El presidente de China, Xi Jinping
La incógnita que persigue a Xi Jinping: cuándo se irá y quién gobernará China después
Xi Jinping lleva 13 años al frente de China y, en ese tiempo, ha acumulado un poder sin precedentes desde Mao Zedong. A diferencia de sus predecesores, no ha dado señales de retirada ni ha designado heredero alguno. De hecho, en 2018 abolió el límite de dos mandatos presidenciales, allanando el camino para perpetuarse ad infinitum como jefe del Partido Comunista, del Estado y del Ejército chino.
Sin embargo, y a pesar de sus deseos de vida eterna, Xi Jinping no vivirá para siempre y el gigante asiático afronta el problema de saber qué ocurrirá con su sucesión. El mandatario, que en 2027 afrontará –previsiblemente– el inicio de su cuarto mandato –el cual terminaría con 80 años–, sabe que el reloj político también corre para él.
Además, el problema de la sucesión en el Partido Comunista chino no se ha limitado únicamente al actual presidente del país, sino que su propio padre fue purgado por Mao, y él testigo directo de cómo las divisiones en la cúpula durante las protestas de 1989 acabaron con Zhao Ziyang y obligaron a Deng Xiaoping a imponer a Jiang Zemin como heredero.
Esa vivencia personal explica parte de la obsesión de Xi, que, con anterioridad, ya ha repetido en varias ocasiones que la Unión Soviética cometió un «error fatal» al permitir la llegada de un reformista como Mijaíl Gorbachov, lo que a la postre conllevaría su desintegración. La lealtad es una condición irrenunciable para cualquiera que aspire a suceder a Xi, de ahí se explica también su reciente purga contra altos mandos del Ejército y del Partido.
Desde su llegada a la cúspide del poder, el mandatario chino se ha aprovechado de un paraguas de campaña anticorrupción para purgar el tablero político y eliminar facciones rivales, especialmente aquellas vinculadas al exlíder Zemin. Por si fuera poco, también ha acabado con el modelo de liderazgo colectivo de la era post-Deng, según el cual el presidente compartía el poder con un primer ministro fuerte.
Jiang Zemin fue el presidente chino entre 1993 y 2003
Como resultado, el actual Comité Permanente del Politburó, la cúspide del poder chino, está formado por aliados veteranos, la mayoría mayores de 60 años y sin perfil claro de herederos. El propio Xi tenía 54 años cuando entró en ese órgano en el 2007.
Si el presidente se retirara de forma repentina por un problema de salud –algo que dejó de ser una posibilidad abstracta tras la muerte inesperada del exprimer ministro Li Keqiang en 2023–, el sistema se pondría a prueba con su sucesión. En ese escenario aparecen figuras clave como Cai Qi, jefe de gabinete de Xi, o Zhang Youxia, número dos de la Comisión Militar Central. Cualquiera de ellos, de todos modos, necesitaría el respaldo tanto de la cúpula militar como del Comité Central.
Ottros analistas, en cambio, apuntan a que el sucesor de Xi debería ser alguien perteneciente a una generación más joven, centrándose en aquellas personas que han protagonizado ascensos repentinos en áreas como tecnología o defensa. En ese sentido destacan Yin Li, jefe del partido en Pekín, o Chen Wenqing, responsable del aparato judicial.
Sea como fuere, es sabido que Xi desconfía de todos aquellos que no hayan sido «probados» en situaciones límite y teme que defectos aparentemente menores se conviertan en amenazas existenciales en caso de crisis. A medida que el presidente envejece y se distancia generacionalmente de sus posibles sucesores, esa desconfianza se acentúa.
De todos modos, esto no deja de pertenecer al terreno de las hipótesis. Por ahora, la narrativa oficial es que Xi seguirá en el poder y China, que en los últimos meses ha protagonizado un grave aumento de las relaciones diplomáticas con Japón, intenta hacer equilibrios para no descontentar a Donald Trump. Mientras tanto, China, como cualquier otro país que sufre períodos de poder absoluto, se enfrenta al peligroso vacío del día después. Eso es el futuro; el presente es que queda presidente para rato.