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Miguel Henrique Otero
AnálisisMiguel Henrique OteroEl Debate en América

El patético derrumbe de la política anti Estados Unidos de la narcodictadura

Más que en ningún otro lugar del mundo, declararse antiimperialista ha sido en nuestro continente el modo de anunciarse como portador de una identidad política

Manifestantes sostienen banderas de Venezuela y Estados Unidos durante una marcha estudiantil para exigir la liberación de los presos políticos en el Día Nacional de la Juventud en Caracas, Venezuela

Manifestantes sostienen banderas de Venezuela y Estados Unidos durante una marcha estudiantil, en Caracas, VenezuelaNurPhoto via AFP

La historia de la política anti Estados Unidos (que algunos llaman el 'antinorteamericanismo') guarda, entre muchas otras, esta peculiaridad: comenzó a expresarse incluso en la década anterior a la fundación de la nación norteamericana el 4 de julio de 1776. Antes de que las llamadas colonias americanas (los habitantes organizados de las trece colonias de origen británico que vivían en la costa este) firmaran la Declaración de Independencia, previsiblemente, desde Inglaterra en primer lugar, pero también desde otros lugares de Europa, se produjeron advertencias sobre el peligro que podía representar un nuevo país en el que predominaba un talante contrario al modelo monárquico.

Es prudente recordar aquí que la política anti Estados Unidos, no solo en Iberoamérica sino en todo el planeta, no ha tenido un carácter circunstancial, sino que ha operado como una variable vertebradora: declararse como contrario a Estados Unidos, y los significados asociados a la nación estadounidense, se ha constituido en un modo de establecer una identidad política o ideológica, fundamentada en el rechazo, en la denuncia, en el deseo de diferenciarse, en la rivalidad o en los prejuicios hacia el país o hacia sus habitantes.

A lo largo de las décadas, se ha construido y reproducido una masa de complejos sobre quién es y cómo es 'el gringo'. Una de las versiones que explica el origen de la palabra 'gringo' sostiene que proviene de la guerra entre estadounidenses y mexicanos entre 1846 y 1848, pero esto es posterior a la aparición de la misma palabra en la Andalucía del siglo XVIII, como una deformación de la palabra 'griego', que era el modo de designar a las personas que hablaban en lengua extranjera.

La complejidad del fenómeno antiestadounidense no remite solo a las prácticas militares o intervencionistas de la política exterior de Estados Unidos, que han reaparecido a lo largo de casi dos siglos, sino también a que el imaginario de Estados Unidos se ha ido cargando de connotaciones que lo asocian al capitalismo más extremo, a las libertades en un sentido amplio, al judaísmo y a las teorías conspirativas que lo rodean, a la libertad de expresión y a la democracia que tantos enemigos tiene en el mundo, a la dominación cultural –imperialismo cultural le han denominado– que actuaría en detrimento de las identidades, especialmente en Hispanoamérica. El carácter patológico del odio hacia Estados Unidos se extendió de lo político hacia lo económico, lo social y lo cultural. En la historia del odio político, Estados Unidos ha sido blanco de dictadores, comunistas, autócratas de todo signo, izquierdistas, populistas y otros progresismos.

Cuando se habla de imperialismo, en su modalidad más despectiva, aunque sea una categoría universal, lo común es que la palabra traiga aparejada, de forma explícita o tácita, la referencia a Estados Unidos. En Hispanoamérica, el antiimperialismo ha tenido una larga, intensa y copiosa historia. Más que en ningún otro lugar del mundo, declararse antiimperialista ha sido en nuestro continente el modo de anunciarse como portador de una identidad política.

En Hispanoamérica, el antiimperialismo ha tenido una larga, intensa y copiosa historia

Con frecuencia se sostiene que el comienzo de la política anti Estados Unidos ocurrió entre 1895 y 1898. Se trataría de una consecuencia directa de la guerra entre Estados Unidos y España, que significó, tras la victoria estadounidense, que Cuba y Puerto Rico se convirtieran en territorios de ultramar del «coloso del norte» (expresión utilizada por el escritor nicaragüense Rubén Darío). Autores como José Martí, José Carlos Mariátegui y José Enrique Rodó, entre muchísimos otros, contribuyeron de forma duradera a definir las bases conceptuales del antiimperialismo como una política de resistencia y de defensa de la propia identidad.

Pero en la vertiente que aquí me interesa destacar, la del uso político de la postura anti Estados Unidos, la izquierda hispanoamericana ha acumulado un expediente enorme y cada vez más lamentable: una vez alcanzado el poder ha demolido el Estado de derecho y lo ha reemplazado por Estados corruptos y fallidos (Cuba, Nicaragua, Venezuela, el Chile de Salvador Allende, la Argentina de los Kirchner, etcétera); ha destruido la producción y empobrecido a sus ciudadanos; ha asesinado y violado los Derechos Humanos de cientos de miles de familias (de modo semejante a los crímenes cometidos por gorilas del tipo Videla, Stroessner o Pinochet); ha incorporado a sus prácticas de sometimiento de la población todas las armas disponibles, sin escrúpulo alguno: paramilitares, sicariato, terrorismo, crímenes selectivos, narcotráfico, extorsión y más.

La popularidad de la postura política y electoral que se presenta como irreconciliable con Estados Unidos (siempre me pregunto cuánto de envidia y del resentimiento que es moneda de cambio entre los fracasados), ha sido el motor que ha hecho posible que demagogos, incompetentes y ladrones de todo el continente, Hugo Chávez entre ellos, repitieran las fórmulas que señalan a Estados Unidos de ser el enemigo, el responsable histórico de los problemas económicos y sociales de los países.

La retórica anti Estados Unidos ha sido, desde antes de su triunfo electoral en diciembre de 1998, el eje del narco régimen de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, propagado en las arengas de Diosdado Cabello y Vladimir Padrino López, convertido en el santo y seña de las Fuerzas Armadas, palabrerío de uso cotidiano entre colectivos y otras bandas de delincuentes, excusa para repetir hasta la saciedad las cancioncillas baratas de Ali Primera, mediocre inspiración para rayar paredes y pintarrajear grafitis, fundamento para instaurar políticas de exclusión, clientelismo y corrupción generalizada.

La debacle del narco régimen –que no comenzó el 3 de enero, sino que venía gestándose desde hace más de cinco años–, y que se potenció con la captura del capo mayor, ha alcanzado ahora su más notable estatuto de quiebra, humillación, vergüenza y precariedad: el narco régimen, con la cola entre las piernas y balbuceando argumentos falaces recibe órdenes, sonríe, recita loas y lame las botas de los altos cargos civiles y militares del imperio estadounidenses. Les ofrece prebendas petroleras, alianzas que se prolongarán por décadas y, lo más descarado, actuar para combatir el narcotráfico, es decir, combatirse a ellos mismos.

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