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24 de mayo de 2024

Juan Rodríguez Garat
AnálisisJuan Rodríguez GaratAlmirante (R)

Los payasos del Kremlin

El Kremlin también califica de terroristas a los ucranianos que defienden su Patria, a muchos de los cuales les espera un trato parecido al dado a los terroristas de Moscú si son capturados

Actualizada 04:30

El presidente ruso Vladimir Putin

El presidente ruso Vladimir PutinAFP

Cuando yo era pequeño –nadie nace almirante retirado– me gustaban los números de los payasos en el circo. Siempre había uno listo, atildado y de maneras cursis que nos parecía antipático, y otro –no sé si decir tonto es hoy políticamente correcto– que nos caía mejor porque, en el fondo, se vestía, actuaba y razonaba como los niños que éramos nosotros.
En la corte de Putin el payaso listo es Dmitri Peskov, el portavoz del Kremlin. Es fácil –y tranquilizador– imaginárselo ataviado con lentejuelas y con un cucurucho blanco en la cabeza.
El otro, por supuesto, es el expresidente Medvedev, a quien solo le falta una nariz postiza de color rojo para identificarse plenamente con su papel.
¿Y Lavrov? El pobre ministro ruso de Asuntos Exteriores también se ve obligado a hacer números cómicos. Pero su expresión, siempre hosca y seria, lo hace más adecuado para el papel de oso. Con Putin de domador. Y quizá haya en esta imagen de un veterano diplomático, respetado en su día y hoy sometido al capricho del dictador, algo más profundo y más triste de lo que parece a primera vista.
Pero veamos el último número de Peskov, que ha pasado casi desapercibido tras el atentado terrorista del viernes pasado.
Dos años largos después de la invasión, el hombre nos dio la gran sorpresa: «Rusia está en estado de guerra en Ucrania». Como solía ocurrirle al payaso listo, Peskov ha sido el último en enterarse.
Ellos no querían, dice el payaso. Lo suyo era una operación especial. Pero es que Ucrania se resistió, y el problema está en la resistencia, no en la agresión. Si hay consentimiento, no hay violación. Así que ya sabemos quién tiene la culpa de que una relación sexual que podría ser consentida se convierta en un crimen: la víctima.
La duda que surge ahora es qué va a hacer el presidente Putin después de oír a su portavoz. ¿Meterá en la cárcel a Peskov? ¿Sacará de ella a quienes ha encarcelado por asegurar que lo de Ucrania era una guerra? ¿O, como Galileo, los que se han adelantado a revelar la verdad tendrán que esperar siglos hasta que se les reconozca que tenían razón?
Por si esta payasada no fuera suficiente, Peskov nos ha asegurado que la guerra continuará hasta que finalice la ocupación ilegal de Jersón, Zaporiyia, Donetsk y Lugansk. ¿La ocupación ilegal? ¡Claro! Pero por parte del gobierno de Kiev. Si Rusia ha declarado suyas todas esas regiones, ahora lo son. Y nadie va a arrebatarle a Putin lo que es suyo. Santa Rita, Rita, Rita –entonará el ínclito portavoz– lo que se conquista no se quita.
De tanto repetirlos, hay quienes, incluso en España, creen en los infundios de la leyenda negra. Y esa debilidad de nuestra naturaleza, que es la base de las campañas de desinformación del Kremlin, da esperanzas al portavoz ruso.
Él no ha inventado nada que no hiciera en su tiempo la reina Isabel de Inglaterra, pero cuenta con mejores medios que la pérfida rival de Felipe II.
Aun así… ¿cuántas veces deberán los bots repetir argumentos como este para que lleguemos a creer que es esa invocación a Santa Rita lo que podemos encontrar en la Carta de las Naciones Unidas?

Un contrapunto triste

Siempre ha habido algo triste en los números de los payasos, y este no podía ser diferente.
Somos muchos los españoles a los que no nos gustan los okupas. También ellos defienden que los pisos en los que viven son suyos por derecho de uso. Pero, al menos, no pretenden que los verdaderos propietarios trabajen para ellos, como hace el Kremlin con los ciudadanos de los territorios conquistados, a quienes, contra todo derecho, recluta de forma obligatoria para servir en el ejército que los somete.
Por desgracia, la opresión de los ucranianos bajo el régimen de ocupación ya apenas hace titulares en Occidente. El Kremlin, con su censura informativa y su política de expulsión o encarcelamiento de cuanto periodista se esfuerce por revelar la verdad, está consiguiendo aislar del mundo a estos pocos millones de modernos esclavos.
Sin embargo, en los últimos, días hemos podido ver como Rusia tortura a los terroristas detenidos tras el vil atentado de Moscú.
No seré yo quien derrame una lágrima por ellos. Pero no deberíamos olvidar que el Kremlin también califica de terroristas a los ucranianos que defienden su Patria, a muchos de los cuales les espera un trato parecido si son capturados.
No son un bulo –a la vista está– las acusaciones de crímenes de guerra. «Es que estos son terroristas de verdad», dirán los rusoplanistas.
Cierto, pero no he visto prueba alguna de que el Kremlin dé instrucciones a sus tropas de tratar a los terroristas de mentira –los militares ucranianos– de distinta manera que a los que no tuvieron empacho en mostrar ante las cámaras de televisión.
Tuve hace muchos años ocasión de visitar las checas de la KGB –la agencia en la que creció el propio Putin– en Lituania. Es el recuerdo de brutalidades así el que hace que Ucrania resista a un ejército numéricamente superior. Más allá de nuestra seguridad, más allá de nuestros intereses estratégicos, es nuestro deber como seres humanos facilitarles la tarea.

¿Fiera o payaso?

El payaso tonto –con perdón– razona como un niño. Como respuesta a las declaraciones de Macron sugiriendo la posibilidad de enviar tropas a Ucrania, respondió Medvedev con amenazas a París. «Todo es legal si se le hace a un enemigo», vino a decir el reverso tenebroso del Platero de Juan Ramón Jiménez. Cierto que, al parecer, lo dijo en latín: «In hostem omina licita». Quizá para parecer menos zafio.
En la vida real, nadie quiere ser el payaso tonto. Por eso, Medvedev trata con frecuencia de hacerse pasar por otro de los grandes protagonistas de los circos de antes, afortunadamente desaparecidos de las pistas del siglo XXI: la fiera.
De ahí sus reiteradas amenazas, a las que siempre parecen faltar unas pocas palabras, como si estuvieran sacadas de contexto. «Todo es legal si se le hace a un enemigo»… de Rusia. Eso es lo que él quería decir.
Quizá –y no le culpo, porque a mí también se me atragantaron las declinaciones en mi juventud– no encontró en su entorno quien supiera poner en latín la frase completa.
Cuando Medvedev amenaza con destruir París si Francia despliega tropas en Ucrania olvida que un protocolo adicional a los Convenios de Ginebra, que entró en vigor en 1977, prohíbe el ataque a las ciudades. Aunque sean enemigas y aunque se trate de una guerra.
A mis amigos los bots, que recurren de forma automática a los precedentes de la Segunda Guerra Mundial, les recuerdo que esta acabó en 1945, 32 años antes de la prohibición. Hay muchas razones para cuestionar el bombardeo de Hiroshima o Nagasaki, pero el derecho de la guerra vigente en su época no es una de ellas.
Olvida además Medvedev, y esto es mucho más importante, que igual de fácil –e igual de criminal– que destruir París es destruir Moscú. O Madrid, por cierto, algo que, si a los insensibles bots no les preocupará demasiado, sí deberían recordar todos los humanos que le ríen las gracias al payaso… sí, al payaso tonto.
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