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15 de junio de 2024

Juan Rodríguez Garat
AnálisisJuan Rodríguez GaratAlmirante (R)

Oriente Medio: ¿vuelta a la normalidad?

No cabe, sin embargo, soñar con una «nueva normalidad» –como nos acostumbramos a decir durante la pandemia– que sea mejor que la de hoy

Actualizada 04:30

Iraníes gritan consignas y ondean banderas iraníes durante una manifestación antiisraelí en Teherán, Irán

Iraníes gritan consignas y ondean banderas iraníes durante una manifestación antiisraelí en Teherán, IránEFE

Aunque era una noticia esperada, el ataque de Israel a la base aérea de Isfahán ha encabezado los titulares de los medios de comunicación de todo el mundo. Así expresado, suena apocalíptico. Pero ¿qué es lo que de verdad ha pasado?

Las palabras que usamos a menudo resultan imprecisas. No es lo mismo un bombardeo con armas nucleares que el ataque de tres drones cuadricópteros de pequeño tamaño, que es lo que, según Teherán, ha ocurrido en Isfahán. Y, sin embargo, puede expresarse igual.

Vamos a intentar arrojar algo de luz sobre lo ocurrido, aunque solo podamos especular a partir de lo que unos niegan, otros callan y los demás filtran.

Irán niega

Fuentes oficiales iraníes, incluidos algunos portavoces de las fuerzas armadas, niegan haber sido atacados por Israel. Es evidente que ha habido fuego antiaéreo en las proximidades de la base de Isfahán, pero según su peculiar interpretación, se trataba de repeler un ataque de drones de corto alcance, resultado de una «infiltración», y no de un ataque directo desde territorio israelí. La diferencia es crítica. Si aceptamos esta explicación de lo ocurrido, estamos en lo que en Oriente Medio es el pan nuestro de cada día: ataques de Irán a Israel a través de sus proxies, y respuesta, rara vez reconocida, orquestada por Tel Aviv dentro o fuera del territorio de su enemigo.

Conviene recordar que, como ha hecho Vladimir Putin con Ucrania, Irán ya culpó a Israel de estar detrás del reciente ataque terrorista del ISIS en Kermán, y que incluso un hecho tan sangriento no provocó ninguna respuesta militar. No importa si ahora es cierto y antes no, o si en las dos ocasiones era verdadero o falso porque, en el régimen de los ayatolás –como en el de Putin– no hay otra verdad que su palabra.

¿Por qué niega Irán? La respuesta parece clara: no quiere una escalada. Tampoco da la impresión de que tenga permiso de China o Rusia para cerrar el estrecho de Ormuz. A nadie le conviene una nueva crisis del petróleo. Teherán responderá al ataque, por supuesto. Pero lo hará a su manera, a través de sus proxies: los cohetes de Hezbolá y de las milicias sirias o iraquíes, los misiles de los hutíes y el terrorismo palestino.

Israel calla

Por el momento, Israel no ha dicho una palabra sobre el asunto. ¿Por qué calla? Porque, como Irán, también quiere desescalar sin perder la cara. Su Gobierno se esfuerza por mantener una ambigüedad calculada, quizá la única respuesta posible a las enormes presiones que sufre de su opinión pública, muy polarizada sobre este asunto, y de sus más cercanos aliados.

Además de dejar que sean otros los que hablen por él, el Gobierno israelí seguirá con su guerra en Gaza y defendiéndose de los proxies de Irán que actúan desde Siria, Irak y el Líbano. Como parte de esa estrategia de contención, golpeará a los miembros de la Guardia Revolucionaria Islámica –correa de transmisión entre Teherán y los grupos que atacan diariamente territorio israelí– donde pueda encontrarlos. Otra vez, el pan nuestro de cada día; pero queda advertido de que, si puede ser, es preferible que estos ataques tengan lugar fuera de las embajadas.

Washington filtra

Desde Estados Unidos se filtra abundante información sobre lo ocurrido. Sí, se trata de un ataque israelí. Sí, el presidente Joe Biden estaba informado. Sí, los objetivos eran limitados; aprobados quizá por la Casa Blanca, pero no compartidos. En concreto, se habla de un radar de vigilancia aérea próximo a Isfahán, que daba protección a las instalaciones de enriquecimiento de Uranio de Natanz, y que habría sido destruido. ¿Por qué se filtra todo esto? Porque, como Israel e Irán, Biden también quiere una desescalada y sabe que, para que eso ocurra, Tel Aviv y Teherán tienen que salvar el honor.

¿Qué hará ahora el presidente norteamericano? No tiene más opción que seguir intentando hacer equilibrios en la cuerda floja… mientras Donald Trump, su rival en las próximas elecciones, trata de usar la crisis para cortar esa cuerda y hacerle caer. Biden pedirá contención a Israel, pero le apoyará en cuanto necesite para defenderse. ¿No habíamos dicho ya que esto era el pan nuestro de cada día?

¿Vuelta a la normalidad?

¿Cabe pues dar por finalizada la crisis? La lógica nos dice que, como mínimo, estamos en el buen camino para que todo vuelva a la normalidad. Pero estaremos más seguros cuando sepamos si los proxies de Irán reanudan los ataques a las bases estadounidenses en la Siria e Irak, suspendidos después de la muerte de tres soldados norteamericanos en Jordania al finales de enero.

No cabe, sin embargo, soñar con una «nueva normalidad» –como nos acostumbramos a decir durante la pandemia– que sea mejor que la de hoy. La normalidad que, con un poco de suerte, volverá pronto a Oriente Medio será la de siempre: guerra soterrada entre Irán e Israel, guerra sangrienta en la franja de Gaza, guerra dialéctica en todas las capitales del mundo, incluida la nuestra.

¿Todas las capitales del mundo he dicho? No. No habrá diálogo alguno en Teherán, en Moscú o en Pekín. Y eso es algo que todos debiéramos recordar a la hora de decidir de qué lado debemos estar.

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