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María Pía, reina de Portugal

María Pía, reina de Portugal

Dinastías y poder

María Pía, la reina de Portugal que vivió el terrorismo, el exilio y la caída de la monarquía

Hermana de Amadeo de Saboya, la reina consorte de Portugal fue altiva, caritativa y contradictoria. Aborrecía la democratización de las costumbres y terminó sus días en el exilio tras la proclamación de la República

Nació princesa del Piamonte, pero se convirtió por matrimonio en reina de Portugal. Única hija del primer rey de la Italia unificada, hermana del soberano español Amedo I y esposa de Luis I de Braganza. Por sus venas, la sangre más linajuda de la realeza europea. Descrita en la época como «de una fealdad elegantísima», resultaba contradictoria: caritativa y derrochadora.

El rey Amadeo, confió en ella cuando el 11 de febrero de 1873 tuvo que marcharse de España. Lo hizo atravesando la frontera portuguesa en la que María Pía ejercía como consorte. Vivió en su propia piel el embate del terrorismo anarquista y el asesinato de su hijo. Enlutada y melancólica, ella también tuvo que partir al exilio cuando en 1910 se proclamó la República en Portugal.

Hija de Víctor Manuel II, nació en Turín en 1847. Padre saboyano y madre archiduquesa austríaca, una Habsburgo en los días en los que los impulsos nacionalistas empezaban a vislumbrar las posibilidades de una unificación en Italia. Desde niña supo que sería ficha de cambio en el tablero matrimonial europeo.

D. Luis I y D. María Pía de Saboya en 1862

D. Luis I y D. María Pía de Saboya en 1862

Cuando se tuvo noticia del fallecimiento del monarca portugués Pedro V a causa de una epidemia de colera, pensaron en la joven María Pía para desposar al culto Luis de Braganza, quien sin pensarlo y casi por azar, se vio destinado a ocupar el trono portugués. La boda se celebró por poderes en septiembre de 1862 y apenas unos días después en Lisboa. María Pía tenía quince años. Luis I, hombre de ciencia, matemático y mal político, seguía sin asumir que era el nuevo titular de la corona.

Comenzaba un reinado marcado por la pérdida de peso lusitano en el marco internacional y un progresivo distanciamiento de sus antaño aliados británicos. En lo social Portugal se convertía en uno de los primeros estados que abolía la pena de muerte y la esclavitud. María Pía, aunque de una altivez seca, fue una consorte volcada en las labores asistenciales que se ganó el cariño de sus paisanos.

Caritativa, aunque gastaba una enorme fortuna en ajuar. Mujer contradictoria en sus comportamientos, asumía por igual el riesgo de acercarse a un Oporto en llamas como el de ser criticada por su gasto desmedido en vestuario. Era una habitual de Mme. Lippmann, el taller parisino más afamado de la época. Considerada como una de las mujeres mejor vestidas de la época, era también derrochona y un tanto frívola. Encopetada, según las revistas gráficas de la época, abominaba de todo cuanto pudiera ser signo de democratización de las costumbres. No daba a nadie ni la más leve confianza.

A María Pía le gustaba el Palacio de Ajuda y los jardines de Cintra. Mujer piadosa, se ganó el apelativo de «Ángel de la caridad». Viuda desde 1889, asumió con resignación su papel institucional como madre de Carlos I y «suegra» de la reina Amelia, nieta de la infanta española Luisa Fernanda, a quien siempre miró por encima del hombro.

María Pía de Saboya

María Pía de Saboya

Eran tiempos convulsos y días de violencia. El anarquismo ganaba peso en el terreno social. Motines callejeros y atentados dinamiteros eran la tónica diaria que evidenciaba la insurrección que se estaba preparando. María Pía presenció cómo unos pistoleros terminaban con la vida de su hijo y nieto Luis Felipe, en la lisboeta Plaza del Comercio el 1 de febrero de 1908. Tras el regicidio, María Pía no recuperó la cordura.

La «reina loca» vagó por las diferentes residencias reales hasta que en 1910 una revolución, hizo que en Portugal se proclamase la República. Muchas de sus joyas fueron subastadas y su corona de brillantes, la más importante de las alhajas de la dinastía, se deshizo durante la gran crisis diamantaría provocada por la tragedia europea.

María Pía, con el resto de la Familia Real y arropada por el segundo de sus hijos, el príncipe Alfonso, duque de Oporto, embarcó rumbo al exilio. Su joven nieto, Manuel II de Braganza, había perdido el trono. Destronado y condenado al destierro. María Pía volvió a Italia y se estableció en Turín.

Fue la madrina de Mafalda de Saboya, la princesa que terminó sus días en un campo de concentración nazi al término de la Segunda Guerra Mundial. La reina María Pía falleció en el castillo de Stupinigi, apenas nueve meses después de abandonar Portugal. Tenía sesenta y cuatro años. Está enterrada en la Basílica de Superga, junto a los miembros más relevantes de la dinastía saboyana. Su nieto y último soberano portugués murió en el exilio en Inglaterra en 1932.

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