Antonio Pérez Henares
Historias de la historiaAntonio Pérez Henares

Fray Antonio de Montesinos, el primer gran defensor de los indígenas americanos

El «Sermón de Adviento» quedó grabado para siempre y la buena semilla germinó. La diferencia entre el Imperio hispano y cualquiera de los imperios coloniales, encabezados por el inglés, iba a ser esa: las Leyes de Indias, la protección de la Corona a los nativos

Estatua de fray Antonio de Montesinos en República Dominicana

Estatua de fray Antonio de Montesinos en República Dominicana

Unos llevan la fama y otros cardan la lana. Quien ha pasado a la historia como gran defensor de los indios ha sido fray Bartolomé de las Casas, pero quien de verdad levantó por vez primera la voz y consiguió las primeras protecciones para ellos fue fray Antonio de Montesinos.

Y lo hizo, además, mientras De las Casas no solo guardaba silencio, sino que más bien formaba en el bando contrario, pues por aquel entonces, aunque ya había profesado como sacerdote, era también encomendero, vástago de ilustre familia de los primeros llegados a La Española en los primeros viajes colombinos, y mantuvo siempre y por siempre un trato privilegiado y de gran cercanía con los más poderosos.

Con los Colón, por supuesto, y luego todavía más estrecho con el heredero, el virrey don Diego y su esposa, la virreina, nada menos que doña María Álvarez de Toledo, sobrina del duque de Alba, por los que fue muy considerado, se dejó agasajar y supo devolver el agasajo. Estuvieron presentes el día que cantó misa por vez primera, en el año 1510; le otorgaron una nueva encomienda de indios y él fue siempre uno de sus máximos defensores.

'Los Doce Apóstoles de México', creada por el artista español Augusto Ferrer-Dalmau

'Los Doce Apóstoles de México', creada por el artista español Augusto Ferrer-Dalmau

De Antonio de Montesinos sabemos mucho menos: que nació en Castilla hacia el año 1475; que profesó como monje en la Orden de Predicadores el 1 de julio de 1502, tras cursar estudios en el convento de San Esteban de Salamanca, y que, tras ser ordenado sacerdote, ingresó en 1509 en el convento de Santo Tomás de Ávila y que, con su vicario al frente, Pedro de Córdoba, y otros dos hermanos más, partieron para América y se instalaron en la ciudad de Santo Domingo, donde al cabo de no mucho tiempo se añadieron otros cuatro monjes más.

Fue el día 21 de diciembre de 1511 cuando su nombre comenzó a resonar con fuerza en toda la isla y no tardaría mucho en llegar su eco hasta la corte de España. Fue el día en que el joven Montesinos fue el encargado de pronunciar, en nombre de todos sus hermanos, el Sermón de Adviento en presencia del propio virrey, la virreina y lo más granado de los conquistadores españoles afincados en la isla. Sus apasionadas palabras, afeando y condenando sus conductas para con los indígenas, provocaron una enorme conmoción y la airada respuesta de muchos de los presentes.

«Todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes –tronó el fraile y, tras una pausa, prosiguió–: ¿Con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes, que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas de ellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan oprimidos y fatigados, sin darles de comer y curarlos en sus enfermedades, que, de los excesivos trabajos que les dais, incurren y se os mueren, y, por mejor decir, los matáis, por sacar y adquirir oro cada día? ¿Y qué cuidado tenéis de que los doctrinen, y conozcan a su Dios y criador, y sean bautizados, oigan misa y guarden las fiestas y los domingos? ¿Estos no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amarlos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis, esto no sentís? ¿Cómo estáis en esta profundidad de sueño tan letárgico, dormidos? Tened por cierto que, en el estado en que estáis, no os podéis salvar más que los moros y turcos que carecen de la fe de Jesucristo y no la quieren».

Cuando aquel domingo calló el fraile, un rumor indignado ascendió hasta él, seguido luego de gran revuelo, no pocas voces y muchas protestas. El propio virrey se dirigió raudo hacia el convento dominico para pedir explicación a su superior, fray Pedro de Córdoba, y decirle que expulsara de la isla a fray Antonio o que, como poco, al domingo siguiente suavizara el sermón y calmara los ánimos.

A la siguiente semana la atención era máxima. Eran muchos, la virreina la primera, los que creían, por lo hablado por su marido, que el fraile se contendría y buscaría alguna salida satisfactoria, pero todos se llevaron una gran sorpresa.

No solo no se retractó en nada, sino que fue aún más contundente y puso en solfa, además, las propias leyes castellanas, afirmando que los principios de la religión estaban por encima de ellas; que, a los ojos de Dios, no había diferencia entre razas y, por tanto, ni entre indios y blancos; que la esclavitud y la servidumbre eran no solo ilícitas, sino gravísimos pecados; que los indios debían ver restituida su libertad y sus bienes, y que no había otra forma de convertirlos al cristianismo que con el ejemplo.

Bartolomé de las Casas, en absoluto, lo apoyó; más bien formó con la facción contraria y, cuando más tarde acudió a confesarse, el dominico le negó la absolución.

Las quejas entonces ya retumbaron en la propia Castilla y ante el rey Fernando. Se solicitó al monarca la expulsión de la Orden de las Indias y, temeroso de ello, el propio superior de los destinados en las Indias, el provincial dominico de Castilla, pidió a fray Pedro que cesara en esa actitud por los perjuicios que ello podía causarle a la Orden.

Bartolomé de las Casas

Bartolomé de las Casas

Y, desde luego, se los causó. Se les requirió a todos ellos, desde las más altas instancias, tanto civiles como eclesiásticas, incluidos sus propios superiores, para que cesaran en su actitud y, al perseverar en ella, se les apretó de muchas formas en Santo Domingo hasta dejarlos en la indigencia y privarlos de todo sustento.

Pero, al cabo, sus palabras acabaron por fructificar. Hubo reunión en la Corte y se decidió convocar a las partes enfrentadas. Los encomenderos enviaron como representante suyo al franciscano fray Alonso de Espinar, acudiendo por los dominicos el propio Montesinos, cuyo viaje hubieron de sufragar recurriendo a las limosnas para conseguir que pudiera embarcar.

Escuchados ambos por el rey, este convocó una junta que se celebraría en Burgos para estudiar y dictaminar sobre la situación de los indios. Reunida esta en la capital castellana, su dictamen de 1512, que intentó cierta equidistancia entre las facciones enfrentadas, se convirtió en las Leyes de Burgos, las Leyes de Indias, que, si bien mantuvieron las encomiendas, dictaron hasta treinta y cinco normas en defensa de los indígenas y de sus derechos como seres humanos.

Las Leyes de Burgos se entendieron como pauta obligada que debía regir los comportamientos de los conquistadores y pobladores españoles, y los clérigos de las distintas órdenes –los franciscanos, tan queridos por los Colón; los jerónimos, y los dominicos– iban a estar ya siempre presentes. De hecho, llevaban tiempo estándolo en las expediciones como comisarios enviados por la Corona para vigilar su cumplimiento, que más bien era escaso, todo sea dicho.

Puede que esta conversación ficticia en mi novela La Española contenga una buena dosis de realidad:

–Una cosa es cómo se ven las cosas por las Españas y otra cosa es cómo hay que hacerlas aquí. Ya me gustaría a mí ver a esos leguleyos de allá desembarcando y siendo recibidos por una nube de flechas caribes untadas de veneno —diría un soldado.

Y quizás un encomendero se atreviera a decir lo que pensaba en voz alta:

–Ya pueden en Burgos hacer leyes, que, hecha la ley, hecha la trampa, y todos sabemos cómo hacerlas; y quien esté libre de culpa que tire la primera piedra.

Pero el «Sermón de Adviento» quedó grabado para siempre y la buena semilla germinó. La diferencia entre el Imperio hispano y cualquiera de los imperios coloniales, encabezados por el inglés, iba a ser esa: las Leyes de Indias, la protección de la Corona a los nativos, a los que de inicio prohibió esclavizar la reina Isabel, y la consideración de aquellos territorios como provincias y virreinatos y de sus habitantes como súbditos y, por tanto, con derechos como tales.

El mestizaje fue el fruto más determinante y esa realidad, marca diferenciadora de los territorios que fueron dominios hispánicos, resulta imposible de negar por muy hondo que haya calado la feroz campaña de leyenda negra mantenida durante siglos y revivida de continuo hasta en nuestra propia nación.

Fue Montesinos el primero en levantar su voz y quien más arriesgó con ello. Fray Bartolomé dudaría todavía un tiempo. Mantuvo sus encomiendas y cruzó a Cuba, al lado del gobernador Velázquez y su sobrino Pánfilo de Narváez, participando en la conquista de la isla, donde presenció algunos de los hechos más deleznables y sanguinarios cometidos por este último, al que se limitó a «reprender».

Fue ya allí, donde también se hizo con encomiendas, donde pronunció su propio «Sermón», en la misma pauta de Montesinos, y contestó al lógico reproche de que él era también encomendero renunciando a ellas e ingresando en los dominicos. Su trayectoria desde allí es bien conocida y reconocida, hasta participar en la famosa Controversia de Valladolid, a la que tanto debe –y a la que apenas nadie quiere aludir– la universalidad de los derechos humanos, allí proclamada y propiciada por la Escuela de Salamanca tres siglos antes de la llegada de la Ilustración.

Fray Antonio de Montesinos no alcanzó nunca tal relumbrón. Pero sabemos que siguió evangelizando y defendiendo a los indígenas, primero en Puerto Rico, para pasar desde allí, ya en 1514, a Cumaná, en la actual Venezuela, donde parece ser que pudo celebrar la primera misa en tierra firme del continente.

Sus idas y vueltas a España se sucedieron, acompañando en varias ocasiones a su mentor y compañero Pedro de Córdoba, con quien fundó en Puerto Rico un convento en la localidad llamada entonces San Juan Bautista de la Isleta, que acabaría por ser la base de la primera universidad en aquel territorio.

Allí hubo de enterrar a su protector y, unos años después, partir con el propio Bartolomé de las Casas junto a una expedición de 600 personas al mando de Lucas Vázquez de Ayllón para establecer un poblamiento en la costa del actual estado de Carolina del Sur, donde se le considera fundador de la primera colonia europea en territorio norteamericano, San Miguel de Guadalupe.

La siguiente peripecia lo llevaría de nuevo a Venezuela, con la expedición alemana de los Welser de Augsburgo en 1529. Y la siguiente noticia que tenemos de él fue la de su muerte, el 27 de junio de 1540, según parece, a manos de indígenas a los que tanto defendió. Eso parece indicar la nota que figura sobre él en el Libro Antiguo de Profesiones: «Obiit martyr in Indiis», y que corrobora la inscripción en el convento de San Esteban de Salamanca, donde cursó sus estudios sacerdotales y donde, a la entrada del refectorio, se le rotula como mártir.

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