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Un hombre camina junto a una pira en las calles de Nepal

Un hombre camina junto a una pira en las calles de NepalAFP

¿Una primavera asiática? Nepal es el último de varios países donde la población derroca al Gobierno

Varios países de Asia han visto en los últimos meses como la población se levanta contra lo que consideran «gobiernos corruptos»

Hace poco más de una década, la llamada Primavera Árabe sacudió el norte de África y Oriente Medio. Millones de ciudadanos, en su mayoría jóvenes, se levantaron contra dictaduras enquistadas, reclamaron dignidad, trabajo y democracia, y derrocaron a gobiernos que parecían inamovibles. Aquella ola de protestas fue desigual en sus resultados —algunas transiciones desembocaron en democracias frágiles, otras en guerras civiles y autoritarismos renovados—, pero mostró que una generación conectada, formada y cansada de la corrupción podía convertirse en el motor de una transformación política.

Quince años después, las imágenes que llegan desde Katmandú, Yakarta, Daca o Colombo despiertan ecos de aquella época. En Nepal, la presión en las calles ha obligado esta semana al primer ministro K.P. Sharma Oli a dimitir tras una oleada de protestas encabezadas por jóvenes que comenzaron en rechazo al bloqueo de las principales redes sociales, pero que pronto derivaron en un movimiento contra la corrupción y el nepotismo de la élite política. En cuestión de días, el país ha pasado de un cierre digital impuesto desde el poder a la caída de un jefe de Gobierno, en un estallido que ha dejado al menos 19 muertos y que ha puesto al Ejército en el centro de la transición.

El fenómeno no se limita a Nepal. En los últimos dos años, varios países asiáticos han vivido episodios similares. En Indonesia, los estudiantes llevan semanas ocupando las calles de Yakarta contra los privilegios de la clase política, con salarios de diputados que superan en decenas de veces lo que gana un trabajador medio. La tensión estalló tras la muerte de un repartidor de la plataforma GoJek atropellado por un vehículo policial durante las protestas, y desde entonces el presidente Prabowo Subianto ha tenido que dar marcha atrás en algunos beneficios para los parlamentarios e incluso remodelar su gobierno.

En Bangladés, la llamada «generación del hartazgo» consiguió en 2024 lo que parecía imposible: acabar con los quince años en el poder de Sheikh Hasina, después de una revuelta estudiantil contra un sistema de cuotas laborales que favorecía a las élites y dejaba sin oportunidades a los jóvenes titulados. La violencia dejó más de 1.400 muertos, según la ONU, y obligó a Hasina a exiliarse. En medio del caos, emergieron figuras inesperadas, como el Nobel de la Paz Muhammad Yunus, llamado a liderar un gobierno interino.

Tampoco Sri Lanka ha quedado al margen. La crisis económica de 2022, con una inflación desbocada y desabastecimiento de bienes básicos, se convirtió en un movimiento transversal en el que estudiantes, trabajadores y familias ocuparon edificios oficiales y llegaron a tomar la residencia presidencial en Colombo. Aquel episodio terminó con la huida de Gotabaya Rajapaksa, un presidente que parecía intocable, y abrió un precedente para el resto del continente.

Nepal

Manifestaciones en NepalDPA vía Europa Press

Filipinas también ha visto cómo las universidades se convertían en semilleros de protesta. Más de 2.000 estudiantes se manifestaron la semana pasada en Manila contra la corrupción vinculada a proyectos millonarios de infraestructuras que nunca llegaron a materializarse. Aunque las autoridades desplegaron 2.500 policías para contener el malestar, el eco de lo ocurrido en Nepal y en otros países de la región está muy presente.

Lo que une a todos estos episodios es la fuerza de una juventud —la llamada Generación Z— que se rebela contra sistemas políticos percibidos como caducos y marcados por la desigualdad. Jóvenes más educados y conectados que nunca, pero que se enfrentan a la paradoja de tener que emigrar para prosperar, ven en las redes sociales no solo un espacio de comunicación, sino un arma para denunciar y organizarse. De hecho, el detonante de la crisis en Nepal fue precisamente el intento del Gobierno de restringir esas plataformas, lo que desató una tormenta que terminó arrastrando al primer ministro.

Nepal, Indonesia, Bangladés, Sri Lanka o Filipinas son hoy el epicentro de un pulso generacional. Para algunos analistas, la cadena de acontecimientos no puede entenderse solo como episodios aislados de protesta, sino como los primeros compases de un ciclo que podría transformar la política de la región. Lo que está en juego es la posibilidad de que una nueva generación se abra paso en sistemas que hasta ahora le habían cerrado las puertas.

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