El primer ministro francés, Sébastien Lecornu, anunciando su dimisión
Las razones detrás de la dimisión de Lecornu y la enésima crisis política en Francia
«Las condiciones ya no estaban dadas», ha afirmado Sébastien Lecornu justificando su decisión de dimitir de sus funciones como primer ministro de Francia. Sea como fuere, su renuncia sume al país galo en su enésima crisis política, menos de un mes después de que el anterior inquilino de Matignon, François Bayrou, cayese vía moción de confianza cuando intentó sacar adelante los presupuestos.
Su (breve) mandado ha sido uno de récords. Nunca ningún primer ministro había tardado tanto en formar Gobierno como Lecornu, que dejó pasar 26 días desde su nombramiento, el pasado 9 de septiembre, hasta que nombró a los miembros de su gabinete, ayer por la tarde. Horas después, presentó su dimisión, convirtiéndose, por tanto, en el jefe del Ejecutivo más breve de la V República –un récord que no le ha durado ni un año a Michel Barnier, que cayó el pasado mes de diciembre– y también el más breve en más de un siglo. Hay que remontarse a 1924, cuando Fréderic François-Marsal apenas duró un par de días, para encontrar un precedente similar.
Más allá de este reguero de récords de dudoso prestigio, la dimisión de Lecornu ha sido inesperado por el cuándo pero no tanto por el qué. El primer ministro, en su discurso de bienvenida, el pasado 10 de septiembre, prometió romper con el pasado tanto en el fondo como en las formas, pero, sin embargo, la gran mayoría de ministros que nombró ayer repetían en los cargos que ya tenían en el Gobierno de Bayrou.
Durante las casi cuatro semanas que ha durado su mandato, Lecornu se esforzó en recibir a todos los líderes de la oposición para intentar ganarse su favor, pero no lo logró con ninguno. Tanto la extrema izquierda, representada en La Francia Insumisa de Jéan-Luc Melenchon, como la derecha del Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen ya anunciaron desde su nombramiento que no le apoyarían –la izquierda empuja por hacer caer a Macron para que Melenchon llegue al Elíseo, mientras la derecha quiere elecciones legislativas mientras dura la inhabilitación a Le Pen–, pero la puntilla para Lecornu llegó el pasado viernes, cuando los socialistas también le dieron la espalda.
Este grupo parlamentario, que se desmarcó de la coalición de izquierdas del Nuevo Frente Popular a principios de año, incluso soñó con la posibilidad de tocar poder cuando Macron sopesó nombrar primer ministro a su líder, Olivier Faure, tras la caída de Bayrou. No lo hizo y el elegido, Lecornu, a pesar de suprimir algunas de las medidas más impopulares de Bayrou —como su intención de eliminar dos días festivos–, tampoco ha logrado contentarles. Sin el apoyo de ningún otro partido, Lecornu sabía que estaba condenado a caer en cuanto se reanudasen las sesiones parlamentarias.
Una efigie del presidente francés Emmanuel Macron durante las protestas en Francia
Sin amigos en el hemiciclo ni tampoco de las calles, donde en estos últimos días se han convocado hasta tres jornadas masivas de huelga y bloqueo, el primer ministro se encontraba solo en su trono. Una encuesta realizada la semana pasada por el instituto demoscópico Odexa cifraba en un 32 % el apoyo que tenía Lecornu entre la población, una cifra especialmente baja considerando que ni siquiera había tenido la posibilidad de gobernar.
Más allá de los problemas externos, Lecornu también se había encontrado obstáculos dentro de sus propias filas. El ministro del Interior, Bruno Retailleau, ha participado este lunes en una entrevista con el canal TF1 criticando que el primer ministro «le había ocultado» el nombramiento de Bruno Le Maire como titular de Defensa, vieja cara del macronismo y uno de los pocos cambios que se atrevió a hacer. «La composición del Gobierno no refleja la ruptura prometida», advirtió ayer Retailleau.
La caída de Lecornu es la última derivada del error de cálculo que cometió Emmanuel Macron el pasado verano, cuando convocó elecciones legislativas tras sus malos resultados y el auge de Le Pen en las europeas. El resultado fue una Asamblea Nacional fragmentada que ha hecho casi imposible la tarea de gobernar. Macron, sin hacer caso a las calles, ha insistido en que un político de su cuerda –sea Barnier, Bayrou o Lecornu– podría amainar el temporal. Ninguno lo logró. La duda ahora es si el presidente insistirá con un cuarto político fiel a sus ideas, cederá terreno y nombrará a un representante de la izquierda, o convocará elecciones legislativas. Mientras tanto, Francia sigue agonizando.