El Parlamento de Nepal, en llamas, en medio de las protestas de la generación Z
De Asia a América, la generación Z se rebela contra las élites corruptas pero en Europa siguen dormidos
Las generaciones más jóvenes, aquellas que se creían perdidas por estar sumidas en un mundo digital paralelo ajeno al real, han sorprendido al mundo alzando su voz como nunca, desde Madagascar, pasando por Marruecos, hasta Perú. Una ola de descontento ha inundado a la bautizada como generación Z –aquellos nacidos entre 1997 y 2012– y ha sacudido los gobiernos y la estabilidad de varios países de diferentes puntos del globo. A pesar de que miles de kilómetros separan a estos jóvenes, a todos les une el hartazgo ante una élite gobernante corrupta y el desasosiego por un futuro incierto y sin oportunidades.
Las redes sociales y una particular bandera pirata de una calavera con un sombrero de paja, del anime japonés One Piece, se han convertido en los dos elementos esenciales de todas las protestas que se han vivido en diferentes puntos del planeta estos últimos meses. Los primeros en echarse a las calles y abrir la veda fueron los jóvenes de Indonesia. El pasado mes de agosto, miles de universitarios se manifestaron en la capital, Yakarta, frente al Parlamento para protestar contra la mala situación económica que sufre el país y que afecta especialmente a los más jóvenes. Sin embargo, la gota que colmó el vaso de la paciencia de los indonesios fue la iniciativa política de aumentar las ayudas para la vivienda de los parlamentarios.
Los jóvenes se rebelaron entonces contra lo que consideraron un nuevo beneficio solo para los políticos y pidieron la revocación de estos subsidios. Asimismo, exigieron que se aprobara una nueva legislación que permitiera la confiscación de bienes a todos aquellos legisladores que habían sido acusados de corrupción. Las protestas, que empezaron siendo pacíficas, se recrudecieron tras la muerte de un repartidor de comida de tan solo 21 años, que fue arrollado por la Policía Nacional de Indonesia en plenas cargas policiales para dispersar a los manifestantes. El vídeo del atropello, que se propagó como la pólvora a través de redes sociales como TikTok, acabó por incendiar la ya de por sí tensa situación del país del sudeste asiático.
El Gobierno indonesio, liderado por Prabowo Subianto, cedió ante la presión y prometió revocar los privilegios a los legisladores, pero a su vez también incrementó la represión policial. Días después, le tocó el turno a Nepal, donde la llama prendió cuando, a principios del pasado mes de septiembre, las autoridades nepalíes decidieron prohibir el acceso a las principales redes sociales y plataformas de mensajería móvil, como WhatsApp, Facebook, X, Instagram, TikTok o YouTube. La estrategia era evitar que los jóvenes se organizaran y comunicaran a través de estas aplicaciones, donde ya empezaban a mostrar su ira contra los conocidos como nepo-babies –hijos de los políticos del país que presumen en redes sociales de sus vidas de lujo– en un país donde el sueldo medio anual no supera los 1.000 euros.
Las protestas, que se tornaron violentas, en las que murieron unas 72 personas y los manifestantes llegaron incluso a incendiar el Parlamento nepalí, lograron deponer al primer ministro comunista, Khadga Prasad Oli, al que acusaban de corrupción y culpaban de la mala situación del país. La generación Z logró, a través de las mismas redes sociales que les habían vetado, organizarse, presentar una lista de exigencias y hasta votar para proponer a un nuevo primer ministro: la expresidenta del Tribunal Supremo Sushila Karki. Este estallido de descontento provocó un inesperado efecto dominó que se propagó por gran parte de Asia, llegando también a Filipinas o Timor Oriental, pero que también viajó hasta otros continentes como América, donde los jóvenes de Perú, Bolivia o Paraguay se enfrentaron a las élites gobernantes de sus respectivos países.
Jovénes participan en una marcha convocada por la denominada generación Z este sábado, en Lima
África ha sido el último continente en engrosar la lista, con protestas en Marruecos y Madagascar. «Queremos que se escuchen nuestras voces. Durante demasiado tiempo se ha ignorado a la juventud, a pesar de que representamos el futuro de esta nación», exige Robert, malgache de 20 años–nombre ficticio por motivos de seguridad–, según un testimonio recogido por Amnistía Internacional (AI). Este joven denuncia que «al protestar, arriesgamos nuestras vidas. Las fuerzas del orden suelen usar fuerza ilegal contra los manifestantes. Además, corremos el peligro constante de ser arrestados simplemente por expresarnos o compartir información».
Una situación que comparten todos aquellos de la generación Z que en los últimos meses han salido a defender sus derechos tanto en Madagascar como en Marruecos y en Perú. «En mi país atravesamos una crisis de legitimidad y confianza en las instituciones y las autoridades, por lo que protestamos cada semana y sufrimos la represión policial. Cuando salimos a las calles, nos enfrentamos a diversas fuerzas políticas y económicas que no nos quieren allí», cuenta Paola, de 26 años, quien ha participado en las manifestaciones en Perú. Esta ola de descontento entre los jóvenes no entiende de fronteras, ni de idiomas ni de culturas. Por ahora, la generación Z ha despertado en América, Asia y África. El continente europeo, por ahora, parece mantenerse al margen de este movimiento social global.