Indignación selectiva
Las imágenes de Sudán y de Nigeria son tan dolorosas como las vistas en los ataques del 7 de octubre de 2023 o las que emanan de la lucha contra Hamás, donde los terroristas usan de escudos a la población civil. A favor de aquellas dos naciones africanas no se generan afiches, banderas, cantos y protestas que activen la empatía global, más allá de los llamados de la ONU
Vivimos en una época de manipulaciones algorítmicas y de causas fugaces detonadas por la viralidad de los contenidos y de propagandas promovidas por intereses ocultos y de discursos de indignación que se nutren de símbolos, de imágenes y de cánticos repetidos con rabia fanática, muchas veces sin contexto y buscando como tierra fértil, los espacios universitarios.
No hay duda de que en ocasiones reiteradas estas expresiones alcanzan justificaciones y argumentaciones válidas, sobre todo cuando se trata de situaciones indignantes en medio de escenarios de violencia capaces de estremecer el alma y la conciencia.
En el mundo fue evidente cómo luego de los hechos dantescos del 7 de octubre de 2023, se generó primero un sentimiento de dolor, de repudio y de indignación frente a las atrocidades de Hamás; pero luego de pocos días y ante la respuesta existencial de Israel, se activó un aparato comunicacional y propagandístico que arrastró a miles de personas a un discurso antisemita y anti Israel, que capturó espacios universitarios del mundo entero y que incluso contó con pirómanos oportunistas en el espectro político que nunca condenaron a Hamás y que por el contrario, justificaron sus ataques con graves manipulaciones y omisiones de contexto histórico.
De manera que se consolidaron bandos encabezados por esa especie de capataces morales que arrean a muchos seguidores como si fueran barras bravas convirtiendo a los agredidos en victimarios y a los perpetradores y determinadores, en productos de la desesperación histórica.
Por supuesto, lo lógico será siempre el rechazo de la violencia y del terrorismo y buscar, por el contrario, un escenario de convivencia entre pueblos que reclaman paz y que para lograrlo requieren la exclusión de los criminales irracionales que conspiran como si fueran mercenarios contra la existencia de dos Estados.
Se activaron entonces los conteos de muertos, los sesgos, los prejuicios y el sentimiento de indignación. Se desenfundaron los términos de limpieza étnica, genocidio y aniquilación para solidificar argumentos, aun sin entender que Hamás ha sido el victimario principal de miles de palestinos sometidos a su intimidación asesina o que terminan siendo asesinados sin rubor alguno ni reproches.
Por supuesto, las imágenes y los vídeos de violencia siempre detonan y deberían detonar indignación, por lo que las acciones desproporcionadas deberían generar llamados de atención. Pero lo curioso es que esa indignación resulta selectiva frente a los reclutamientos de menores por parte de Hamás, al igual que su represión y la promoción sin tregua y jurada de odio y de anti-semitismo sembrados en los niños habitantes de la Franja de Gaza.
Sorprende, ¡cómo omitirlo!, la indignación nacida en esta dolorosa guerra; propagada en tantas universidades y en el discurso de populistas y oportunistas, pero no se miden con igual rasero otros hechos y otras circunstancias tan o más dolorosas en curso, en otros lugares del mundo.
La Guerra de Ucrania, que se acerca a su cuarto año, ha causado más de 400 mil muertos y más de un millón de heridos, y destierra a poblaciones.
Pero que llamativo –y lamentable–, esta maldita guerra indigna a unos pocos activistas, a diferencia de los vistos en las mismas universidades que detonaron grandes movilizaciones y que curiosamente, muchos de los políticos oportunistas arropados en banderas palestinas y con un megáfono, guardan un silencio cobarde para denunciar a Putin por sus atrocidades. Ellos nunca se han arropado en la bandera del pueblo ucraniano que lucha ferozmente por mantener su Democracia e integridad territorial. Nada se habla o se dice del apetito de Putin de desmembrar naciones vecinas o de emplear minas antipersonales sofisticadas que dejan a diario miles de amputados.
Pareciera más bien que esa guerra forma parte del paisaje, cuando representa desde todo punto de vista, el asunto existencial de Europa y de las democracias occidentales.
Otro caso que no deja de sorprender tiene que ver con Sudán. Desde abril de 2023 los enfrentamientos entre las Fuerzas Armadas Sudanesas y las Fuerzas de Apoyo Rápido arrojan cifras tan dolorosas como contundentes: unos 50 mil muertos, más de 11 millones de desplazados y cerca de treinta millones de personas demandando ayuda humanitaria.
Pese a los vídeos que circulan a diario en las redes y la degradación del salvajismo que desprecia la vida, pocos mensajes de indignación se aprecian en el mundo con la resonancia suficiente; al igual que se escuchan escasas voces de líderes empáticos frente esta tragedia sudanesa, con su conteo cotidiano de muertos como producto de una violencia sistemática.
Por supuesto, en cuanto a dolor humano, lo de Nigeria tampoco puede quedarse por fuera. Los desplazados en el noreste de este país rebasan los 2 millones, en tanto que un aproximado de 5 millones de niños nigerianos requieren con pánico y angustia la llegada de ayuda humanitaria. Diariamente se ven imágenes de agresiones sangrientas por causas religiosas y la indignación global pareciera, salvo contadas excepciones, algo inexistente.
¿Qué hace que se vean esas diferencias en las reacciones de indignación que deberían causar situaciones similares? No hay duda de que la ideología, la propaganda, la manipulación circunstancial son explicaciones válidas, pero también hay una notoria hipocresía. Ucrania fue agredida y ha sido feroz su respuesta existencial, pero nadie se indigna con Ucrania, bajo el entendido de que si su respuesta no está a la altura del agresor, sería desmembrada gradualmente hasta desaparecer frente a los planes expansionistas de Putin.
Y mientras las imágenes de Sudán y de Nigeria son tan dolorosas como las vistas en los ataques del 7 de octubre de 2023 o las que emanan de la lucha contra Hamás, en que los terroristas usan de escudos a la población civil; a favor de aquellas dos naciones africanas no se generan afiches, banderas, cantos y protestas que activen la empatía global, más allá de los llamados de la ONU.
Bienvenido que tengamos sensibilidad frente a la violencia y la condenemos, pero no caigamos en actuaciones hipócritamente selectivas. Porque se aplauden las operaciones contra el terrorismo que acabaron contra Osama Bin Laden, pero se indignan cuando estas acciones apuntan a los cómplices del Cartel de los Soles. Porque se entiende la reacción existencial de Ucrania y se condena la de Israel. Porque se diferencia el trato dado a los asesinos de Hamás frente a los que llenan de sangre a Nigeria y a Sudán. Y porque los líderes que tanto han atacado al gobierno Democrático de Israel posan con romanticismo frente a las Dictaduras de Cuba, Venezuela y Nicaragua.
Ser verdaderos seres humanos nos obliga a buscar el humanismo en nuestras acciones. Es decir, defender la vida en todos los lugares, promover la paz en todos los lugares, cuestionar comportamientos inhumanos en todos los espacios, contextualizar los hechos en todos los lugares y defender los mismos principios y valores en todos los lugares. La indignación selectiva es una burda expresión de hipocresía y de relativismo moral que debilita nuestra condición humana, y por esa razón amerita su derrota en el mundo de las ideas, empezando por enaltecer la coherencia en las universidades que se tornaron intimidadas por el miedo al debate real y plural prefiriendo la imposición de esta hipocresía, antes de su confrontación.
Actuar con coherencia y congruencia, y sin relativismo moral, frente a cualquier forma de violencia es el primer paso para derrotar el dogmatismo que nos amenaza cuando la indignación selectiva se toma la conciencia de la sociedad.
- Iván Duque es expresidente de Colombia, entre 2018 y 2022