Sánchez: un conductor suicida en Múnich
El presidente del Gobierno prefiere continuar como si nada hubiera ocurrido hasta caer al vacío. Y, con él, todos los demás españoles, que ese es el problema de dejar el volante a un conductor suicida
El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, en la Conferencia de Seguridad de Múnich (MSC), Alemania
Un recurso cómico que hemos visto muchas veces en el cine es el del héroe acorralado, obligado a enfrentarse a un numeroso grupo de enemigos que, de repente, huyen despavoridos… sin que el sorprendido protagonista se dé cuenta de que no le temen a él, sino al Séptimo de Caballería –es un decir– que acaba de aparecer a sus espaldas.
Puede que al presidente del Gobierno de España le esté pasando algo parecido. Quizá crea que si Marco Rubio, el secretario de Estado norteamericano, no ha mencionado Groenlandia en la Conferencia de Múnich que acaba de finalizar, es por la contundencia de sus condenas al uso de la fuerza, y no por la firmeza que las potencias que de verdad cuentan en Europa han demostrado desplegando un puñado de soldados en la isla helada.
Ese error de perspectiva puede ser la razón de que nuestro presidente se haya empeñado en conducir por las carreteras de la geopolítica, trazadas de nuevo estos días en Múnich, en la dirección contraria a los demás. Como los suicidas en las carreteras españolas solo que, en lugar de hacerlo en solitario, él lleva a sus socios de Gobierno como copilotos y a toda una nación en el asiento de atrás.
Mientras líderes como Merz, Macron y Von der Leyen –esta última con la fe del converso– nos proponen rectificar el rumbo que ha seguido Europa desde hace muchas décadas y que nos ha llevado hasta a donde hoy estamos –al borde del precipicio de la irrelevancia–, Pedro Sánchez prefiere continuar como si nada hubiera ocurrido hasta caer al vacío. Y, con él, todos los demás españoles, que ese es el problema de dejar el volante a un conductor suicida.
Las relaciones con los EE.UU.
Mal tienen que estar las relaciones con los EE.UU. para que la intervención del secretario de Estado norteamericano en la Conferencia de Seguridad de Múnich haya sido recibida con cierto alivio. Aunque haya empleado palabras más suaves que las del vicepresidente J.D. Vance el año anterior, lo que Rubio acaba de ofrecer a Europa es la amistad de los EE.UU. a cambio del vasallaje. Es verdad que no ha usado esa palabra, pero se le ha entendido perfectamente.
Lo que Rubio acaba de ofrecer a Europa es la amistad de los EE.UU. a cambio del vasallaje
Puede entenderse que, por el mero hecho de ser sus aliados, Trump exija el apoyo político de Europa en los escenarios donde sus intereses prevalecen sobre los nuestros, como es el caso de Venezuela y Cuba. No está tan claro, sin embargo, que pueda decidir por nosotros en Oriente Medio, sobre todo si lo hace sin preguntarnos. Pero donde el magnate no tiene ningún derecho a dejarnos fuera de la mesa es en las negociaciones sobre Ucrania, un problema que él mismo reconoce como europeo y que, sin embargo, trata de resolver a nuestras espaldas. Eso no es de aliados, sino de señores.
La negación del mal
La compleja situación que vive nuestro continente, debilitado, desunido y rodeado de lobos, podría solucionarse –o eso parece pensar el presidente Sánchez, un convencido negacionista del mal a pesar de haber estado rodeado de malvados– con un Ejército europeo que le quite a él la presión de sus socios de Gobierno. Nuestro talón de Aquiles geopolítico, la indefensión nuclear, tiene para él una solución todavía más sencilla. Solo hay que convencer a Donald Trump, Vladimir Putin y Xi Jinping de que las armas atómicas son caras y peligrosas y que, por ello, todos ellos deberían desarmarse. «Si quieres la paz, prepara la guerra», escribió Vegecio. «Si quieres la paz, pídela por favor», parece ser la apuesta de nuestro Gobierno. Una apuesta perdedora que, a la larga, todos tendremos que pagar.
Afortunadamente, nadie en Europa toma ya en consideración la opinión del presidente Sánchez. Por mucho que quiera poner palos en las ruedas del renacer político del continente, no serán sus palabras las que nublen el objetivo, difícil y ambicioso pero imprescindible, de alcanzar la independencia estratégica. Sin embargo, desde su pedestal de presidente del Gobierno y líder del segundo partido más votado en nuestro país, todavía tiene el poder de engañar a muchos españoles y retrasar el despertar de nuestro pueblo a la realidad de un mundo que, por culpa de la ingenuidad, la ambición o la desidia de políticos como él mismo, se ha convertido en una selva. Y, si hemos de vivir en una selva–no le falta razón en esto a Marco Rubio– es mejor que nosotros seamos los leones.
El rearme moral de Europa
A su trasnochada defensa del desarme nuclear une nuestro presidente una ingenua exhortación al rearme moral de Europa. Y eso, lo reconozco, me avergüenza personalmente porque desvirtúa un concepto que yo mismo he defendido desde que El Debate me abrió sus puertas hace ya más de tres años.
Somos muchos los que estamos convencidos de que, en mayor o menor grado, todos los pueblos del Viejo Continente tienen un déficit de conciencia nacional y de cultura estratégica. Un déficit que nos debilita todavía más que los largos años de desidia en los que, a cuenta de los llamados «dividendos de la paz», dejamos que decayera nuestro poder militar.
Sin embargo, mientras la mayoría de los que nos ocupamos de los asuntos militares pensamos que el rearme moral consiste en dejar a un lado los complejos y plantar cara al mal, nuestro presidente cree –en realidad, solo finge creerlo como una concesión más a esos socios de Gobierno que, cuando se enfadan, le llaman «señor de la guerra»– que basta con exigir que el mal desaparezca. Él ya sabe que eso no va a ocurrir, pero… el que venga detrás que arree.