La grave situación humanitaria de Gaza en medio de la necesaria guerra contra Hamás
Hamás inició la guerra que a conciencia ponía en peligro a sus propios civiles y ahora quiere controlar la distribución de la ayuda para beneficiar a sus propios combatientes y reforzar su control sobre Gaza
Acto de entrega del secuestrado israelí Or Levy a la Cruz Roja por parte de los terroristas de Hamás (archivo)
Hamás debe liberar a los rehenes para que esta guerra pueda terminar. Es la condición fundamental, como reconocieron los líderes militares de Israel hace más de un año. En segundo lugar, para que Gaza pueda tener un futuro libre de Hamás después de que termine la guerra, es necesario trazar un plan para un gobierno que no sea de Hamás.
Hamás inició una guerra a sabiendas de que hacía saltar por los aires cincuenta años de procesos de paz y de que acababa con un largo proceso de relaciones internacionales entre palestinos e israelíes. Hamás a conciencia ponía en peligro a sus propios civiles, y ahora amenaza a los proveedores y receptores de ayuda.
Egipto, Qatar y otros gobiernos con influencia deben presionar a Hamás y a las bandas para que liberen a los rehenes, depongan las armas y pongan fin a su comportamiento depredador, que está contribuyendo en gran medida a la hambruna masiva. Hamás es el mayor responsable de la situación humanitaria en Gaza.
Hamás inició esta guerra con los brutales ataques del 7 de octubre de 2023 contra civiles israelíes; dado que los combatientes de Hamás viven y luchan en zonas civiles y en túneles que discurren bajo ellas, Hamás provocó una respuesta israelí que puso en peligro a millones de personas.
Es cierto que la propaganda de Hamás funciona y su infiltración en la «izquierda woke» europea y mundial, todo este «gauchismo de postal», fruto en gran media de inversiones iraníes, norcoreanes y chinas es muy exitosa la izquierda occidental y a Hamás le está resultando uno de los pocos balones de oxígeno que le quedan, por no decir el más importante.
Dada esta situación el GHF (Fundación Humanitaria de Gaza), una nueva ONG con sede en Estados Unidos y Suiza, respaldada por Israel y Estados Unidos que se creó para operar en una Gaza de posguerra y en la que las fuerzas internacionales mantendrían la seguridad y la gobernanza y que correría a cargo de una administración de transición con participación palestina e internacional. Con esta organización la ayuda se distribuiría directamente a la población civil en zonas seguras. Por eso ONU, GHF y otros proveedores de ayuda deben coordinarse entre sí y, necesariamente, con las FDI (Fuerzas de Defensa Israelíes).
Esto significa llevar y distribuir la ayuda a toda la población necesitada en toda Gaza, por todos los medios disponibles al margen de Hamás.
Las casi 20.000 toneladas de ayuda alimentaria mensual que llegaron entre marzo y julio representaban aproximadamente un tercio de lo que el Programa Mundial de Alimentos consideraba necesario. Las escenas de hambre aguda y posible inanición que han surgido de Gaza en las últimas semanas revelan un deterioro aterrador. Pero no perdamos de vista que es Hamás quien controla el territorio. Por eso la ONU debe aceptar la seguridad que le proporcionen las FDI, el GHF o sus propios contratistas. En lugar de intentar marginar al GHF, la ONU debería colaborar con él o, como mínimo, en paralelo.
Actualmente la fragmentación y las disputas institucionales no ayudarán a mejorar la situación. Aliviar el agudo sufrimiento de los habitantes de Gaza debe ser lo primario, incluso si eso significa trabajar con o junto a actores con los que no se está de acuerdo y en condiciones que no se controlan totalmente y que no se elegirían.
Es evidente que Hamás quiere, desde el primer momento, controlar la distribución de la ayuda para beneficiar a sus propios combatientes y reforzar su control sobre Gaza. Al principio, Israel lo toleró e incluso se abstuvo durante un tiempo de atacar a los agentes de policía de Hamás que, en sus coches azules, acompañaban a los convoyes para impedir que bandas tribales violentas y elementos criminales interfirieran en la distribución de la ayuda. Sin embargo, Israel acabó considerando que esto permitía a Hamás reforzar su control sobre el gobierno, y en enero de 2024 las FDI comenzaron a atacar los coches azules. Con Hamás marginado durante el proceso de entrega, las bandas criminales y los saqueadores salieron con toda su fuerza.
Para ser claros, Hamás encontró formas de gravar, extorsionar y, en cierta medida, desviar la ayuda, incluida la asistencia de Egipto gestionada por la Sociedad de la Medialuna Roja Palestina.
Desde el 20 de enero de 2025, las FDI y la ONU compartieron pruebas con la administración norteamericana de que Hamás estaba desviando físicamente los bienes financiados por Estados Unidos y proporcionados por el Programa Mundial de Alimentos o por organizaciones no gubernamentales internacionales. Con todo no había pruebas de que Hamás hubiera desviado de manera sustancial ninguna ayuda importante financiada por la ONU o por organizaciones no gubernamentales (ONG).
El robo y el desvío de la ayuda de la ONU fue principalmente obra de bandas criminales, y la administración Trump colaboró con Israel y la ONU para tomar medidas que mitigaran los riesgos.
La solución de Israel fue recurrir a contratistas privados para proteger los convoyes, hasta que más tarde llegó a la conclusión de que los contratistas estaban ayudando a las bandas y a Hamás. En ese momento, mantener el orden en los desplazamientos y la distribución dentro de Gaza se hizo aún más difícil.
La ayuda humanitaria —no solo alimentos, sino también agua, refugio y atención médica que satisfaga las necesidades de todos los habitantes de Gaza— puede y debe volver a la normalidad.