La obra representa a Julio César cruzando el río Rubicón. 'César' obra de Adolphe Yvon

La obra representa a Julio César cruzando el río Rubicón. 'César' obra de Adolphe Yvon

38 días de cautiverio y una venganza implacable: así fue el secuestro de Julio César por piratas

Estos bandidos del mar, originarios del sureste de la actual Turquía, asaltaban barcos, saqueaban las costas y capturaban a viajeros para pedir un rescate o venderlos como esclavos

Antes de que Julio César se convirtiese en el hombre más poderoso de Roma, fue capturado por piratas cilicios en el mar Egeo. Este episodio sucedió alrededor del año 75 a. C., cuando Cayo Julio César contaba solo con 25 años.

Se dirigía a la isla de Rodas para perfeccionarse en el arte de la oratoria bajo la tutela de Apolonio Molón. Años antes había tenido que abandonar Roma para escapar de la persecución del dictador Lucio Cornelio Sila. Fue entonces cuando su barco fue asaltado por unos piratas en las cercanías de la isla de Farmacusa, cerca de la costa de Asia Menor.

La piratería se había convertido en un problema para Roma: «[…] Los piratas formaron auténticas flotas con las que asaltaron ciudades y santuarios, atacaron a la marina de guerra romana y secuestraron a miembros de la nobleza, siendo el caso más célebre el del posterior dictador César», detalla Luis Amela Valverde en Los piratas contra Roma: la lucha por el dominio del Mediterráneo.

Según recoge Plutarco en su obra Vidas paralelas, Julio César permaneció cautivo durante 38 días: «Al parecer, César quedó en poder de los piratas mientras enviaba a los miembros de su comitiva en busca del rescate que debería pagar para obtener su libertad», detalla el profesor de Estudios Clásicos Denis Álvarez Pérez-Sostoa.

Estos bandidos del mar, originarios del sureste de la actual Turquía, asaltaban barcos, saqueaban las costas y capturaban a viajeros para pedir un rescate o venderlos como esclavos. En el caso del que sería el genio militar más temido de Roma, los piratas cilicios exigieron 20 talentos de plata.

Piratas del Mediterráneo , por Artbatov

Piratas del Mediterráneo , por Artbatov

Sin embargo, el joven y altivo César consideró aquella cantidad indigna de su posición y, riéndose de aquella propuesta, hizo que sus captores pidiesen 50 talentos por su rescate: «Un talento son 32 kg de oro, que en febrero de 2020 está a 46.000 euros el kilo, así que un millón y medio de euros, por 50 talentos, son 75 millones de euros más o menos; eso pagaron por su rescate», señala Emilio del Río, doctor en Filología Clásica, en Calamares a la romana.

Plutarco narra que «tras enviar a sus hombres a diferentes ciudades para que se procurasen el dinero, aun rodeado como estaba de cilicios, los hombres más sanguinarios del mundo, en compañía de un único amigo y dos acompañantes, trataba a los piratas con tal desprecio que, cuantas veces se disponía a dormir, enviaba a alguien para que les ordenase guardar silencio».

Durante casi un mes, César obligó a los piratas a «escuchar los poemas y discursos que escribía, y a los que no los admiraban los motejaba delante de ellos de incultos y bárbaros, y entre risas los amenazaba muchas veces con hacerlos colgar», recoge el historiador romano en Vidas paralelas.

Aquellas amenazas acabarían convirtiéndose en realidad. Cuando fue puesto en libertad, el militar romano no perdió el tiempo y, trasladándose al puerto de Mileto, reunió unos navíos y zarpó «al encuentro de los piratas —advierte Plutarco—; los sorprendió todavía anclados en la isla y apresó a la mayoría de ellos».

Tras abordar el barco pirata, Julio César «saqueó sus reservas de dinero, hizo encarcelar a los hombres en Pérgamo y él marchó en persona ante el gobernador de Asia, Junco, pues a él correspondía, en tanto que pretor, castigar a los cautivos», relata el historiador romano.

Sin embargo, el gobernador de Asia, tentado por la posibilidad de vender a los piratas como esclavos y sacar beneficio de ello, retrasó su decisión. Ante este retraso, el joven militar romano no quiso esperar y se tomó la justicia por su propia mano: mandó crucificar a los piratas.

Más allá de la anécdota, aquel breve secuestro de 38 días es un episodio muy revelador de la personalidad de Julio César: con apenas 25 años ya afloraban muchos de los rasgos que definirían su carrera política, como una ambición sin límites y una confianza que rozaba la patología.

Aún no había conquistado las Galias ni cruzado el Rubicón, pero ya se comportaba como un hombre convencido de que el mundo estaba destinado a someterse a su voluntad.

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