El Aaiún, capital del Sáhara Occidental
Pactos con jefes locales y pulso con Marruecos: así fue posible la presencia española en el Sahara Occidental
Beirut favoreció el cambio de postura de los jefes y facilitó la instalación de España en el Sahara, que de otra manera hubiera sido imposible
España mantuvo una presencia en el Sahara Occidental de poca duración y de escasa penetración. Los sucesivos gobiernos dejaron pasar las ocasiones. Desde la conquista de Canarias, los españoles mantuvieron relaciones comerciales con las costas opuestas a las islas y aprovecharon los ricos caladeros pesqueros. Se llegó a levantar fortalezas como Santa Cruz de Mar Pequeña.
Todo esto, tras la Conferencia de Berlín, le daba a España una prioridad en la zona para establecer una colonia. Las asociaciones de africanistas, mucho menos poderosas que las inglesas o francesas, y las sociedades pesqueras canarias pudieron establecer una primera base en Río de Oro, limitada a unos metros cuadrados, con el esfuerzo y la tenacidad de Emilio Bonelli. Nacería después Villa Cisneros desde un primer fuerte y gracias a Francisco Bens.
La parte norte, la Saguia el Hamra, tenía varios problemas añadidos para establecer soberanía. Por un lado, Francia, que trataba de delimitar sus fronteras argelinas, y lo consiguió en el Tratado de París de 1900, con menoscabo de territorios explorados por españoles y donde llegaron a acuerdos con los jefes locales. Por otro lado, la difusa frontera sur marroquí.
Todo iba a depender de varios factores: la actitud del gobierno español, la del gobierno francés, la del sultán y la de las tribus que habitaban la región. La del gobierno nacional osciló entre el impulso indirecto de Cánovas y la ausencia de Sagasta. Prudencia llamaba Silvela a esa actitud paralizante.
El gobierno francés defendía sus intereses por crear un gran Sahara argelino y extender las fronteras de Marruecos, que pensaba colonizar. El sultán Hassan I, a pesar de su afán modernizador y reformador, no podía mantener su autoridad al sur de Agadir o incluso más al norte. Y, por último, los jefes nómadas, señores de la región, pobladores desde siempre, pero cuyo dominio no era reconocido como soberanía por los europeos.
Habitaban la región desde Guilmin hasta El Aaiún una confederación de tribus Tekna a la que daba nombre. Los españoles que se internaron en el Sahara para establecer factorías sabían que tenían que pactar con ellos si querían que su posición se afianzara.
Los españoles solo reconocían soberanía al sultán hasta el río Nun. Más al sur, el sultán no mandaba, como reconoció él mismo las veces en que se le pidió ayuda para rescatar náufragos. Lideraban a los saharauis algunos jefes insumisos. Uno de ellos fue el chej Mohamed ibn Beirut, de gran importancia en los tratos con los españoles de la Sociedad de Africanistas y Colonistas impulsada por Coello.
Otros, como El Hiba, hijo de Ma el Aainín, que se proclamó sultán de Tiznit, llegaron a tomar Marrakech en 1912 en su lucha contra los marroquíes.
El chej Beirut fue un personaje legendario, uno de aquellos jefes tribales que mandaban feudalmente, establecían relaciones con vecinos, declaraban la guerra, cobraban impuestos y condenaban a muerte. Uno más de los señores de las montañas y los desiertos.
Su relación con el sultán iba desde la devoción religiosa hasta la rivalidad de poder. Tenía su sede en la región de Nun. Cuando se enteró de que los españoles estaban combatiendo al sultán en su propio suelo en 1860, envió emisarios a O'Donnell para levantarse en el sur y abrir otro frente.
Quería que los españoles establecieran un puerto frente a Canarias, en sus dominios. Su intención de colaborar era interesada. Si conseguía desviar las caravanas que llegaban desde Sudán y el desierto a un puerto español, en vez de que llegaran a Mazagán, él cobraría las exacciones aduaneras y no el sultán.
Uno de los africanistas de la época, José Ricart Giralt, dio una curiosa teoría en su opúsculo El porvenir de España en el Sahara (Barcelona, 1884). Había sido uno de los promotores de la ocupación de Río de Oro; sabía de lo que hablaba. Al acabar la guerra de África, en la paz de Tetuán, España exigió al sultán el territorio donde había estado Santa Cruz de Mar Pequeña, de cuya exacta ubicación se había perdido la memoria.
Señala Ricart que el sultán accedió porque era un lugar fuera de su soberanía y que Beirut se alegró porque iba a cumplir su sueño, ya se tratara de Sidi Ifni, Agadir, Cabo Juby o Puerto Cansado. Este Beirut era hijo del anterior y seguía su senda de señorío y mando. En 1884, Beirut autorizó al escocés Mackenzie a levantar una factoría en Cabo Juby contra los intereses españoles y marroquíes, lo que demuestra que el caíd no pensaba en los españoles en exclusividad ni en ceder la soberanía a ninguna nación.
En 1882, Hassan I mandó un ejército para vencer a Beirut, pero no pudo pasar del Draa y regresó. Volvió a fracasar en 1885. Y en 1885 los saharauis apoyaron a Mackenzie frente a una escuadra marroquí. Era el chej designado por los demás jefes de tribu para negociar con europeos.
La diplomacia internacional hizo que Gran Bretaña se desentendiera de Marruecos y que Cabo Juby pasara a formar parte de la franja sur del Protectorado español en Marruecos. Mackenzie desapareció, Bens llegó a Cabo Juby (Tarfaya) en 1911 y la pequeña población fundada por españoles se llamaría Villa Bens más adelante. En ese cambio inglés, Beirut favoreció el cambio de postura de los jefes y facilitó la instalación de España en el Sáhara, que de otra manera hubiera sido imposible.
El mundo funcionaba de otra manera y las tradicionales luchas del poder local frente al sultán, los seculares intentos de imponer soberanía donde no llegaba la fuerza, constituyen la historia marroquí hasta el Protectorado, instaurado aprovechando la debilidad de los sultanes.