El primer ministro británico, Keir Starmer
Starmer cumple un año en el poder hundido en las encuestas y en su mayor crisis política
Las lágrimas de la ministra de Economía, Rachel Reeves, en plena sesión del Parlamento, ya son la muestra visible de la crisis que asola al Gobierno laborista de Keir Starmer, justo cuando se cumple un año en el poder, con esa victoria incontestable, con mayoría absoluta, en las elecciones de 2024 que supuso la caída de los conservadores y la dimisión de Rishi Sunak. Parecía el inicio de una nueva era para los laboristas.
12 meses después, Starmer es considerado el primer ministro más impopular de la historia reciente del Reino Unido a estas alturas de mandato, mientras su partido va perdiendo terreno a pasos agigantados en las encuestas —los sondeos ya les colocan por detrás de Reform UK de Nigel Farage—. Starmer, que lleva meses caminando sobre la cuerda floja, ha visto como estos días la presión es más grande que nunca, especialmente después de que haya tenido que dar marcha atrás en su principal reforma social de cara a evitar una revuelta parlamentaria que habría supuesto una herida de muerte para el Ejecutivo.
Todo estalló a finales de mayo, cuando el Gobierno presentó su proyecto de reforma del sistema de prestaciones. La medida buscaba endurecer los criterios de elegibilidad para recibir ayudas por discapacidad y enfermedad de larga duración, en un intento por recortar más de 5.000 millones de libras anuales del gasto público. Downing Street lo vendió como un acto de «responsabilidad fiscal», imprescindible para mantener la estabilidad económica, pero la reacción, incluso dentro de sus propias filas, fue fulminante.
Más de un centenar de diputados laboristas firmaron cartas de protesta, se multiplicaron las dimisiones en comités parlamentarios, y la situación amenazó con llevarse por delante incluso al Gobierno. La presión fue tal que Starmer se vio obligado a dar marcha atrás. En una decisión poco común, el Gobierno anunció que posponía indefinidamente la reforma, lo que supone de facto su cancelación. Aunque evitó una derrota parlamentaria que habría comprometido seriamente su liderazgo, el episodio dejó muy tocada su credibilidad y su imagen de firmeza.
También la de Reeves, la ministra de Economía y considerada el cerebro económico del Gobierno, que este miércoles se echó a llorar en el Parlamento mientras Starmer no garantizaba su continuidad en el cargo, cuando le preguntó eso misma la líder conservadora Kemi Badenoch. A pesar de que después de las virales imágenes Starmer ha salido a decir que confía en Reeves, el daño ya está hecho y parece que algo se ha roto entre ambos.
El primer ministro del Reino Unido, Keir Starmer, en Downing Street, Londres
Pese a todo, esta no ha sido la única marcha atrás de Starmer en su primer año en el poder. En pocos meses, el Ejecutivo ya tuvo que dar marcha atrás en su política migratoria —donde Starmer prometió una solución «humana pero firme»—, o en su plan para la transición ecológica, que incluía un fondo público de inversión verde que fue recortado en más de la mitad en el presupuesto de primavera, tras presiones del ala fiscalista del Tesoro. En palabras de un exasesor de Downing Street, citado por The Guardian, «el Gobierno tiene miedo a gobernar. Gana tiempo, evita el conflicto, pero no lidera. Está obsesionado con los sondeos».
El único campo donde Starmer sí parece haber dado un paso al frente es en la política exterior. Ha cerrado un acuerdo comercial con Estados Unidos tras sufrir la amenaza de los aranceles de Trump, es una de las voces más importantes a la hora de reclamar una voz para Europa en las negociaciones sobre la guerra en Ucrania, y ha acercado las posturas con la Unión Europea, que estaban dañadas tras el Brexit. Además, el mes pasado cerró un acuerdo para que Gibraltar entre dentro del espacio Schengen.
Pese a todo, la estrategia de evitar errores parece no estar funcionando. Según las últimas encuestas de YouGov e Ipsos, Keir Starmer registra un índice de aprobación negativo de -35 puntos, el peor para un primer ministro en su primer año desde Margaret Thatcher en los años 80. En paralelo, Reform UK, el partido de Nigel Farage, ha empezado a cosechar cifras que hace un año parecían imposibles
Aunque el sistema electoral mayoritario aún dificulta su entrada masiva en el Parlamento, su presión ya se deja notar. El propio Starmer ha endurecido recientemente su discurso sobre inmigración irregular, en lo que muchos interpretan como un intento desesperado por contener la sangría de apoyos. Paradójicamente, Starmer sigue siendo visto dentro del partido como «el único que puede evitar el desastre». No hay una alternativa organizada, ni figuras con el suficiente peso interno para disputarle el liderazgo. La izquierda laborista, liderada por figuras como Zarah Sultana o Clive Lewis, sigue siendo minoritaria. Y las voces más críticas con su liderazgo —como Andy Burnham, alcalde de Mánchester— no están en Westminster.
Mientras tanto, Reino Unido se acerca poco a poco al abismo político. Según The Times, varios miembros del gabinete han comenzado a transmitir «preocupación seria» por la estrategia del Gobierno, especialmente de cara a los próximos presupuestos de otoño, donde se esperan nuevos ajustes. Starmer tiene aún tiempo —cuatro años más de legislatura, en teoría—, pero sabe que no se puede permitir muchos más pasos en falso.