El asentamiento de Barentsburg, en el archipiélago de Svalbard (Noruega)
La isla ártica que no es Groenlandia y sí está conquistada por Rusia y China
La defensa y seguridad del Ártico han sido unas de las grandes obsesiones del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, desde su primer mandato. No es algo nuevo de esta Administración; sin embargo, su presión, tanto diplomática como casi militar, por hacerse con Groenlandia en esta ocasión sí ha hecho saltar todas las alarmas dentro de la OTAN. Finalmente, las ambiciones de Trump con respecto a esta isla, bajo soberanía del Reino de Dinamarca, se han aplacado con un acuerdo –poco definido– de mayor cooperación, tanto económica como militar, con Copenhague y el resto de los aliados de la Alianza Atlántica para hacer frente a la presencia de Rusia y China en esta parte del globo.
Pero, a diferencia de la escasa y prácticamente nula presencia de Moscú y Pekín en Groenlandia, sí existe una isla, concretamente un archipiélago, donde el Kremlin mantiene una importante influencia y está estrechando su cooperación con el régimen comunista chino. Se trata del archipiélago de Svalbard, ubicado en el océano Ártico y perteneciente a Noruega, donde la presencia rusa se retrotrae hasta los años 30 del pasado siglo. En el asentamiento ruso de Barentsburg –el segundo más grande de Svalbard– se vive como si fuera un territorio más de la Federación Rusa. Los salarios se pagan en rublos, los teléfonos móviles están equipados con tarjetas SIM rusas y las televisiones retransmiten los canales gubernamentales rusos.
Barentsburg, a unos 1.280 kilómetros del Polo Norte, ha sido tradicionalmente un poblado minero cuyos habitantes trabajan para la empresa estatal rusa Arktikugol. Esta compañía, dedicada exclusivamente a la minería de carbón, es dueña de prácticamente todo en este territorio, desde el colegio hasta el turismo. Cuenta incluso con una representación diplomática rusa, cuyo cónsul general, Andrei Chemerilo, ha sido acusado por los medios nórdicos de ser un espía a las órdenes del Kremlin. A pesar de que este asentamiento forma parte del archipiélago ártico de Svalbard, a raíz de un tratado de 1920 que le concedió la soberanía a Noruega, también se permitió la presencia de otros países como Rusia, China o Estados Unidos, pero con una condición: que se abstuvieran de utilizar el territorio con fines militares.
Así, desde la invasión rusa de Ucrania y como consecuencia de las sanciones occidentales, sectores como la minería o el turismo se han visto gravemente afectados. Además, la guerra en el Viejo Continente y el renovado interés de Trump por el Ártico han avivado el temor a que la larga sombra del Kremlin aceche al archipiélago noruego. En caso de conflicto directo entre Estados Unidos y Rusia, Svalbard se encuentra en la ruta más corta para los misiles rusos dirigidos contra su enemigo, además de contar con recursos naturales que Oslo ha protegido cuidadosamente durante décadas. Asimismo, desde hace tiempo, tanto Estados Unidos como Noruega denuncian que la instalación científica china en Svalbard está siendo utilizada con fines militares, concretamente para labores de inteligencia, comunicaciones y monitoreo de satélites.
El gigante asiático se define a sí mismo como un «Estado casi ártico» y ya en 2018 se marcó como uno de sus objetivos aumentar su presencia en el Ártico y crear la «Ruta de la Seda Polar», mediante el desarrollo de rutas marítimas en la zona. En 2004, 14 años antes de esa declaración pública, Pekín inauguró su primera estación permanente de investigación en esta región, precisamente en el archipiélago noruego de Svalbard. Por su parte, Rusia ya ha empezado a mostrar sus verdaderas intenciones, comenzando por cuestionar la soberanía noruega sobre este conjunto de islas. «Necesitamos urgentemente Spitsbergen –la mayor de las islas del archipiélago de Svalbard–», declaró el pasado año Andrei Gurulyov, un general ruso retirado convertido ahora en diputado de la Duma. Muchos analistas auguran que la próxima guerra se desatará por el control del Ártico.