más estable.

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