Familiares de presos que esperan la liberación de sus seres queridos de la prisión El Rodeo I en Guatire, Caracas
Caracas, una semana después de la extracción de Maduro: calles vacías, temor, autocensura y una normalidad impostada
Los testimonios de los caraqueños hablan de calles prácticamente desiertas, vecinos que apenas salen de sus casas y que, cuando alguien baja a hacer la compra, lo hace también por prácticamente todo el edificio
Una semana después de la conmoción por los bombardeos que precedieron a la extracción de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores por parte de comandos de Estados Unidos, en las calles de la capital de Venezuela reina una tensa calma. La parálisis y las compras apresuradas de los primeros días tras el asalto han dejado paso al silencio y la autocensura de la población ante el temor de la súbita irrupción de piqueteros, conocidos coloquialmente como «colectivos», así como otros individuos armados y miembros de los órganos de seguridad estatales y no estatales. Así lo han relatado a El Debate residentes en Caracas, muchos de los cuales prefieren no revelar su identidad por motivos de seguridad, conscientes de que el silencio es la mejor opción en un clima de incertidumbre total.
Entretanto, la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, y su Ejecutivo madurista se afanan en presentar una normalidad impostada que contrasta con medidas inéditas en mucho tiempo, como la liberación de «un número importante de personas», eufemismo empleado por el jefe del Parlamento venezolano, el hermanísimo Jorge Rodríguez, para referirse a los numerosos presos políticos que han visto la luz por el régimen, entre ellos cinco españoles. Todo ello ocurre bajo la atenta mirada de la Administración Trump, que mantiene canales de comunicación con miembros del régimen en este período transicional, evaluando y supervisando sus movimientos políticos.
Calles vacías y temor ciudadano
Los testimonios de los caraqueños hablan de calles prácticamente vacías, vecinos que apenas salen de sus casas y que, cuando alguien baja a hacer la compra, lo hace también por prácticamente todo el edificio. Apenas se escuchan vehículos circulando por algunos barrios aledaños a los acuartelamientos atacados el 3 de enero. El tránsito de personas es escaso, en parte porque hasta mediados de enero y tras las fiestas navideñas la urbe no recupera la normalidad. Pero los vecinos saben que no solo es por esta razón. La atmósfera recuerda a algo más que un día festivo.
La situación en Caracas combina incertidumbre económica, menor circulación en las calles y un clima de control y autocensura, según relata Verónica (nombre ficticio), 68 años, maestra de primaria, caraqueña, residente en un barrio del este de la capital.
«Esto está como entre paralizado. El movimiento depende mucho de la zona y además las clases todavía no han empezado. Aquí normalmente hasta el 15 de enero no se ve movimiento completo, y ahora con más razón», explica.
En el plano económico, el aumento generalizado de los precios y la volatilidad del dólar marcan el día a día. La falta de referencias claras se traduce en una fuerte dispersión de precios entre comercios formales e informales: «Hay sitios donde te cobran al dólar oficial del Banco Central, pero en los kioscos y mercaditos te cobran a lo que les da la gana», señala Verónica.
Esta arbitrariedad afecta directamente al consumo cotidiano y genera gran desorientación entre los ciudadanos. Así, en Petare, uno de los barrios más grandes y poblados de Caracas, la fluctuación de precios en los últimos días pone de manifiesto la volatilidad de la situación política. Según esta vecina, esa zona comercial «es un despelote total: vi un caso donde en media hora le cambiaron el precio a un producto, pasó de ochocientos y pico bolívares a más de mil».
A ello se suma el desfase entre ingresos y gastos, puesto que «la gente normal no cobra sino hasta el 15, entonces todo el mundo está vuelto loco». La consecuencia directa es un deterioro acelerado del poder adquisitivo: «Todos los precios se dispararon, incluso el dólar. La economía está como te imaginarás», resume.
Alrededores del Parque Los Caobos en la capital de Venezuela
La incertidumbre también es especialmente visible en el ámbito educativo. El colegio donde trabaja esta caraqueña está ubicado en una urbanización, cuyo nombre no desvelamos por razones de seguridad, cercana a la base aérea de La Carlota, que fue bombardeada el 3 de enero, lo que ha incrementado la preocupación entre las familias.
«No sabemos si los papás van a mandar a los niños», afirma. Ante este escenario, los centros han optado por flexibilizar la asistencia y «a los que falten no se les va a poner inasistencia; todo se mandará para la casa, algo parecido a lo que fue el final de la pandemia», refiere la docente.
Control, patrullajes y autocensura
En cuanto al clima de seguridad y control, como en crisis anteriores circulan numerosos relatos, difíciles de verificar en su totalidad, pero persistentes entre los vecinos, muchos de los cuales apenas salen a las calles.
«En algunas zonas se han visto colectivos reuniéndose, sin pasar nada, pero como para meter miedo», añade la vecina, quien también menciona la existencia de operativos policiales: «Me dijeron que la Policía estaba parando gente en la Cota Mil (arteria vial emblemática de la ciudad) y en la autopista, supuestamente revisando teléfonos. A mí no me consta porque yo no estoy en la calle». La revisión de teléfonos es como coloquialmente los venezolanos describen a agentes estatales o no estatales analizando llamadas, contactos o posibles mensajes que pudieran considerarse amenazas a la seguridad o subversivos por el régimen.
El clima de autocensura se extiende incluso a espacios laborales. «En una clínica les dijeron a los empleados que cero comentarios, que no hablaran de nada para no buscarse problemas», relata Verónica, aludiendo a eventuales prohibiciones a los facultativos sanitarios de revelar datos sobre el estado de heridos en los bombardeos.
El clima de autocensura se extiende incluso a espacios laborales
En la vida cotidiana, Caracas muestra menos movimiento del habitual, aunque el transporte público ha retomado operaciones. «El transporte se restableció rápido: sábado, domingo y lunes ya estaba funcionando todo, metro, metrobús y autobuses», explica Verónica.
José Requena, director de una consultora en el centro de Caracas, describió a El Debate cómo vivió los primeros momentos tras los bombardeos estadounidenses.
«Nosotros estamos acostumbrados en esta zona a escuchar muchas detonaciones, fuegos artificiales, incluso hasta disparos. Mi reacción fue como despertar y chequear muy brevemente las redes sociales, pero no me alarmé lo suficiente, o sea, no me imaginaba para nada lo que sucedía. Más que uno estaba medio dormido», relató este residente en el sector La Hoyaca, próximo al centro neurálgico donde se emplazan los poderes públicos, la Asamblea Nacional o el Palacio de Miraflores.
«Entonces, seguí durmiendo, pero claro, ya después a mi esposa la llamaron a las 4 de la mañana con el teléfono en sonido, entonces ahí sí nos despertamos y fue cuando nos dimos cuenta de lo que estaba pasando», asegura al rememorar un episodio que parece haber quedado desdibujado ante la sucesión de acontecimientos desde entonces.
Después de la conmoción inicial, la capital venezolana fue escenario en los días que siguieron a la salida de Maduro de mucha inquietud: «Los primeros días fueron sobre todo de muchas compras nerviosas, en los establecimientos comerciales tuvieron que hacer como ciclos de no dejar entrar a muchas personas, iban entrando como de diez en diez porque me imagino yo que había como la sospecha de que cuando estas cosas ocurren, se producen saqueos».
Sin embargo, en los últimos días los comercios ya funcionaban con cierta normalidad, no así los precios, en medio de un estado de excepción inusual.
Estado de conmoción exterior
«El clima de tensión sigue porque decretaron el 'estado de conmoción exterior' que, básicamente, lo que ha significado es mucho patrullaje de organismos de seguridad, tanto oficiales como no oficiales. Los que conocemos como los colectivos en Venezuela», aclaró.
Los patrullajes de estos grupos están a la orden del día; incluso se pasean «con armas largas, muy visiblemente en las calles en horas del día. Y eso, por supuesto, genera miedo, genera angustia, incertidumbre y la sensación de un control social más activo».
En el actual contexto, subraya Requena, la ciudadanía se cuida mucho de lo que expresa públicamente y asegura, desafiando precisamente esta lógica, que «por supuesto, no puedes expresar libremente tu opinión sobre lo que está pasando».
Como muestra un botón: otros escuetos testimonios de miembros de una minoría religiosa en Caracas, diezmada tras décadas de chavismo, exponen directamente su temor y rechazan hablar al ser consultados.
«La comunidad está tranquila, pero si aparecen noticias contrarias al Gobierno, nos pueden meter en problemas», argumentan sin más, antes de zanjar con un «Ahora, ¡a esperar!».
«Cuando terminemos de hablar, borra todo», concluye el último mensaje de Verónica tras ofrecer su testimonio, reflejo del temor y de una autocensura que tardará en desaparecer pese a que Maduro hace una semana que ya no está presente físicamente en Venezuela.